REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Artículos   >>>   Vicente Quirarte

El nacimiento de Fuentes

Vicente Quirarte
citar artículo PDF
aumentar letra disminuir letra

“Novela collage sin héroes, es la historia de un ser colectivo”, subraya Pedro Ángel Palou. Novela que se asemeja a los murales, dice Monsiváis. Con base en ambas declaraciones, vertidas por lectores mexicanos de dos generaciones distintas, es posible establecer una poética de la novela. Ser colectivo que se llama el México que fue, que sigue siendo, el México posible, el soñado, el utópico, el imposible, el que no es capaz de cerrar sus ciclos y vive con el rencor vivo y la herida abierta, con la deuda postergada, el desquite pendiente. El destino de los personajes está determinado por su propia historia, pero más que nada por la Historia del país en que se desarrollan, viven y mueren. Ixca Cienfuegos es la conciencia de la polis, profeta sin cartera, voz que predica en el desierto. Ixca Cienfuegos es Leopold Bloom, sobreviviente simbólico de la urbe sin remedio y sin redención posible –“en piso de metal, vives al día, / de milagro, como la lotería”–, pero también es Temilotzin de Tlatelolco y José Joaquín Fernández de Lizardi, Guillermo Prieto y Lucas Alamán, Ignacio Aguilar y Marocho y Francisco Zarco, Ángel de Campo y Manuel Gutiérrez Nájera, Justo Sierra y Martín Luis Guzmán, Salvador Novo y Alfonso Reyes, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Juan Villoro, es decir, la voz que se atreve a dar testimonio de su tránsito, a atreverse a registrar el minuto que pasa, el cronista que es profeta, el poeta que es pensador y crítico de un país que, para su desgracia y fortuna, nunca acaba de construirse. Ni de destruirse. En uno de los capítulos del libro, Zamacona lleva bajo el brazo El laberinto de la soledad, libro de Octavio Paz que, aparecido en 1950, formula nuevas propuestas acerca de qué es el mexicano, qué es lo mexicano. A través de los títulos de sus capítulos —lugares comunes de la sabiduría popular, leitmotiv del diario combate—, Fuentes va ensayando su propia sucesión de experimentos y fracasos, de súbitas iluminaciones y momentáneas victorias. Cada uno invoca en el instante su propia fórmula de salvación. Colectivamente, esa fe individual se convierte en escudo que soporta las vicisitudes. Si la ciudad es una sinfonía, cada uno de sus instrumentos es imprescindible: todos contribuyen a esa visión mítica, a la milagrosa resurrección de cada día. En su aparente elementalidad, Beto afirma: “Yo nací y otro día me muero y no supe lo que pasó en medio los días se van y el domingo llega todo vestido de feria vamos a los toros le inflamos a la cervatana nos la jalamos en una carpa nos cogemos a una vieja y la pura verdad es que nomás esperamos agachados a que nos toque la de Dios”, y el intelectual Zamacona atreve: “Cancelar lo muerto, rescatar lo vivo y saber, por fin qué es México y qué se puede hacer con él”. Dos visiones que en el fondo confluyen: la supervivencia, la rabiosa voluntad de trascender el día. En esa su novela sin personajes —en el sentido ortodoxo del término— Fuentes se encarga de establecer la actuación nominal y simbólica de una novela que, desde esta perspectiva, se asemeja a una obra teatral.

El gran personaje de la novela es la ciudad, dice el lector, dice la crítica. Dice su autor desde el proyecto original que esbozó para la novela. Pero una ciudad es el resumen de la Historia, el acumulador de energía de quienes la pueblan y transforman, la suma de las mayores hazañas y las más profundas traiciones: en el caso de México, nombre que comparten, para su beneficio y su desgracia, el país y la ciudad, el centro de pronunciamientos y cuartelazos, de marchas obreras y estudiantiles, de la especulación inmobiliaria que sale a la luz ante tragedias mayúsculas. El banquero Federico Robles mira la avenida Juárez desde su oficina y la calle se le revela como síntesis de tiempos anteriores, las múltiples miradas, los incesantes pasos, las inclasificables traiciones, las ilusiones perdidas, los esplendores y miserias de sus cortesanas que lo mismo ejercen desde el Puente de Nonoalco que tras murallas impenetrables en Las Lomas.

Una novela tan compleja y ambiciosa, como la que se planteó Fuentes en esa primera odisea donde daba muestras de su joven madurez, tiene múltiples puntos de lectura. En una entrevista a propósito de ella, Fuentes declaró: "En este libro se pueden notar fácilmente las influencias que tengo, hay mucho de tipo formal, evidente, de Dos Passos, de Joyce, de Faulkner, y están subrayadas como homenaje a esos autores. Pero quizá lo que más profundamente ha influido en mí es, en primer término, la lectura de mi infancia; en mis sueños se siguen apareciendo Edmundo Dantés, el Abate Faría en las mazmorras del castillo de If, el pirata Long John Silver con su pata de palo y su perico al hombro, Tom y Huck sobre una balsa en el Mississippi. Después el Siglo de Oro y por supuesto Shakespeare".1

Portada Memoria y deseo, Kristine Ibsen

Hay que escuchar a los autores en sus declaraciones, pero es preciso leerlas, como lo hacemos con sus obras, entre líneas. Si el héroe del proyecto narrativo de Fuentes es el niño, el lector, el soñador inconforme, el anarquista permanente, es preciso buscar la unicidad de ese héroe inextinguible en las obras que el ser de la experiencia trata de transmitir. Ixca Cienfuegos es ese héroe y también los sin nombre, los que sostienen cada día la ciudad y hacen, como escribe Efraín Huerta en Los hombres del alba, “un sereno monumento a la angustia”.

citar artículo PDF
Vicente Quirarte

Nació en la Ciudad de México el 19 de julio de 1954. Poeta, narrador y ensayista. Estudió la Maestría en Lengua y Literaturas Hispánicas y en Letras Mexicanas, y el Doctorado en Letras en la FFyL de la UNAM.

Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés