Revista de la Universidad de México
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NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El tiempo sin edad

Pedro Ángel Palou
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Un novelista —ese tipo especial de escritor que usa la imaginación para inventar mundos que de tanto parecer reales llegan a serlo— es siempre un Homo Duplex. Es y no es él cuando escribe y las cosas referidas dentro de esos extraños artefactos que son sus libros —las novelas— tampoco existen en el mundo exterior a las palabras, aunque él se encargue de hacernos creer lo contrario: es un ilusionista. Nada de lo dicho dentro de una novela se refiere a algo que exista fuera de sus límites. La región más transparente no es la ciudad de México y sin embargo creemos que sí.

Cuando a Vladimir Nabokov lo entrevistaron a propósito de Lolita dijo algo que bien podríamos parafrasear aquí. De joven Carlos Fuentes puso todo su empeño en inventar la ciudad de México y luego de lograrlo decidió inventarse Guanajuato y para ello escribió una novela que es, en todos sentidos, la antípoda de la anterior, Las buenas conciencias. Y luego de conseguirlo inventó México, completo, sin más.

Decir lo anterior parece suficiente. Pero no nos apresuremos tampoco. Las novelas no ocurren en el espacio —los lugares— sino que se inventan uno ligado permanentemente al tiempo. Cronotopos, lo llamó Mijail Bajtin. Fuentes se imagino un espacio-tiempo que contiene todos los México, al menos. Porque cuando eso tampoco fue suficiente decidió que la empresa, para entenderse, tenía que implicar el mestizaje de los tiempos y la orgía de los espacios. Inventó entonces un espacio-tiempo donde el presente es pasado y se dibuja como futuro y donde todos los lugares se cruzan: Terra nostra. Los novelistas entendieron que entre nosotros —se refiere a Latinoamerica cuando lo escribe— todo está por decirse porque la verdad se sustenta en la mentira histórica y sus escrituras. La novela en Carlos Fuentes es esa realidad verbal, es verdad verbal que un día supo que todo estaba por decirse, y lo inventó. Por eso propongo que a partir de este día cada que hablemos del Mexiko de Fuentes lo escribamos con k, como la Amerika de Kafka, para que se entienda que hablamos de dos países distintos, aunque compartan muchas de sus tragedias.

La mayor parte de los críticos que la han abordado se contentan en presentarla como un monumento lingüístico, como si la novela para trascender requiriese de la lírica. Adam Thirwell lo analizó a la perfección en su The Delighted States al afirmar que si eso fuera así —con toda novela— no sería la forma artística más traducible (todos, de hecho, nos hemos formado leyendo la novela traducida, lo mismo la rusa que la alemana o la japonesa, cuyos idiomas no necesitamos para incluso ser influidos por ellas o son los idiomas secundarios de una traducción terciaria). Vuelvo a Terra nostra sólo para seguir diciendo que mientras abordemos las novelas, particularmente aquellas que son en todos sentidos nuevas, originales, no podemos conformarnos con las escasas herramientas críticas a nuestro alcance para entenderlas. Borges lo sabía cuando escribió en El arte narrativo y la magia para el quinto número de la revista Sur, que la razón fundamental de nuestra incomprensión analítica sobre la técnica de la novela radica en que sus muchas complejidades no pueden separarse de la técnica misma de la trama. Repito: la novela es una sintaxis, tan intrincada que produce una ilusión espacio-temporal. Es lo que Fuentes mismo llama un lenguaje inventado. Yo agregaría inexistente hasta antes de esa novela, imprescindible después de ella pues ha creado, inventado la realidad que contiene entre sus páginas.

Por eso el libro de ensayos que el lector apasionado por Fuentes no puede dejar de frecuentar —utilizándolo como líquido de contraste, tal y lo harían en un laboratorio de análisis novelístico avanzado que buscase aislar lar partículas elementales de la novela— es sin duda Tiempo Mexicano.  Por eso todo es original en Fuentes —incluso cuando se repite, por algo que él intuye muy bien cuando habla de la diferencia entre la ruina griega y la tolteca, al afirmar que la ruina tolteca es una ruina para sí. La novela es una ruina tolteca, una totalidad en sí. Por eso, para analizar la novela la palabra estilo es también equívoca. Cuando se dice el estilo de un escritor se alude a una retórica —una forma de utilizar el lenguaje— y el novelista hace otra cosa, muy distinta, con el estilo: inventa un universo, una sintaxis que es una trama y que es consustancial a las páginas del libro: única y original a la novela, no a su autor.

Volvamos a Tiempo Mexicano. Allí Carlos Fuentes realiza un guiño cervantino muy conspicuo  y en una nuez resume la colosal obra de una vida que supera la vida y todas sus formas, incluso las caprichosamente temporales —como que estemos aquí festejando su cumpleaños número ochenta—, cuando dice:

El tiempo se vierte, indiferente a nosotros; nos defendemos de él invirtiéndolo, revirtiéndolo, divirtiéndolo, subvirtiéndolo, convirtiéndolo: la versión pura es atributo del tiempo puro, in hombres; la reversión, la diversión, la inversión, la superversión y la conversión son respuesta humana, mácula del tiempo, corrupción de su limpia y fatal indiferencia. Escribir es combatir el tiempo a destiempo, a la intemperie cuando llueve, en un sótano cuando brilla el sol. Escribir es un contratiempo.

Cesare Pavese hablando se su admirado Stendhal resumió el arte de la novela en una frase que por ser la más aproximada a su esencia hasta ahora considero insuperable: crear situaciones estilizadas. Estilo es una palabra compleja cuando se trata de novela, ya lo dijimos, porque implica algo que subyace a la composición y la trama (cada novela tiene por ello su estilo por encima del llamado estilo del escritor, porque cada novela exige su propia coherencia interna que la hace real. Una novela es tanto más real cuanto más coherente es con su estilo interior, la intrincada mezcla de trama y composición, piénsese si no en Aura como lo que es, una novela realista y se verá que estoy diciendo).

Totalidad e instantaneidad son las características que Fuentes ilumina del Tiempo Mexicano. Son las antípodas de su propia obra. Una escritura que nos ha dicho una y otra vez que la utopía de la novela es posible, que nos está dado recordar el futuro y que la memoria es una reserva invicta de la derrota.

Si existe la eternidad literaria, Carlos Fuentes, el infinitamente joven, el siempre nuevo, ha inventado su propia entrada en ella porque como sabía Artemio Cruz, liberado de un sitio y un nacimiento para él, la vida empezará a ser lo próximo y dejará de ser lo pasado.

¡Muchas, muchísimas felicidades, eterno y recién nacido Carlos Fuentes!

Carlos Fuentes

 

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Pedro Ángel Palou

Nació en Puebla, Puebla, el 28 de marzo de 1966. Narrador. Estudió Lingüística y Literatura, la Maestría en Ciencias del Lenguaje en la UAP y el Doctorado en Ciencias Sociales en el Colegio de Michoacán.

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