Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Artículos   >>>   Hernán Lara Zavala

Fuentes a la distancia

Hernán Lara Zavala
citar artículo PDF
aumentar letra disminuir letra

Desde que leí Cantar de ciegos, libro de cuentos de Carlos Fuentes, percibí de inmediato el atractivo influjo que, además de deleitarnos con sus historias, contagiaba algo que pocas veces le sucede a un aspirante: el anhelo de escribir. Mi cuento favorito de esa colección, “Un alma pura”, logró conmoverme e identificarme con los personajes construidos de manera muy consciente a partir del artilugio de la palabra y del tono íntimo y melancólico que a veces produce un relato narrado en segunda persona. A partir de ahí empecé a frecuentar la obra de Fuentes. Leí La región más transparente, que me fascinó, desconcertó y deslumbró por su carácter experimental, un poco caótico, por su audaz tratamiento y su ritmo vertiginoso. Siguió Aura, con su halo de magia y misterio sobre el tema del doble y el juego de espejos dentro del ambiente gótico y sepulcral de la calle de Donceles en el centro de la Ciudad de México. Y luego Los días enmascarados, su primer libro, que incluía un cuento ya legendario y emblemático: “Chac Mool”. En la Facultad tuve la oportunidad de leer y estudiar en alguna clase y con todo cuidado La muerte de Artemio Cruz y admirar la estructura de esa novela que muestra pasado, presente y futuro de la Revolución mexicana a través del desarrollo del personaje que se inicia como un héroe bienintencionado y culmina corrupto y aniquilado con la correspondiente desilusión del proyecto revolucionario. Leí Cambio de piel, novela carnavalesca y pirotécnica dedicada a Julio Cortázar, y Agua quemada, libro de cuentos vía novela, y luego la densa Terrra nostra, su magnum opus, y así consecutivamente a lo largo de los años, no siempre logrando mantenerle el debido paso a su veloz, amplia, prolífica, variada y ambiciosa obra en su intento de desentrañar las complejidades del ser mexicano y su conflictivo pasado.

La primera vez en mi vida que vi a Fuentes en persona fue una mañana que yo andaba curioseando en la Librería Británica de la Avenida de la Paz, allá por los años sesenta. Él apareció de suéter y lentes oscuros con paso firme y decidido. Tendría un poco más de cuarenta años pero ya era “Carlos Fuentes”. Empezó a revisar los estantes y en cuanto dio con lo que buscaba, Dublineses de James Joyce, si mal no recuerdo, se dirigió directamente a la caja donde le pagó a Gaby, la entonces encargada de la librería, y salió tan campante como entró.

La figura de Fuentes siempre estaba en el pandero de la cultura nacional. Acaso sus primeros amigos intelectuales en México fueron sus compañeros de la Facultad de Derecho algunos de los cuales habían estudiado con él también en el CUM como Mario Moya Palencia, Porfirio Muñoz Ledo y Víctor Flores Olea y algunos otros como Enrique González Pedrero, Bernardo Sepúlveda Amor, Javier Wimer se sumaron al grupo de la generación que se nombró de “Medio Siglo”. También tuvo algunos amigos mayores como Martín Luis Guzmán, Manolo Barbachano Ponce, Luis Buñuel, Fernando Benítez, Juan José Arreola—maestro y editor de su primer libro en la editorial Los Presentes— Juan Rulfo y, por supuesto, Octavio Paz, quien al inicio de su carrera fungiera como preceptor que le infundió ánimo para que encontrara su destino y vocación. Se mantuvieron muy unidos hasta que se dio una previsible ruptura pues maestro y alumno habían entrado en franca competencia. Fue Paz quien sugirió que Fuentes fuera el primer director de la Revista Mexicana de Literatura, en mancuerna con Emmanuel Carballo. Creativo y crítico en saludable comunión dirigirían la cultura de México. Pero contrario a Reyes, Paz y Monsiváis, a Fuentes no le interesaba convertirse en cacique cultural, y tan pronto pudo renunció a la dirección de la Revista Mexicana de Literatura para continuar su camino de escritor por la libre. Entre sus contemporáneos en México Fuentes frecuentaba a José Luis Cuevas, Salvador Elizondo, La China Mendoza, Juan Ibáñez, Tomás Segovia, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis. Más tarde vino su amistad con Gabriel García Márquez recién llegado a este país y con Álvaro Mutis. Con García Ponce nunca tuvo buena relación y sus cuentos “Un alma pura” y “Tajimara” contendieron en el Festival de Cine Experimental en 1964, uno dirigido por Juan Ibáñez y el otro por Juan José Gurrola. Luego vino su gran encuentro con Julio Cortázar: “¿Está tu papá?”. “Soy yo, Carlos, pasa”, con Mario Vargas Llosa, José Donoso y Juan Goytisolo que crearon el boom. Y más tarde frecuentaba Sergio Ramírez, Tomás Eloy Martínez y Nélida Piñón cuando se empezó a consolidar el post-boom. Simultáneamente hizo amistades de carácter internacional como fue el caso de Milan Kundera, Jerzy Kosinsky, Arthur Miller, William Styron, Susan Sontag, Harold Pinter, entre tantos y tantos otros personajes de primera línea que disfrutaron su personalidad y amplia cultura. Tengo la impresión, sin embargo, de que en última instancia Carlos Fuentes fue siempre un ser fundamentalmente solitario aunque tal vez por eso mismo le gustaba hacerse de amigos y conocidos. Consideraba la amistad como uno de los valores más importantes de los que puede disfrutar el ser humano. (“lo que no tenemos lo encontramos en el amigo”). En ese sentido acaso sus grandes amigos de toda la vida hayan sido Julio Cortázar y Gabriel García Márquez.

Con Miguel Ángel Asturias, Uruguay, 1962
Con Miguel Ángel Asturias, Uruguay, 1962
©Archivo personal de Carlos Fuentes

 

citar artículo PDF
Hernán Lara Zavala

Nació en la Ciudad de México el 28 de febrero de 1946. Narrador, ensayista y editor. Estudió la Maestría en Letras en la FFyL de la UNAM e hizo estudios de posgrado en la Universidad de East Anglia, Inglaterra.

Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés