Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Artículos   >>>   Georgina García Gutiérrez Vélez

Las cuestiones de cómo y cuándo “vino al mundo la muerte”,
qué sentido pueda y deba tener como mal y dolor dentro
del universo de los entes, presuponen necesariamente una
comprensión no sólo del ser de la muerte, sino la ontología
del universo de los entes en su totalidad y en especial la
aclaración ontológica del mal y de la negatividad en general.

Martin Heidegger, El Ser y el Tiempo

A sus pies, en un espejismo de cristales, se extendía la
pintoresca ciudad,  emanada toda ella del templo,
por manera que sus calles radiantes prolongaban
las aristas de la pirámide.

Alfonso Reyes, Visión de Anáhuac (1519)

ASPECTOS DE LA MUERTE

La muerte, el tiempo y el amor, constantes en la obra de Carlos Fuentes, ya aparecen desde sus  primeros cuentos de Los días enmascarados (1954). La  instauración de lo fantástico, en “Chac Mool”, “Tlactocatzine, del jardín de Flandes” y “Por boca de los dioses”, ubicados en México, somete a los personajes a la confrontación con la muerte a partir de que irrumpe lo insólito con otras reglas de la realidad y del tiempo. El dios maya; el fantasma de la Emperatriz Carlota, muerta enamorada; el tiempo azteca, insepulto,  en el subsuelo de la Ciudad de México, son pasados vivos que se vuelven presente y dominan todo. Dueños del tiempo, mensajeros de la muerte, desencadenan el horror hasta que destruyen a los personajes. El joven  que era Carlos Fuentes cuando escribió éste, su primer libro (se publica por cierto el 11 de noviembre, el día de su cumpleaños número 26), encuentra en él las reglas de su literatura fantástica. Crea personajes únicos, temas novedosos y de un modo original se inicia en lo fantástico cuyo cultivo nunca abandonará, renovándolo con cada nueva obra.  Así, en los tres cuentos juveniles, el pasado que se resiste a morir, regresa movido por el tiempo mítico y trae la muerte a Filiberto, al Güero y a Oliverio, víctimas propiciatorias. El amor  más allá de la muerte, que cruza todas las barreras, tiempo, espacio, país,  empieza a ser tratado en “Tlactocatzine, del jardín de Flandes”que inaugura el sondeo de Carlos Fuentes en el Segundo Imperio (el siguiente es Aura).  La anciana loca, muerta,  fantasmal, que atrapa al joven para volverlo el Otro, Maximiliano de Habsburgo, es antecedente de Aura (1962), la novela corta fantástica que cuenta el regreso del pasado, convocado por la bruja Consuelo, pasado ella misma. Regresan su juventud, la bella Aura vestida de verde, y la del general conservador, Llorente, su esposo muerto, en la persona del historiador Felipe. Seducción, erotismo, brujería, confusión de identidades, terror, dobles, muerte, amor, el tiempo cíclico, algunos elementos en la obra fantástica de Carlos Fuentes. Eros y Tánatos, expresados en el amor macabro, en una estética y sintaxis narrativa de lo fantástico,  aparecen fundidos también, igualmente importantes, en otras narraciones no fantásticas como, por ejemplo, en Diana o la cazadora solitaria (1994). Esta novela, la más explícitamente autobiográfica, remite a datos e información muy divulgada de su propia vida, por lo cual el lector identifica de inmediato al escritor Carlos ficticio, autor de obras sobre México, famoso en la década de los sesenta, con  Carlos Fuentes. El tono confesional, los datos biográficos, no dan lugar a equívocos o a confusiones sobre la identidad, ni de Carlos, ni de Diana Soren, su amante (la actriz Jean Seberg en la vida real). Si bien Carlos Fuentes omite su apellido y cambia los nombres de algunos personajes involucrados, como el de Jean Seberg o el de su primera esposa, la bella actriz del cine mexicano  Rita Macedo,  también inconfundible en la novela, a quien llama Luisa Guzmán, mantiene los de William Styron, José Luis Cuevas, Fernando Benítez, Carmen Balcells, Mario Moya, José Donoso, Marcelo Chiriboga… Diana o la cazadora solitaria, aclara el narrador Carlos, es una crónica novelada de su fugaz romance de dos meses con Diana Soren (la pareja se conoce el último día de 1969). Mas la novela es, por supuesto, algo más, se inscribe con fuerza en las obras de Carlos Fuentes en las que el tratamiento de ciertos temas adquiere honduras poéticas y dimensiones filosóficas. El tiempo, la muerte, problemas del Hombre, igual que el amor, atraviesan la narrativa y los ensayos de Carlos Fuentes como meditaciones profundas, nociones para la reflexión. Tal es el caso de Diana o la cazadora solitaria que aborda cuestiones sobre el sexo, la muerte, la  imposibilidad del amor y la agonía del deseo, la maldad y la inocencia. La novela comienza con reflexiones sobre Dios, el amor, el tiempo, la muerte, sobre la escritura, la fama, el triunfo. La voz y la persona de Carlos que se incluye en esas reflexiones iniciales sirven a la expresión de un mea culpa, de ahí que la novela pueda leerse como una confesión dolorosa y como el duelo necesario aunque tardío, por muchas pérdidas. Resulta, además, un homenaje a Jean Seberg y su rescate novelesco (por no decir una denuncia). Escrita en 1993, dice Carlos, el narrador, la novela revisa un tiempo pasado y cuenta  la muerte de ese tiempo convulso, la  década de los años sesenta. Varias muertes, simbólicas y reales forman la historia. Relata el breve amorío con Diana Soren que casi nació  muerto, pues ella lo traicionó; la traición de Carlos a Luisa Guzmán con quien iba a reconciliarse (la deja por Diana Soren); cuenta  la muerte de la actriz del cine norteamericano y francés que encarnó a una generación rebelde, combativa; sobre todo, cuenta la muerte simbólica del escritor Carlos. La muerte de su juventud pues acababa de cumplir cuarenta años, la de su pasado glorioso, la de su donjuanismo. La distancia, el tiempo y lugar con que el autor escribe veintitrés años después, le permiten evaluar ese pasado doloroso. Carlos Fuentes renació, se reinventó, encontró el amor en su segunda esposa, renovó su novelística. El personaje Carlos, al recorrer el laberinto de un jardín en Holanda, se topa con Iván Gravet:

—Es que tú no conociste la dificultad de amar a una mujer a la que no puedes ni ayudar, ni cambiar, ni dejar— me dijo.

Asentí. Diana era parte de un pasado que ya no me concernía. Desde hacía ocho años, vivía con mi nueva esposa, una muchacha sana, moderna, activa, bellísima e independiente, con la cual tenía dos hijos […] Lejos de Diana, lejos de mi pasado, me sentía aun cerca de mi alegría recuperada. No quemé las hojas escritas  en Santiago al lado de Diana, pero de ellas salté, con más poder y convicción que nunca, a la obra que me esperaba, me reclamaba y que me dio la mayor alegría de mi vida. No quería terminar de escribirla. Ninguna novela me ha dado tantos lectores inteligentes, cercanos, permanentes, que me importan…

Con esa novela encontré mis verdaderos lectores, los que quería crear, descubrir, tener. Los que, conmigo, querían encontrar la figura de una máxima inseguridad constitutiva, no sicologías agotadas, sino figuras desvalidas, gestándose en otro rango de la comunicación y el discurso: la lengua, la historia, las épocas, las ausencias, las inexistencias como personajes, y la novela como lugar de encuentro de tiempos y seres que de otra manera, jamás se darían la mano.

Carlos Fuentes con José Narro Robles, rector de la UNAM, y Gabriel García Márquez

Con José Narro Robles, rector de la UNAM, y Gabriel García Márquez

De hecho, la novela también es una meditación tan lúcida como cargada de sufrimiento sobre la creación. El escritor de obras ficticias crea mundos, criaturas, sobre los que tiene control, mas la realidad en la que vive escapa de su dominio. Está sometido a las restricciones y retos del tiempo, la muerte, el amor. El novelista es un Creador, pero no Dios, pues pese al poder literario, sigue siendo un hombre, supeditado a fuerzas que no puede controlar como controla las de sus creaciones. Esta problemática la abordará más tarde, por ejemplo en Instinto de Inez (2000), en relación al director de orquesta Gabriel Atlan-Ferrara. La novela, con la dedicatoria A la memoria de mi adorado hijoCarlos Fuentes Lemus (1973-1999)”, empieza también con reflexiones sobre los temas constantes en la obra de Carlos Fuentes (muerte, tiempo, amor), más los que asocia en esta obra particular. Empieza con las espléndidas frases sentenciosas, aforísticas, que sacuden al lector y lo conducen a la fascinación del pensamiento enunciado en bellas e irrefutables palabras:

—No tendremos nada que decir sobre nuestra propia muerte.

Esta frase circulaba de tiempo atrás en la vieja cabeza del maestro. No se atrevía a escribirla. Temía que escribirla en un papel la actualizaría con funestas consecuencias. No tendría nada más que decir después de eso: el muerto no sabe lo que es la muerte, pero los vivos tampoco. Por eso la frase que lo acechaba como un fantasma verbal era a la vez suficiente e insuficiente. Lo decía todo pero al precio de no volver a decir nada. Lo condenaba al silencio. ¿Y qué podría decir acerca del silencio, él, que dedicó su vida a la música— “el menos molesto de los ruidos”, según la ruda frase del rudo soldado corso, Bonaparte?

 

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Georgina García Gutiérrez Vélez

Investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas (IIF) de la UNAM y profesora de la FFyL de la misma casa de estudios. Autora de Los disfraces, la obra mestiza de Carlos Fuentes, publicado por El Colegio de México...

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