Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Alejandro Hosne
El mal perfecto

Héctor Iván González
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Decía Ezra Pound que el escritor debe aspirar al parricidio para sólo así poder hablar de que su identidad se deslinda de las influencias y alcanza la madurez. Como se ha dicho, García Márquez es un peso para las jóvenes generaciones colombianas que no quieren seguir poblando su literatura del (mal llamado) “realismo mágico”. Sin embargo, pocos son los que se quieren deshacer de Borges. A pesar de que su influencia siga viva en los jóvenes, ya empiezan a surgir disidentes. Precisamente el caso de Ningún infierno (2011), de Alejandro Hosne, es aquél de la obra menos típica de la literatura rioplatense. Con ella ya podemos hablar de parricidio.

El lugar de los hechos es la Argentina, pero no la de las ensoñaciones gardeliana ni borgesiana; no hay gauchos, ni tangos, ni siquiera hay las aterciopeladas notas del bandoneón de Piazzolla; la música es puesta de soslayo al punto que sólo hay breves menciones de Charly García, Fito Páez y una de nuestro Sol, Luis Miguel: “el putazo-quemado-a-lámpara”; se trata de un país que sólo se identifica porque en el poder está Carlos Saúl Menem (Anillaco, 1930) o “el Mandril”, como generosamente le llama el narrador. Debido a que hubo tantos periodos es difícil saber en cuál se encuentra como presidente; simplemente está claro que la nación ya está hundida en un periodo de crisis, que la ciudad se ha vuelto una jungla donde se puede asesinar, violar, explotar y defraudar con la mayor de las impunidades. En suma, es una Argentina que podría ser cualquiera de los países de Latinoamérica en la década de los noventa.

Un joven apenas mayor de los veinte años cuenta la historia que se va sucediendo día a día, donde nunca habla de él sino lo más mínimo, no es la historia de su vida, ni de sus nostalgias las que nos va a relatar. Se trata de la búsqueda de un proyecto personal donde el sexo, la tortura, el castigo y la aniquilación ocupan todos sus esfuerzos. La conciencia que se revela en esta novela es la del mal perfecto, un ser que despiadadamente se ha puesto a cumplir la voluntad nihilista de la destrucción. En la sociedad drásticamente polarizada en la que actúa no toma bando por nadie, y ejecuta tanto a los miserables que se alimentan de la basura lo mismo que a la típica belleza argentina que arranca suspiros al pasar. El personaje de Hosne es una máquina de guerra que finge estar conforme con la realidad que le ha dejado el tiempo, pero que por las noches busca una víctima diferente para ponerle fin a sus días.

Esta conciencia hace algo más que narrar la realidad, retrata la miseria, la cobardía, la medianía de todos aquellos que tienen la suerte de cruzarse en su camino. No es una crítica lo que lleva a cabo, es una diatriba manifiesta que se transforma en actos. Ésta puede ir desde señalizaciones sencillas como: “Sabía que si amagaba con largar la Facu el desnutrido crédito de sus viejos se iría a la mierda, tendría que trabajar como nosotros y eso lo hacía vomitar pesadillas toda la noche”, hasta descripciones más gráficas: “Cualquier engendro como Magdalena requiere de una concha maléfica para ser parido, y doña Julia tenía esa concha y un par de ovarios tan envenenados como para hacer una hija a su semejanza”.

Salta a la vista que el lenguaje del libro no tenga concesiones con las “buenas maneras”, ni se censure ningún tipo de giro lingüístico prosaico, altisonante o procaz. Las palabrotas reciben justicia en esta obra, sin por esto convertirse en una obra que descuide la calidad literaria. Incluso se podría decir que construye mucho mejor las escenas y administra bien estos recursos que algunas novelas que se jactan de ser desinhibidas, precisamente porque la prosa no agota ni es reiterativa. Puede ser una de las obras más perversas que se haya publicado, pero no raya en lo fácil ni en lo hortera. Hosne ha materializado una voz narrativa jaspeada con imágenes que recuerda al mejor Céline o al más diáfano Genet, y lo logra al introducirnos en un mundo absolutamente sórdido donde el lector más exigente se sentirá a gusto. ¿No radica en este paradójico logro que la literatura de Genet pueda ser tan excedida, tan excesiva y tan extravagante y nos siga pareciendo agradable frecuentarla? Pasa lo mismo con Ningún infierno: a pesar de sus orgías, de sus asesinatos con lujo de crueldad, de sus descripciones violentas y de sus imágenes sicalípticas nunca cae en el regodeo. “La yegua ni esperó a salir del ascensor, se me tiró encima manoteando el órgano y como si jurase sobre una biblia me pidió que se la metiera cuantas veces quisiera y por donde quisiera. Con besos o sin besos, le daba igual”.

Tampoco se trata de una obra que apueste por el solaz sádico per se, detrás de cada escena, de cada capítulo, se va construyendo una trama mayor, un andamiaje que sólo alcanza su cumbre al final. Cualquiera que aprecie la acumulación, la intensificación de las historias, y que no lea sólo de línea en línea, sabrá apreciar que Ningún infierno crece como historia y se va constriñendo cada vez más. Su trama termina por materializar el nudo de una horca que se va cerrando lenta e inexorablemente alrededor de los personajes.

No niega su tiempo, dialoga con él, e incluso se aventura a cuestionar la resistencia patética y resignada que tienen los deudos de los desaparecidos por la dictadura; aquella que infligiera un daño irreversible a la sociedad argentina. La voz hiperconsciente pone el dedo en la llaga —esa terrible herida aún abierta— para dar una lectura histórica del terrorismo de estado que se perpetró contra las personas que —en su legítimo derecho— luchaban contra la barbarie:

Claro que la gran traición a los ingenuos pone-bombas no vino de manos de milicos sino de la gente común, que nunca pudo tolerar la guerrilla porque simbolizaba al civil armado contra el sistema. La imagen de su misma sangre en contra-ataque la humillaba, la sacaba de su sillón de cómplice. Fue entonces cuando se rogó al Estado que despareciera al hermano. De no haber existido esta mayoría silenciosa los milicos no se habrían atrevido a nada, un genocida no da un paso sin consenso. Sin aparato, sin institución, esos cagones no se atreven a tocarle un dedo a nadie. El genocida se hace a fuerza de papeleo y avales, no de satanismo y personalidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Héctor Iván González

Nació en la Ciudad de México en 1980. Escritor y traductor. Hizo estudios de Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Fue editor en la Facultad de Derecho de la misma casa de estudios.

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