REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO
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NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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En los años cincuenta

Emmanuel Carballo
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La Revista Mexicana de Literatura

A principios de 1955 apareció el primer número de la Revista Mexicana de Literatura dirigida por Carlos Fuentes y por mí. En su momento fue una publicación que despertó los más encontrados pareceres. Si se suman nuestro elitismo, la posición vanguardista que asumimos ante las artes y las letras, la actitud política que condenaba el estalinismo de los partidos comunistas y las evidentes tropelías del sistema capitalista, se pueden entender las antipatías que concitamos y las adhesiones que promovimos.

Los intelectuales de izquierda, sobre todo los ortodoxos, consideraron que nuestras obras estaban habitadas por el revisionismo y la provocación. Según ellos éramos intelectuales pequeñoburgueses que se atrevían a enjuiciar el marxismo-leninismo sin haberlo siquiera entendido. En la práctica la lista de nuestros errores era impresionante.

Cito algunos de ellos, entreverando los pequeños con los mayúsculos: el menosprecio que mostrábamos frente al pensamiento de Stalin y frente a su influjo en los países socialistas y los partidos que en el mundo capitalista seguían al pie de la letra sus enseñanzas. El entusiasmo que nos produjo el derrocamiento de Perón era otra prueba de nuestro diletantismo reñido con las causas de las mayorías.

La simpatía que mostramos ante la primera conferencia afroasiática celebrada en Bandung y acerca de dos de sus postulados, el tercermundismo y la no alineación. Ambos fueron vistos, aunque ahora pueda parecer sectario, como una típica posición anticomunista. Al paso del tiempo esta simpatía llegó a convertirse, a escala internacional, en opción respetada y respetable.

Nuestra condena a los Estados Unidos era poco de fiar para los malquerientes. Exigían mayor cantidad de adjetivos en los textos y una definición más concreta en la vida diaria.

No les concedo razón en lo que toca a los epítetos de censura, sí en lo que se refiere a nuestra nula militancia política: en los primeros años de ejercicio nuestra generación firmaba documentos y denuncias, tanto en contra de la oligarquía nacional como en contra de los atropellos cometidos por el Imperio en cualquier parte del mundo, pero en ningún momento sintió en carne propia la explotación que sufrían los obreros o mostró solidaridad frente a los ultrajes cometidos sistemáticamente contra los campesinos, con o sin tierra. Heredamos de las generaciones anteriores, y la herencia la aceptamos con mansedumbre, el gusto por las ideas y el disgusto por las acciones concretas. Tal herencia, que no dilapidamos por completo, hoy me causa mal sabor de boca.

Otra de las fallas, según nuestros adversarios, tenía que ver con las maneras en que practicábamos las letras y la forma en que las enjuiciábamos. Vuelvo a los ejemplos. Los días enmascarados, de Fuentes, fue visto como un libro escapista, burlón, que nada o casi nada decía sobre la problemática nacional. Y lo que mostraba no aludía a las avanzadas leyes sociales mexicanas. Les molestaba el uso de ciertos recursos sospechosos de la literatura fantástica. Al hacer uso de ellos Fuentes daba la espalda al realismo (a cierto realismo de estirpe idealista), que era, según ellos, la única ruta correcta para contar los infortunios de los desposeídos. Últimos defensores de una estética en retirada, el realismo socialista, se encararon con la nueva manera de presentar la vida y la literatura desde un enfoque determinista más que dialéctico.

El júbilo con que comentábamos obras tan disímiles como Libertad bajo palabra, de Paz, Confabulario, de Arreola, Pedro Páramo, de Rulfo, Al filo del agua, de Yáñez, era una prueba de nuestros oscurantismos; a Paz lo definían como poeta europeo con veleidades trotskistas; a Arreola lo cosificaban como saltimbanqui dedicado a dar en sus textos inútiles piruetas éticas, ontológicas y metafísicas; a Rulfo no se le perdonaban sus ataques a la reforma agraria, cuyos errores señalaba convincentemente en uno de sus cuentos, y la defensa fantamasgórica de cierto cacique latifundista y amoral; Yáñez purgaba el delito de reducir las causas de la Revolución de 1910 a simples estados de ánimo de lugareños enajenados por el clero y sus ridículas rencillas de grupo marginado. Nuestros contrincantes reducían la literatura a la anécdota, contada con la simpleza de los maestros de escuela primaria y olvidaban lo más importante, los valores expresivos.

Por salud mental casi no me ocuparé de los panegiristas; por lo pronto debo decir que eran casi tan despistados como nuestros detractores. No entendieron lo que era, o quiso ser, la Revista Mexicana de Literatura. O quizá nosotros fuimos poco claros al exponer los objetivos. Ellos creyeron piadosamente que con nosotros regresaba al poder literario la gente de razón, la que pule, fija y da esplendor a las palabras, las ideas moderadas y las creencias tradicionales. Para ellos la libertad es como el maná bíblico, sabe a lo que conviene a sus intereses. Nosotros queríamos que supiera a novedad y a todo ese archipiélago de palabras cómplices: amor, imaginación, utopía. No cabíamos dentro de nosotros mismos ni dentro del mundo que habitábamos. A unas cuantas millas surgía la esperanza de la Revolución cubana. Unos cuantos años después nos esperaban el mayo francés y el octubre mexicano. (1955-1968)

Con Francisco López Cámara y Lázaro Cárdenas, 1961
Con Francisco López Cámara y Lázaro Cárdenas, 1961
© Archivo personal de Carlos Fuentes
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Emmanuel Carballo

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 2 de julio de 1929. Ensayista, narrador, crítico literario y poeta. Estudió Derecho en la Universidad de Guadalajara.

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