Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 100 JUNIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Una biografía en el sombrío siglo XX

José Woldenberg
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La muerte del abuelo/padre en 1938 será una especie de anuncio de la tormenta que se asoma. La invasión de Polonia el primero de septiembre de 1939 inicia no sólo la Segunda Guerra Mundial, sino los masivos desplazamientos humanos en busca de su sobrevivencia. ¿Conviene esperar el avance de los alemanes o intentar refugio en la Unión Soviética? El desconcierto es total, el mundo y sus certezas se desploman y hay algo azaroso en la desembocadura de cada vida. Aquel pacto de la ignominia entre nazis y soviéticos que desapareció de un plumazo a Polonia mostró, para el que quisiera verlo, los extremos a los que condujeron las pretensiones imperiales de los dos totalitarismos del siglo xx.

La anexión rusa en un principio les permite seguir administrando la fábrica de cerveza de la que son propietarios; luego la confiscarán, hasta que acaban como refugiados en Vilno. Pero Lituania —por un breve espacio independiente— será anexada a la Unión Soviética y Sioma será aprehendido y acusado de traición. De milagro se salva de ser ejecutado y a partir de ese momento estamos frente a una historia de aventuras, si la palabra no remitiera a esa subliteratura insulsa, ficticia —en el peor sentido de la palabra— dedicada al entretenimiento.

No. Las peripecias de Szura y Sioma y su pequeña hija en medio de la mayor conflagración guerrera en la historia de la humanidad, de asesinatos masivos en los que pierden la vida sus propios familiares, de pogroms desatados para saquear y humillar, de grandes olas humanas que se desplazan por los territorios como sonámbulas en busca de refugio, son como las gotas de agua que permiten apreciar la composición del mar. Un género humano que es capaz de todo. El padre de Szura, médico, que morirá en medio de un linchamiento masivo, dice: “No puedo creer lo que nos está sucediendo en Niemencine, mi amado pueblo. Reconozco el rostro de muchos de quienes nos golpean, pero no entiendo. Fueron cercanos, los atendí, algún día conversamos alegremente como vecinos. ¿Qué demonios les ha pasado? ¿De dónde aflora tanto odio?”.

En Lida, bajo el dominio nazi, Szura y su familia serán convertidos en sirvientes. Pero es mejor que ser recluidos en el gueto, en donde las condiciones de insalubridad, la asfixiante aglomeración, la falta de alimentos, los malos tratos devastan a sus habitantes. No falta quien colabora para salvar la vida, quien se prostituye para no morir. Los resistentes ejecutan a algunos soldados nazis, y éstos responden con fusilamientos masivos. La historia entonces no es de fácil lectura. No se puede avanzar de corrido. Una amapola… no se puede leer impunemente. Se convierte en una escalera descendente en la que en cada uno de sus peldaños la sevicia se va expandiendo.

Szura Pupko
Szura, Sioma y Masza Pupko, octubre de 1947
Szura Pupko
Szura, Sioma y Masza Pupko, octubre de 1947

La descripción del hacinamiento, la desesperación y la desesperanza que se producen en los vagones de ferrocarril en los que Szura, Sioma y su hija son transportados hacia su fin resultan difíciles de digerir. Y su salvación no dejará de tener un sabor amargo, al conocer que la hija del hermano de Sioma no saltó con ellos y que será asesinada en el campo de exterminio.

Reproduzco la escena:

—Mitzia… traté de jalarla conmigo —intentó explicar mi marido—, yo quería que saltara conmigo, ella no quiso, no hubo forma de convencerla, se aferró a la señora Weksler. Cuando ustedes se lanzaron, oímos disparos y pensamos que los habían matado. Ella estaba aterrorizada y no hubo manera de que brincara. Pateaba y golpeaba. Estaba fuera de sí, no pude convencerla… los minutos corrían y ella se quedó en el tren.

—Debiste haberla empujado, debiste haberla hecho saltar —dijo Mitzia furioso, decepcionado, con reproche.

—Fue imposible, te lo juro, Mitzia.

—Lo dices porque no es tu hija…

Roza (la esposa de Mitzia) gemía inconsolable.

—¡No puedo verte ni un minuto más! —espetó Mitzia—, no puedo estar contigo, no quiero mirarte.

Sioma se quedó sin habla, no supo qué decir, su hija estaba con él, pero su sobrina no. Noya se había quedado en el tren a merced de los nazis…

Llegarán a un campamento de partisanos judíos, encabezado por los hermanos Bielski, donde estarán hasta el final de la guerra. Y si bien se trata del refugio en el que logran salvar la vida, Szura/Batia no convierte a esa comunidad en un universo idílico, sino otra vez, en un espacio cruzado por la solidaridad y las más pequeñas y grandes mezquindades. Szura llega a decir: “Habíamos escapado del odio alemán para encontrarnos ahora con la soberbia antipatía de nuestros correligionarios”. Cuando un campesino de la región traiciona una misión, “esa misma noche un grupo de partisanos se dirigió a casa de aquel hombre, a fin de incendiar su propiedad. Era la ley de la selva, la forma de ganarse respeto”. Estamos hablando de la auténtica guerra, la que transcurre sin afeites ni tontos embellecimientos.

Incluso el fin de la guerra trae aparejada una estela de violencia y desaliento. Libres al fin, los alemanes en retirada, el jefe guerrillero, Tuvia Bielski, “nos ordenó no llevar ningún objeto del campamento, únicamente lo indispensable, quería enaltecer nuestra imagen como guerrilleros”.

Un hombre llamado Polonecki tomó una carreta y empacó cosas para llevar… Nuestros guardias, al pendiente de cualquier movimiento, detectaron el drosky lleno de objetos y lo acusaron con Tuvia. El komandir, autoritario, le exigió dejar la carreta, pero el hombre lo desafió, seguiría jalándola. Tuvia no tuvo miramientos, frente al lago Kremin, le devanó los sesos de un balazo. El hombre cayó a los pies de su mujer y su hijo…

…Había abusado de su poder cuando ya no era necesario, cuando el enemigo había sido vencido.

La barbarie en las filas propias. Porque la violencia, una vez desatada, envilece a todos.

El regreso supone enfrentar las “casas quemadas, los edificios colapsados”, la estela de destrucción; las propiedades expropiadas por los vecinos que al calor de la guerra han optado por quedarse con los bienes de quienes han tenido que huir para salvar la vida. Y el retorno también supone encarar la sombra de los muertos, los desaparecidos y los contados sobrevivientes. “En pleno invierno llegamos a Lublin —dice Szura—, era febrero de 1945. Olía a cenizas y muerte. Saldos humanos demacrados y macilentos, con el alma hecha pedazos, deambulaban por las calles de la ciudad. Hombres, mujeres y niños llevaban a cuestas el lastre de los incomprensibles horrores padecidos en los campos de exterminio nazis. En realidad, apestaba a putrefacción, a humo de huesos humanos calcinados en el vecino campo de Majdanek…”.

Se trata del fin de la guerra. Pero en el terreno de los acontecimientos es imposible vivirla con la algarabía que se vivió en las calles de Nueva York.

Al final, hay que rehacer la vida después del cataclismo. Szura y su familia son por algún tiempo nómadas de la posguerra. Residieron en Bucarest, Praga, Austria, Italia, Bélgica, antes de que sus familiares en México les consiguieran las visas para viajar a estas tierras. Pero ésa… es otra historia.

Batia Cohen, Una amapola entre cactus, Khálida Editores, México, 2012, 302 pp., más fotografías.

 

José Woldenberg

Nació en 1952, en Monterrey, Nuevo León. Es licenciado en Sociología, maestro en Estudios Latinoamericanos y doctor en Ciencia Política por la UNAM. Es profesor de la Facultad de Ciencias Políticas, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y fue director de la revista Nexos.

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