Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Artículos   >>>   Pablo Espinosa

La magia y el misterio de la música de Bach

Pablo Espinosa
citar artículo PDF
aumentar letra disminuir letra

Los preludios, las gavotas, los minués, las gigas, las alemandas, las courantes, las bourrés, las zarabandas, ¡ah, las zarabandas!

La cámara se desplaza, imperceptible a los circunstantes, por el piso duro limado por las suelas, los tacones, los holanes, los perfumes. Sudor y pasmo danzan. Los muslos masculinos rozan apenas el antemuslo de ellas cuando, en el giro de una courante, parece culminar el círculo mágico del cortejo.

Bailar es hacer el amor con música, diría con el paso de los siglos D. H. Lawrence.

Los rostros, por decenas, se iluminan con una sonrisa inequívoca de placer, hedonismo atónito, estado de gracia. Se disparan, desde esos rostros extáticos, miradas como relámpagos azules, cobalto, lapislázuli.

La escena transcurre como en una cámara lenta, de ensueño.

¿Qué es eso que fluye por las venas de los danzantes, y traspasa los siglos?

Sin duda es una música de danza.

A diferencia del estrépito orquestal que suena en las bandas sonoras de las secuencias fílmicas, Eros en fulgor, de bailes en historias que datan de centurias, el conglomerado de músicos ruidosos aquí no existe.

En su lugar, un hombre parece nadar: hace brazadas con el miembro derecho mientras con los dedos izquierdos parece ensimismado en desatar nudos y volverlos a atar en el mástil de un artefacto de madera oscura pero brillante, una nave náutica que, erecta y refulgente, suena entre las piernas del ejecutante.

Un solo instrumento, del tamaño de más de un tercio de su dueño, hace moverse, filtrear, volar, soñar, a un ejército licencioso que parece jugar al amor sin tocarse: el baile traspasa los siglos, mientras la música suena en la mente de un hombre solo, sentado cómodamente, que escucha a través de los altavoces mientras la habitación se inunda de una escena invisible: pasos de baile, fragancias suaves, multitudes en acompasado diapasón, que ponen en carne y sangre esta música que es absoluta y definitivamente la apariencia de lo contrario: la música más espiritual posible. Sin embargo, esa música arcangélica, celeste, anima la danza sobre el suelo. Eros y Divinidad en plenas nupcias.

El hombre que está sentado y escucha ve pasar por su mente ahora escenas de otra índole: observa al músico solitario que cierra los ojos, los entreabre, los abre enormes al punto de canicas, mientras la nave que conduce, recuerda el que escucha, parece gritar a cada momento su nombre: violonchelo.

Lo que suena en los altavoces es la grabación que hizo otro hombre solo, rodeado de inquisidores micrófonos voluminosos, “el monstruo de acero”, como bautizó el músico a ese invento llamado micrófono, por su diabólica capacidad de captar ruidos de fondo en el gabinete de grabación que sus oídos humanos ni siquiera percibían, en los estudios Abbey Road de Londres, durante varios días difíciles del otoño de 1936.

Violonchelo solo.

La congruencia del vocablo. Violonchelo. Solo.

Hasta antes de que el hombre solo enfrentara al “monstruo de acero” en Abbey Road, ningún otro humano se había atrevido a hacer sonar en público esa música que era de baile en sus orígenes y que por grupos de seis danzas en cada una de las seis obras constituyen lo que siglos después de creadas se reconocen como una de las piedras de toque de la cultura musical y más allá: de la capacidad del ser humano de enfrentar su soledad y ser, así, feliz: las Seis suites para violonchelo solo, escritas por Johann Sebastian Bach alrededor de 1720 en la corte de Köthen, según consenso de historiadores, afanados todavía en develar el misterio que rodea a la creación de estas partituras portentosas, pues no se han podido poner de acuerdo ni en la fecha ni en el lugar en que fueron escritas, ni en el destinatario y, todavía más, en el instrumento para el que fueron escritas estas epifanías.

Anhelo. Suena el anhelo en forma de vuelo de ave, grito de sirena, venero plateado en una mina, río transparente cuyas rocas tropiezan haciendo un ruido opaco, expansivo, submarino.

El hombre solo entre cuyas piernas surca el navío mueve su brazo derecho avanzando millas naúticas mientras los nudillos de su mano izquierda parecen hundirse en el agua imaginaria que forman en el mástil del instrumento cuatro hileras acuáticas: cuatro cuerdas de acero entreverado con cabellos de ángel, lianas y azucenas: la, re, sol, do, se llaman esas hermanas así y no Cordelia, Gonerilda y Regania; tampoco Tlön, Uqbar, Orbis Tertius; ni siquiera Athos, Porthos y Aramís, porque, como estos últimos, son cuatro: la, re, sol, do. La Re Sol Do. La reina del sol donó sus cabellos para que Antonio Stradivarius perfeccionara la labor de su colega Nicolò Amati y determinara el tamaño definitivo que habría que tener, para siempre, esa doncella con nombre de varón: setenta y seis centímetros, en lugar de los ochenta originales.

El violonchelo nació de la familia de los violines, aunque hay quienes quieren que pertenezca al árbol genealógico de la viola da gamba.

Mientras en Italia comienza, al terminar el siglo xvi, el vuelo incesante del violín como el instrumento por antonomasia de la música de concierto, en Inglaterra en cambio se desarrolla un arte más sutil y depurado: la viola da gamba en todos tamaños y diseños, tantos que las familias inglesas podían tener, cada una, un baúl con violas de todos tamaños para integrar los coros de violas, hasta siete en número y diversas en tamaño.

La exquisitez de la música que se escribió para esos coros de violas solamente es comparable con la destinada al cuarteto de cuerdas clásico, que es emblema de la hondura máxima que han logrado los compositores a la hora de escribir.

Una buena parte de esa música para coro de violas eran danzas. El resto: variaciones, fantasías.

La viola madre, es decir la reina del coro: la viola da gamba, o viola de pierna, por su colocación a la hora de sonar, así como la viola a spalla se coloca sobre el hombro y la viola da braccio sobre el brazo y de ella, la viola da braccio, nació la viola d’amore, mediante la colocación de cuerdas de latón debajo de las originales, para que vibraran juntas y produjeran un sonido más intenso.

Hubo entre esa familia de instrumentos una “viola pomposa”, que algunos llamaban viola di fagotto y otros de plano: violoncello piccolo da spalla. El misterio de su sonido se extiende a su origen, ortho y declinación. Llega al punto de atribuirle su invención a Johann Sebastian Bach, sin que haya argumento, documento o vestigio alguno que valide tal hipótesis fallida.

Pablo Casals

Pablo Casals

 

citar artículo PDF
Pablo Espinosa

Nació en Córdoba, Veracruz, en 1956. Periodista cultural. Fue subjefe de prensa del INBA (1980-1982). Colaboró en El Fígaro, Cineguía, entre otras publicaciones. Ha sido reportero de las secciones culturales de los periódico El Nacional (1983-1984) y La Jornada (1984-), de la que es coordinador de la sección de Cultura.

Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés