Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Cumpleaños
La cristología del tiempo

Ignacio Padilla
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Si es verdad que la obra entera de Carlos Fuentes es una épica de la encarnación del tiempo en el espacio, Cumpleaños tendría por fuerza que ser su carta de batalla. En él confluyen no sólo las ideas que sobre el arte de narrar el tiempo el escritor ha acuñado y cultivado a lo largo de su fructífera vida creativa. También están allí, en bruto o en plenitud, sus técnicas, o por mejor decir, la técnica. Allí están los cómo y los por qué, el modus operandi del crimen fuentesiano contra las consciencias tranquilas del arte de la novela. Este librito inmenso exhibe las claves del estilo singular que el autor se ha inventado afanosamente para conseguir que la narrativa sea la única expresión del saber humano capaz de amigarse con y adelantarse a la física cuántica en su búsqueda por fijar de una buena vez y para siempre, más que el tiempo mismo, su caprichoso fluir.

Es sin embargo o por lo mismo un libro extraño, con frecuencia inconseguible, esquivo. Aun cuando guía, Cumpleaños está lejos de la simplicidad ajena a los recetarios o los instructivos de decodificación. Su propio autor, tan insistente a la hora desentrañar públicamente el papel de cada uno de sus libros como partes de una opera omnia balzaciana, apenas lo menciona. Y no lo hacen más sus críticos y sus lectores, que en este caso parecen unidos al autor por un tácito juramento de silencio. Una suerte de pudor colectivo envuelve esta obra. O acaso sea otra cosa, quizá una secrecía de índole iniciática. Durante años, el alquimista ha buscado en la sujeción del tiempo al espacio narrativo una panacea que es piedra filosofal que es la fuente de la eterna juventud: en el secreto del tiempo narrado se cifran los del saber, la inmortalidad y la absoluta síntesis. Los accidentes y resultados de tal búsqueda están en Cumpleaños, que es un mapa en sí mismo, un criptograma que se muerde la cola, como si el tesoro en el corazón del laberinto tuviese que ser al mismo tiempo su minotauro, el monstruo cuyo vencimiento es también parte de la revelación a la que defiende. Naturalmente, no cualquiera puede acceder a este conocimiento, no a cualquiera está reservado. De allí que la obra sea en buena medida un palimpsesto: la catábasis, el acceso al saber que nos mata como requisito para el renacimiento, debe ocurrir mediante un complejo y exigente descenso ad inferos. Y éste, qué duda cabe, lo es en el más sano y más puro sentido de la palabra.

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Pocos autores como Carlos Fuentes conozco tan minuciosos y diestros en el difícil arte del epígrafe. Y el de Cumpleaños es tal vez uno de los más elocuentes. “Hambre de encarnación padece el tiempo”, anuncia el autor en voz del Octavio Paz de Ladera Este. Ésa y no otra es la carta de navegación del libro, aunque también lo había venido siendo para Fuentes desde mucho tiempo atrás, como ha seguido siéndolo desde entonces, adelantado veinte años a la teoría bajtiniana del cronotopo en la novela. Desde Aura, libro hermano de Cumpleaños, hasta los relatos de El naranjo, o los círculos del tiempo, pasando desde luego por La muerte de Artemio Cruz, por mencionar sólo los más explícitos en este orden, el narrador ha consagrado su inteligencia a agotar todas las posibilidades que puedan ofrecer el arte, la historia, la religión y la ciencia para desesclavizar al hombre de la muerte, que en Occidente no ha sido sino el impío sicario del tiempo. La reencarnación, la supuesta circularidad del tiempo, la especularidad y la permanencia del ser en la más absoluta intersubjetividad, el dominio inconsciente que de nuestro transcurrir hacemos en el mundo de los sueños, todo ha entrado y cabido en la obra de Fuentes, suma de una inteligencia que ha buscado obsesivamente nuestra liberación de las ataduras del antes, el ahora y el después.

Saciar el hambre que el tiempo tiene de encarnarse, y hacerla suya. ¿Cómo? En el verbo. Nunca una lección de la tradición judeocristiana había sido mejor asimilada y, al mismo tiempo, con tanto encono desmantelada. Si antes del tiempo estaba el verbo, narrar es la clave para domeñar, fijar y finalmente prevaricar la sucesión ordinaria de los acontecimientos. Pero esta asimilación requiere asimismo de una apostasía, una rebelión prometeica contra la lectura que del continuo espacio-tiempo nos han querido imponer dos mil años de accidentada exégesis cristiana. En Cumpleaños se explicita el rotundo no de Carlos Fuentes a las quimeras de esa línea recta que nos conduce de la Creación a un Apocalipsis que tiene más de psicotrópico, onírico y poético que de aceptable y cierto. Se trata entonces de un refinado non serviam, un rechazo que sin embargo no cierra los ojos a remirar los planteamientos originales con el claro propósito de reinventarlos a partir de sus más célebres paradojas.

Portada de "Cumpleaños" de Carlos Fuentes

Y es que en el fondo, la conclusión de Carlos Fuentes debiera resultarnos tan clara como familiar: si la tradición judeocristiana ha derivado en la postulación de un transcurrir rectilíneo, y la oriental descafeinada nos ha hecho creer en una circularidad sin remisión, resulta indispensable buscar una más creíble y esperanzadora visión del tiempo. La alternativa, por ende, debe hallarse en una noción más cercana a la de los gnósticos, para quienes el tiempo, necesariamente excéntrico en cuanto humano, existe de forma irregular, o a lo menos, en espiral. Y si es verdad que la espiral es la expresión finita de un proceso infinito, la narrativa en particular y el arte en general estarían por antonomasia destinados a ser la espiral del tiempo. Diseñar esta espiral como quien diseña una catedral es la misión que Carlos Fuentes se ha impuesto al escribir Cumpleaños.

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No deja de ser sugerente que Cumpleaños sea el libro de Carlos Fuentes más inmediato al turbulento 68. Un libro en apariencia apolítico, o inclusive impolítico. Un tratado, un criptograma elaborado cuando el mundo entero se sacudía en un presente tan intenso que apenas daba oportunidad de réplica. Bien visto, sin embargo, Cumpleaños tiene y da sentido justamente por la época en que ve la luz. En el año de su publicación, el irlandés Samuel Beckett recibía el Premio Nóbel, mientras Italo Calvino y E. M. Escher alcanzaban acaso el punto más alto de sus carreras creativas y de su popularidad. La física cuántica se encajaba en el palpitante corazón de la Guerra Fría, y tanto Julio Cortázar como Gabriel García Márquez, siempre de la mano de Carlos Fuentes, elaboraban sus correspondientes obras maestras sobre el tiempo soñado y el tiempo espiral. Más allá de la realidad sesentera, de la cual se ocupará más tarde, el novelista mexicano prefiere atender primero a los orígenes de lo sagrado que ante sus ojos van culminando en una violencia anunciada.

 

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Ignacio Padilla

Nació en la Ciudad de México el 7 de noviembre de 1968. Narrador y ensayista. Realizó estudios de Comunicación y Literatura en México y Sudáfrica. Es maestro en Literatura Inglesa por la Universidad de Edimburgo y Doctor en Literatura Española por la Universidad de Salamanca.

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