Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Artículos   >>>   Anamari Gomís

A la vera de sus lecturas

Anamari Gomís
citar artículo PDF
aumentar letra disminuir letra

Para Silvia Lemus de Fuentes

Muchas cosas han ocurrido en mi vida y en la de todos. En mi caso, me separé de mi cónyuge y no vivo más frente a la casa que habitó Carlos Fuentes durante su lejano matrimonio con Rita Macedo. Por mero azar, me he mudado a San Jerónimo, cerca, más o menos, de los Fuentes. Mi hijo renta un departamento, mis perros de entonces se volvieron viejos y murieron. Ahora tengo otros que me acompañan. No hace mucho, escribí un cuentito intitulado “Las Ondidas”, publicado en Nexos, que surgió de mi primera y remota lectura de “Las dos Elenas”,  relato incluido en Cantar de ciegos (1964) de Fuentes.  Mientras,  don Carlos publicó varios libros más, entre otros, las novelas Adán en Edén (2009), Vlad (2010), el libro de cuentos Carolina Grau (2010), el ensayo La gran novela latinoamericana (2011). En ese tiempo recibió varios doctorados Honoris Causa, trabajó incansablemente, como siempre y, de golpe y porrazo, sin barruntarlo ni él ni nadie, salió de este mundo, el 15 de mayo de 2012. Dejó, inéditos, dos libros, según se ha dicho.

La obra de Fuentes, como escribí en un artículo hace apenas unos días, es todo un país, nuestro país. Él nos abrió las puertas a la literatura moderna, nos hizo reflexionar sobre la novela como género, sobre el lenguaje, sobre la responsabilidad política de los escritores, sobre la cultura del mestizaje en México, plena de ecos árabes, españoles y, sin duda, indígenas.

Va mi admiración absoluta al autor de La muerte de Artemio Cruz y agradezco a los escritores Ignacio Solares y Mauricio Molina la republicación de lo que escribí sobre Fuentes en otro momento.

A los trece años recién, tan campante en una ciudad entonces tranquila, que más bien estaba obsesionada por los ovnis, salía sola de mi casa, ubicada en la calle de Versalles de la colonia Juárez, y caminaba hasta la avenida Reforma. Bajo los viejos árboles seleccionaba una banca porfirina de piedra, me rebullía allí hasta acomodarme y me ponía a leer cuentos de Carlos Fuentes. Comencé por Cantar de ciegos, como si fuera capaz de entender los textos con plena capacidad.  En realidad, lo que me gustaba era la atmósfera que producían, la modernidad estallante de los personajes de “Las dos Elenas”, que se montaban en un mg y cenaban en el Coyote Flaco de Coyoacán, que a mí, sin darme cuenta por qué, me llevaba a pensar en unos beatniks tardíos, como los gringos que nos daban clases particulares de matemáticas a unos compañeros y a mí, alumnos regulares del extinto colegio Panamerican Workshop. Esos gringos creaban un estado armónico de libertad, a pesar del álgebra, como si hubieran sido primos hermanos de Joan Báez y de Peter, Paul and Mary.

“Muñeca reina” me parecía el súmmum de las transgresiones que yo, a esa edad, era incapaz de realizar. Aún me quedaba un tramo largo por recorrer. Mientras me amistaba con la soledad de la lectura y omitía el  espaciado tránsito de coches por la Reforma, daba un brinco cuántico en el  tiempo: no más Guerra Civil española y exilio, no más la España de los escritores que mi padre veneraba, sino México, df y Carlos Fuentes, quien dotaba de significado literario a mi espacio cotidiano. ¿Cuántas veces había ya tomado café con mis amigas Patricia, Virginia y Bettina en el Coyote Flaco, al sur de la ciudad, en el barrio antiguo de Coyoacán? Lo habíamos hecho en varias ocasiones. Comenzaba poco a poco una vida más allá de la familia orgánica y republicana.

