Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Artículos   >>>   Pedro García-Caro

Más allá del silencio

Pedro García-Caro
citar artículo PDF
aumentar letra disminuir letra

Si la muerte produce casi siempre extrañeza y confusión, con la desaparición de un intelectual público internacional —cuyas opiniones, entrevistas, conferencias y publicaciones estaban en constante y omnipresente circulación— se intensifica el insólito silencio del final de una vida. “Pero el silencio puede más que tanto instrumento” escribió Miguel Hernández en su “Elegía Primera” en honor del popular poeta y dramaturgo Federico García Lorca, asesinado tan sólo unos meses antes a manos de una partida fascista en su Granada natal. La cascada de notas en blogs, homenajes, obituarios, y artículos que ya han aparecido —éste es meramente una gota en ese caudal— tras la súbita muerte de Carlos Fuentes parecería ser una reacción compulsiva a ese silencio obligado y omnipotente que toda muerte conlleva. Como si colectivamente, nosotros todos, una especie de cortejo transnacional en duelo pero al estilo mexicano, necesitáramos desafiar la extinción de la voz que ya no está con nosotros y mantener sus ecos.

En el caso de un escritor tan influyente y conocido, sin embargo, no hay razones para temer al silencio: no es difícil prever cómo su acento único continuará reverberando durante muchas décadas con cada nueva relectura de La muerte de Artemio Cruz (1962) o Cristóbal Nonato (1987). García Lorca fue eliminado para ser acallado, silenciado por antiguos enemigos mortales. Los asesinos, por supuesto, lograron justo lo contrario y Lorca sigue siendo hoy quizás una de las víctimas más conocidas de aquella Guerra Civil; hoy nadie recuerda los nombres de sus ejecutores, tan sólo sus repugnantes impulsos asesinos. En marcado contraste y pese a los altos niveles de violencia social y política que vive México desde hace años, el fallecimiento de Carlos Fuentes parece estar fuera de toda sospecha al haber espirado a los ochenta y tres años en la plenitud de su anciana juventud, y tras haber disfrutado de celebridad literaria durante seis décadas: después de haber enseñado, hablado y escrito hasta la saciedad. Fuentes falleció teniendo un amplio público lector internacional, después de haber forjado él esa misma internacionalización de la literatura mexicana y latinoamericana y de haber escrito sin fatiga hasta el momento final. Sus últimas obras parecían haber retado la paciencia incluso de sus más fieles y sufridos lectores, entre los que tengo el honor de contarme. Es bien conocido que Carlos Fuentes escribía a diario, siguiendo una ética de trabajo calvinista, pero en un estilo barroco y con una visión histórica y orgánica, contrastes de los que a menudo presumía. También había afirmado con frecuencia que para sentirse vivo tenía que seguir hablando y sobre todo escribiendo: para el escritor el silencio y el descanso sólo llegarían con la muerte. Muchos de los reseñadores de sus obras más recientes comentaron la aparente fatiga de su prosa última, la repetición o fragmentación involuntaria de sus trabajos postreros,1 en marcado contraste con la energía de su producción temprana. Y sin embargo, a pesar de estas críticas, Fuentes siguió escribiendo literalmente hasta el último día de su vida. Siempre tenía un nuevo chiste, un nuevo albur, una nueva imagen, nuevas opiniones y reacciones a los últimos acontecimientos. Recientemente se burlaba en diferentes medios de la falta de integridad intelectual, pequeñez e ignorancia patentes demostradas por el candidato presidencial del pri, Enrique Peña Nieto. Su edad, sus insondables conocimientos y su amplia perspectiva le permitían poner los eventos y figuras contemporáneos en un contexto histórico, que para él era en gran medida experiencia vivida: todo quedaba reorganizado cuando Fuentes comparaba a los políticos mexicanos contemporáneos con la figura arrolladora de un Lázaro Cárdenas, presidente revolucionario par excellence. Un buen ejemplo de los cambios de que fue testigo como ciudadano mexicano lo proporcionó en su última conferencia pública en Buenos Aires, cuando describió la transformación experimentada por su país desde que él nació (en Panamá, hijo de diplomático mexicano): "La Ciudad de México es mi ciudad. En mi vida, saltó de un millón a veinte millones de habitantes. La ciudad. El país, México, que tenía veinte millones de ciudadanos cuando yo nací, hoy cuenta con cerca de ciento veinte millones. Somos el primer país de lengua castellana".2 

Portada de "La Silla del Águila" de Carlos Fuentes

Humano, demasiado humano: sólo dos semanas antes de fallecer, Fuentes anunció desde aquella misma feria del libro de Buenos Aires la publicación de su nueva novela, ahora póstuma, Federico en su balcón, una conversación imaginada con Friedrich Nietzsche.3 Freddy Lambert, un loco visionario y beatnik nihilista, ya había aparecido como avatar previo de Nietzsche en el verdadero happening narrativo y torturado experimento de Cambio de piel (1967) —visto aquí desde las lecturas de Foucault, el nacimiento del asilo y con la perspectiva del previsible colapso de la pirámide priista un año más tarde en Tlatelolco. Al tiempo que aquella novela era censurada en la España de Franco por ser “pro-semita y anti-alemana”, David Gallagher tildó a Fuentes de apólogo del nazismo cuando reseñó la novela para el  The New York Times Book Review en febrero de 1968.4 Sólo un año más tarde, en marzo de 1969, se le prohibió a Fuentes la entrada a los Estados Unidos en San Juan de Puerto Rico y se le declaró undesirable alien [extranjero indeseable], siguiendo las disposiciones de la ley McCarren-Walter, por sus supuestas filiaciones comunistas y su apoyo público a la Revolución cubana.5 A los dos años de este incidente, el supremo aparatchik cubano, Roberto Fernández Retamar, habría de quemar inquisitorialmente la efigie de Carlos Fuentes como “una de las más conspicuas figuras” de la “llamada mafia mexicana” después de que Fuentes criticara la Revolución cubana a comienzos de 1971.6 Fuentes y otros escritores del boom literario latinoamericano, Julio Cortázar entre ellos, se habían atrevido a condenar a Cuba por el affaire Padilla: el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla y su humillación pública, en la que se le obligó a arrepentirse y renunciar públicamente a sus comentarios críticos y a su obra poética, un acto que todavía hoy constituye uno de los autos de fe más vergonzantes de aquel régimen. Está claro que ninguno de los lectores-burócratas involucrados en todos estos procesos fue capaz de identificar y definir la vertiente ideológica de Fuentes: no parecían comprender su defensa de lo que dio en llamar en su respuesta al editor del New York Times la “crítica revolucionista” [critical revolutionism en el original] ejercida por la Nueva Izquierda.7 Un acto crítico que era capaz de cuestionar el desengaño y la decepción, la traición de las esperanzas revolucionarias a manos de las asfixiantes pesadillas burocráticas del bloque soviético, pesadillas también incluso en su versión tropical más festiva, y capaz de criticar simultáneamente el modelo imperial mercantil y capitalista del autodefinido como bloque “democrático” occidental. En otras palabras, Fuentes buscó y practicó durante los años más calientes de la Guerra Fría un cuestionamiento crítico que desafiaría y arañaría las camisas de fuerza de los dos bloques, los dos “asilos” políticos de la larga posguerra. Todos estos críticos ignoraron la figura pionera de Fuentes y su difícil equilibrio ético en el contexto de la Guerra Fría, y lo que pasaría a convertirse en la seña de identidad literaria de Fuentes: su autodeterminación, su radical independencia humanista. Su crítica de las élites desde la élite, ya sea el Politburó, el pri, los Brahmanes de Nueva Inglaterra, o la emergente burguesía del tlc, hizo que Fuentes confrontara siempre de lleno las hegemonías institucionales y su propensión a la cooptación intelectual.

Aceleremos el reloj de la historia dos décadas y encontraremos a Carlos Fuentes con permiso de ingreso a los Estados Unidos y haciendo de orador principal en la ceremonia anual de graduación de la Universidad de Harvard en 1983, compartiendo de manera simbólica el podio con el ausente dirigente polaco Lech Walesa. Cuatro años más tarde, en 1987, pasaría a recibir el Premio Cervantes, el galardón literario más prestigioso instituido en la España posfranquista. En ambos discursos, Fuentes habría de explotar la ocasión para retar a sendas congregaciones, para empujar a su público y sacarlo de sus cómodas casillas. En Harvard, posicionó a Latinoamérica y a sí mismo como orador en una geografía no-alineada que llevaba configurando y defendiendo ya durante años, esa preferencia que llamó allí  the universal trend away from bipolar to multipolar or pluralistic structures in international relations [la tendencia universal de abandonar las estructuras bipolares y (abrazar) modelos plurales y multipolares en la relaciones internacionales].8  Dedicó la mayor parte de su discurso a criticar la intervención estadounidense en América Central bajo la nueva administración Reagan, y alcanzó el punto álgido de su crítica acerba y directa al comparar la “diplomacia brutal” de la Unión Soviética en Checoslovaquia con la presencia de Estados Unidos en Nicaragua y El Salvador.9 El secretario de Defensa de Reagan estaba sentado en la primera fila.10 El clímax de la intervención de Fuentes llegó al exortar a su público gringo: Are we to be considered your true friends, only if we are ruled by right-wing, anti-communist despotisms? Instability in Latin America —or anywhere in the world for that matter— comes when societies cannot see themselves reflected in their institutions. [¿Es que nos van a considerar amigos de verdad sólo si nos gobiernan despotismos anticomunistas de extrema derecha? La inestabilidad en Latinoamérica —o en cualquier otra parte del mundo por cierto— acontece cuando las sociedades no pueden verse reflejadas en sus instituciones].11 ¿Se puede ser más audaz y mordaz como crítico de la élite desde la élite?

Portada de "Nuevo Tiempo Mexicano" de Carlos Fuentes

 

citar artículo PDF
Pedro García-Caro

Es profesor de Español en el Departamento de Lenguas Romances en la Universidad de Oregon, Estados Unidos. Estudió la Licenciatura en Filosofía y Letras (Filología Moderna) en la Universidad de Murcia; España, en 1995.

Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés