Revista de la Universidad de México
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NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Aguas aéreas
Alrededor del número 100

David Huerta
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LOS CIEN AÑOS DE ALFONSO TARACENA

Conocí a Alfonso Taracena (1896-1995) en la redacción del periódico El Universal a principios de la década de 1990. Taracena era entonces, y hacía ya muchos años, una leyenda del periodismo en México. Además, sus contribuciones a la historia moderna del país convirtieron sus libros memoriosos en una referencia obligada para los especialistas académicos en esos temas.

El maestro Taracena iba semanalmente a la oficina de la sección cultural del periódico a entregar sus colaboraciones, lo cual significaba ponerlas religiosamente en manos de Paco Ignacio Taibo, nuestro jefe, entonces, en esa área del periódico. Iba el texto taraceniano mecanografiado en papel revolución (ahora esos “mecanoscritos” parecen cosa digna de un museo). Un joven acompañante ayudaba a don Alfonso a desplazarse, a subir escaleras, a orientarse en el edificio —no podía ser menos, pues el veterano periodista e historiador estaba a punto de cumplir cien años.

Todavía hay quien se lo regatea, increíblemente: Taracena murió a un mes casi exacto de cumplir el siglo de edad —nació en enero de 1896 y murió en diciembre de 1995— y dicen esos burócratas del calendario: “nunca tuvo cien años”. Yo no pienso así, por supuesto: para mí, era un hombre de cien años, aun cuando no los hubiera cumplido, lo cual no deja de parecerme una precisión oficial u oficiosa; es más: es el centenario particular del libro de mi vida, el centenario con todas las credenciales imaginables, el centenario a quien más traté y con quien más conversaciones sostuve.

Alfonso Taracena no cumplió cabalmente los cien años de edad. Pero siempre digo: “Alfonso Taracena murió a los cien años de edad”. Eso significa lo siguiente: murió en el curso de su centésimo año de vida —esto es algo cierto, verdadero, indiscutible.

Cien años: ignoro la razón, pero cuando invoco o evoco esa edad bíblica, recuerdo de inmediato el extraño y fascinante renglón de José Lezama Lima: “El gozo del ciempiés es la encrucijada”, de la serie llamada “Playas del árbol”. La magia rotunda de la cifra (cien años, cien pies, cien números de una revista) parece trazar el círculo de un cumplimiento, el ápice de un proceso complejo y admirable, el último punto de una plenitud y el primer capítulo de una regeneración.

Sospecho lo siguiente: la letra ce inicial de cien y de círculo tocan sensiblemente el inconsciente colectivo y hacen aparecer en la mente la imagen de una órbita, la promesa de un recomienzo, el reinicio de un camino. A los cien años de edad, eso debe parecer una exageración total, cuando se mira de cerca la realidad del hecho; pero no lo es desde la perspectiva del ultramundo para el hombre virtuoso: la vida ha durado tanto y ya no puede durar mucho más; la etapa siguiente es, debe ser, la vida superior de los cielos, el más sublime recomienzo imaginable.

El sufijo –ario tiene una connotación, digamos, colecticia: las palabras formadas con él indican ese afán de juntar objetos, fenómenos, presencias. Crepusculario: colección de crepúsculos; diccionario: colección de “dicciones”, de voces, de palabras; anticuario: coleccionista de antigüedades. El centenario, entonces, ha coleccionado años hasta alcanzar la suma de cien en su particular y muy íntimo espacio de vida.

El rayo Usain

Siempre me ha llamado la atención este hecho de las justas atléticas: el récord mundial de los 100 metros planos cronometra un poco menos de los 10 segundos y durante largo tiempo fue de 10 segundos exactamente (era “la barrera de los diez segundos”); por supuesto, el raudo Usain Bolt (bolt: “rayo”, en inglés) hace menos tiempo en ese recorrido fulgurante.

Para cualquier corredor de velocidad —cualquier atleta de otro deporte— 10 segundos cronometrados en esa prueba deben ser, creo, considerado buenos, muy buenos; pienso en los futbolistas. ¿La velocidad de ese desplazamiento? Más de un distraído por las decenas y las centenas contestará automáticamente esta bobada: si un corredor hace 10 segundos en 100 metros, corre ¡a cien kilómetros por hora! No y mil veces no; diez veces cien, ¡no!: corre a 36 kilómetros por hora.

En la biblioteca

He buscado en mi biblioteca doméstica —y hallado sin un esfuerzo especialmente grande— varios libros notables con el número 100 en el título. Por supuesto, como era de esperarse, en esos rótulos titulares de obras literarias el número 100 está escrito con letra. Enumero rápidamente esos libros: Cien cartas a un desconocido, de Roberto Calasso; Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; Las cien mejores poesías (líricas) de la lengua castellana, de Marcelino Menéndez Pelayo; Cien sonetos de amor, de Pablo Neruda. Otro libro de la misma familia, pero con un título levemente diferente, es Mi siglo, de Günter Grass, colección de cien piezas sobre los años del siglo xx, de 1900 a 1999. Cada quien podrá hacer su propia lista de libros semejantes en su biblioteca. En la mía debe haber otros, pero no los he buscado con más ahínco; estoy seguro, penosamente seguro, de haber sido víctima de algún atraco —por ejemplo: ¿quién sustrajo de mis estanterías la antología de Octavio Paz titulada La centena, volumen muy querido, leído y releído?

Desde luego, esta diminuta lista merece algunos comentarios. En primer lugar, el comentario implícito en la clasificación por géneros: una recopilación de “solapas” o notas editoriales (el libro de Calasso, editor de la legendaria casa Adelphi, hacedora de algunos de los mejores libros italianos y europeos); una novela, condensación insuperable de la imaginación latinoamericana; una antología de poesía cuyo espacio es una lengua en su integridad y cuya limitación es un género (la poesía lírica); un libro de sonetos heterodoxos; el testimonio secular de un escritor sobre la época principal de su andadura vital (el siglo xx: en este caso, “el siglo xx, con sus cien años exactos, de Günter Grass; queda pendiente la eterna discusión: ¿es el año 1900 el último del siglo xix y el 2000 el último del siglo xx?).

Portada de "Cien cartas a un desconocido" de Roberto Calasso
Portada de "Cien sonetos de amor" de Pablo Neruda

Los libros de Calasso, Menéndez Pelayo, Neruda y Grass informan acerca de la cantidad de textos contenidos entre sus tapas: cien solapas, cien poemas líricos en español, cien sonetos anómalos de amor; el libro de Grass y el de García Márquez contienen la noción de siglo, colección de cien años: el siglo xx, el siglo vivido por la familia Buendía hasta el cumplimiento de la maldición.

El tema de los números en literatura… Las mejores y más amenas páginas acerca de esto se encuentran aquí, en el libro de E. R. Curtius, ahora abierto ante mis ojos: Literatura europea y Edad Media latina: específicamente el excurso xv, titulado “Composición numérica”.

Catulo y Castillejo

¿Es “cuantificable” un gran amor? En el caso de una de sus principales dimensiones, el contacto físico, sin duda lo es. Para no entrar en otros terrenos, conformémonos con los besos, los simples y destellantes besos de los amantes, los novios, los prometidos y también, claro, los esposos. ¿Cuántos deberían ser? Cientos, miles, respondió el poeta latino Cayo Valerio Catulo. Cientos y miles de besos, sujetos a una multiplicación incesante, a un crecimiento exponencial, a un aumento de vértigo y deseo.

Uno de los poemas más conocidos y antologados de Catulo es uno cuya línea más famosa dice en venerable latín: “Da mi basia mille, deinde centum”. Tres versos forman un auténtico frenesí de cientos y de millares de besos:

Da mi basia mille, deinde centum,

dein mille altera, dein secunda centum,

deinde usque altera mille, deinde centum.

 

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David Huerta

Nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1949. Poeta, ensayista y traductor. Estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido redactor y editor de la Enciclopedia de México...

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