Carlos Fuentes

Después fue Julissa ( su madrastra, María Rivas, y su padre, Luis de Llano Palmer, eran muy amigos de mis papás), la que me contó durante una Nochebuena que se encontraba filmando muy entusiasmada Los caifanes, película dirigida por Juan Ibáñez y escrita por el propio director y Carlos Fuentes. El filme cambió al cine mexicano y reveló a grandes actores. Para ese momento, a mis quince años, había leído Las buenas conciencias, sin saber que se trataba de un nuevo ejercicio literario de Fuentes, esta vez galdosiano, y, como se parecía mucho a las novelas recomendadas por mi papá, no me gustó. Julissa me explicó cuáles habían sido las intenciones novelísticas de su entonces padrastro, Fuentes, con ese libro. No le hice mucho caso y comencé a leer a los escritores “de la onda”, como llamó Margo Glantz a José Agustín, a Gustavo Sainz y a Parménides García Saldaña. Un par de años después, en clase de María del Carmen Millán,  en la Facultad de Filosofía y Letras, leí, deslumbrada, Los días enmascarados. Yo deseaba que María del Carmen descubriera en mí el mismo potencial del autor del  cuento “Chac Mool”, cuando publiqué mi primer texto en Punto de Partida. La única  frase “elogiosa” que obtuve de ella, después de varias semanas de acongojada espera, fue un “Ya leí su cuento, Anamari, mono, mono de su parte”.

Mi padre murió en 1971 y, no sé si recuerdo mal, pero creo que el de Fuentes también. Por esa época, Óscar Mata, gran amigo mío, era becario del Centro Mexicano de Escritores y conoció a Fuentes. El gran escritor lo convidó a tomar té a su casa. Óscar le preguntó si le molestaría que yo lo acompañara, ante lo cual Fuentes dijo que no, que no le incomodaba de ninguna manera. Transcurrieron unas semanas antes de la cita. Cuando Óscar y yo nos apersonamos en la calle de Segunda Cerrada de Galeana 17, la mujer del servicio nos hizo pasar al estudio, donde en una charola estaban dispuestas tres tazas de té. No guardo memoria de lo que hablamos con el creador de Artemio Cruz, salvo que él se refirió a la Argentina con gran interés, lo cual resultaba más que lógico para un novelista que se convertiría en el gran vocero de América Latina y sus problemas. Al fondo del amplio cuarto de trabajo colgaba de la pared un Botero.  Miraba azorada, por primera vez, un cuadro del pintor colombiano.

Por aquellos años, el director de la Facultad de Ciencias Políticas, Víctor Flores Olea, organizaba encuentros extraordinarios con personalidades de diferentes partes del mundo. En uno de ellos conocí a Susan Sontag y quedé de entrevistarla, con la ayuda de mi amigo el sociólogo Gabriel Careaga (q.e.p.d). Leí Against Interpretation a marchas forzadas y, en efecto, la entrevista se llevó a cabo. Jamás la publiqué, pero guardo un par de fotografías mías junto a la Sontag. Carlos Fuentes dio pláticas, siempre brillantes durante esos cursos. En ese entonces Careaga y yo lo tuteábamos.

Sería el segundo Año Nuevo después de la muerte de mi padre, que empecé por la mañana a leer La región más transparente. Hacia la noche mi mamá estaba desesperada, porque yo no abandonaba el libro para nada, así que se permitió festejar por un rato, no sin cierta culpa, con los vecinos de junto. “¿Qué no te aburres, nena?”, me preguntaba. Yo no me levanté del sillón hasta terminar la lectura de la novela. Significó una gran experiencia para mí. Fuera de que Ixca Cienfuegos me parecía un personaje un poco naïf, todo lo demás se convertía en una inundación de datos, de conocimientos, de ciudad abarcadora con sus voces, sus clases sociales, de   impetuosa textualidad.

 

citar artículo PDF
Anamari Gomís

Nació en la Ciudad de México el 23 de septiembre de 1950. Ensayista y narradora. Estudió Lengua y Literatura Hispánica en la FFyL de la UNAM, la Maestría y el Doctorado en Literatura comparada en la Universidad de Nueva York.

Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés