Revista de la Universidad de México
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NUEVA ÉPOCA NÚM. 101 JULIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Javier Marín
¿Escultor expresionista?

Néstor A. Braunstein
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Javier Marín
Javier Marín

Javier Marín, como sus antepasados de todos los tiempos y latitudes, no transmite la apariencia de las cosas sino que decanta lo que ve y lo "desnaturaliza" imponiendo a las imágenes el trabajo de su fantasía. Abre los ojos para ver, pero de sobra sabe que la vista no "hace" arte.

Después de haber visto, Javier Marín cierra los ojos y se pregunta por la mirada que no es la del ojo antes de transformar lo visto en obra personal, inconfundible, marcada por su sello.

La obra no sale ni de sus ojos ni de sus manos sino de su subjetividad, de los abismos de su memoria, de sus impulsos innovadores, de su inconfundible singularidad. Es una embajadora, pero más del "ello" que de ese yo que la observa con perplejidad y le pregunta "¿de dónde vienes?".

En ese sentido él no es "un" escultor expresionista sino "el" escultor postexpresionista. Quien ha absorbido la historia y las escuelas, el pasado y el presente, el naturalismo, el manierismo y el barroco, la figuración y la abstracción, Fidias, Bernini y su reconocido Pontormo. Incluso las románticas y helénicas gracias de Canova.

La escultura naturalista, heroica o pintoresca de la humanidad, aunque tenga la nariz rota, es estable y apaciguadora, dueña de la fría calma de los espejos. