Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Artículos   >>>   Julio Ortega

Para leer a Fuentes

Julio Ortega
citar artículo PDF
aumentar letra disminuir letra

Pero si Carlos nunca creyó en la muerte, me dije, protestando la primera noticia sobre su muerte. Morir era un verbo del futuro, sin lugar en el presente. La verdad es que Carlos no se demoraba en el tema, quizá porque era inapelable, o tal por escrúpulo. Por un lado, su formación norteamericana dictamina que la muerte no es un tema de conversación, y es más bien un tabú; y, por ello, un gran tema literario. Pero, por otro, su cultura mexicana recomienda una prolongada conversación con la muerte, y en sus novelas Fuentes le ha cedido la palabra. Buscando el consuelo que nos conceden las palabras, concluí que la muerte bien pudo ser para él una pérdida de tiempo, literalmente, dado que nos arranca de la temporalidad, pero también verbalmente, porque, bien visto, sobre ella no hay nada que decir. Y por eso, en español, queda todo por ser dicho cada vez que se la nombra. En la obra de Fuentes, al final, hasta la muerte está llena de vida.

Conocí a Carlos Fuentes en mi primera visita a la ciudad de México, en el verano de 1969. Gracias a José Emilio Pacheco, el suplemento cultural de Siempre! había reproducido, en 1968, un artículo mío sobre Cambio de piel. Carlos nos citó a José Emilio y a mi en su departamento de recién descasado, creo que en Polanco. Por entonces todavía se rehusaba a viajar en aviones y aún le estaba vedado el ingreso a los Estados Unidos. Nos contó la famosa historia de su último viaje aéreo: tenía que ir a un congreso de escritores en alguna ciudad mexicana y lo habían convencido de volar con el argumento inapelable de que un avión con cincuenta escritores no se puede caer. Pero le tocó sentarse al lado de Juan Rulfo quien, mirando por la ventanilla, sentenciaba: "Estamos pasando por la ilustre Querétaro;" y al rato: "Estamos pasando por la histórica Guanajato." En pánico, Fuentes le preguntó: "¿Y tú cómo lo sabes?," y respondió Rulfo: "Las reconozco por el cementerio." No menos sepulcrales eran, por entonces, los compartimentos ideológicos, propagados por la Guerra Fría; Fuentes había sido declarado peligroso para la seguridad de los Estados Unidos por el Departamento de Estado. Después de cenar, Carlos nos llevó a conocer lo que calificó de monumento mayor de la cursilería mexicana, un lujoso hotel acabado de inaugurar. En efecto, tenía paredes pintadas de morado y unas muchachas vestidas de Cleopatra que vendían cigarrilllos. Pero cuando entrábamos, Carlos nos dijo: "Nos hemos cruzado con el hombre que me odia más y más odio en México." Era Luis Echeverría, el próximo presidente mexicano, que había sido secretario de gobernación durante la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco, el año anterior. Ambos habían intercambiado un hielo profundo, y sospeché que Carlos, que se había quedado sin Estados Unidos, y que iba a perder Cuba, se estaba quedando también sin México. Este es un escritor, me dije, que sacrifica países a sus opiniones; aunque se trataban, claro, de convicciones libérrimas, aquellas que configuraban su personalidad más propia, hechas en una independencia solidaria y en las apuestas más polémicas. Años después, Fuentes sería embajador en Francia del gobierno de Echeverría, una decisión que le cuestionaron no sólo sus antagonistas, pero que él asumió a nombre de las pocas opciones de la hora, que pasaban por afirmar las aperturas o arriesgar las líneas duras. Después descubrí que desde su primera novela Carlos Fuentes ha sido el escritor más atacado en su país. Pero no por la fatalidad de profetizar en su tierra, sino por ser el escritor más incómodo. Su ficción ha operado en México como una versión desestabilizadora de los saberes formales sobre el país. Buena parte de sus novelas toman partido y exigen tomarlo. En una vida burocratizada por el funcionariado encarnizado, la profunda indeterminación de la experiencia libre que fluye en la escritura de Fuentes debe haber violentado el pacto social y su varia servidumbre. Algo parecido ocurrió con Borges: sus grandes negadores controlaban el capital simbólico de lo nacional, ese mito sentimental, pero felizmente su obra nomádica no tenía nada que perder.

Estaba escribiendo, nos dijo, una novela de mil páginas en la cual Felipe II dialogaba en los infiernos con el infame Díaz Ordaz, el presidente de la matanza de Tlatelolco. Justamente, cuando López-Portillo nombró a Diaz Ordaz embajador en España, Fuentes renunció a su encargo parisino. Debe haber recuperado el odio de Echeverría, o sea, regresado a la normalidad. Esa novela fue Terra Nostra, tan larga que en México decían los amigos que se requería de una beca para leerla. Todavía recuerdo a Carlos de ese primer encuentro: relajado, escribiendo con humor la saga histórica del horror que nos había tocado, y seguramente celebrando la amistad de esos tres contertulios que los próximos cuarenta años iban a encontrarse en no pocas batallas de jusiticia poética y, sobre todo, en trabajos mutuos y tareas comunes. Cuando considero la cantidad de trabajo que alegremente me ha pasado Fuentes, no tengo más remedio que reconocer que yo he hecho otro tanto. Estos últimos 15 años fue profesor visitante en mi Universidad.

Se me ocurre ahora que las novelas de Fuentes son, en cierta medida, la biografía de una transferencia: en ellas México ha recobrado una geografía simbólica. Contra el discurso esencialista de una identidad fatal, Fuentes se adelantó a ensayar las aperturas de una identidad trashumante, que hoy llamaríamos transfronteriza. Fuentes se adelantó a la teoría jurídica actual, que dice que odos seremos ciudadados de dos o más países, y tendremos varios pasaportes. Él siempre tuvo uno solo, el mexicano, pero fue el primer ciudadano internacional. La ciudad de México, que conoció recién a los dieciseis años, después de pasar la infancia en Estados Unidos, donde su padre era diplomático, la pubertad en Chile, y la adolescencia en Buenos Aires, es el escenario de La región más transparente (1956), novela que representa a una ciudad apenas naciendo a la modernidad y despidiéndose ya de la misma, porque estaba dejando de ser transparente para hacerse ilegible. Mientras que Cristóbal Nonato será la pérdida anticipada de un México invadido y desmembrado. La Campaña, por su lado, va de Argentina a Chile; como Gringo viejo va de Wáshington a la frontera mexicana. Una familia lejana es la novela de un París recuperado en la luz de la Isla de San Luis, y extraviado en las trampas del linaje americano. La muerte de Artemio Cruz es, por cierto, la biografía de la Revolución mexicana perdida; y Terra Nostra el extravío de España en el Nuevo Mundo, que se buscan en la suma de modernidad que es la novela. La narrativa, para Fuentes, está hecha por este desbasamiento de las representaciones, que zozobran y se sustituyen, como si lo real no tuviese otro sentido que su permanente mutación.

Ese año de 1969, Carlos Fuentes escribía la apoteosis de la historia como una fábula política recontada desde una lengua latinoamericana canibalizadora y barroquizante. Y descubría que si la literatura era su patria, la cultura era ya su ciudadanía. Pero vivía también la novela que iba a escribir 25 años después, Diana, como una biografía anticipada, que se escribiría frente a las prohibiciones norteamericanas, refutadas por el placer. Quizá no sea casual que para recuperar el arrebato de esa relación, haya tenido que desnudarse en la confesión. Siempre he sospechado que Fuentes ha escribe, cada vez, su primer libro.

Portada Gringo viejo, Carlos Fuentes
Con Julio Ortega
citar artículo PDF
Julio Ortega

Nació en Casma, Perú, en 1942. Crítico, ensayista, profesor, poeta y narrador.
Estudió Literatura en la Universidad Católica en Lima. Emigró a Estados Unidos como profesor visitante en las Universidades de Pittsburgh y ...

Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés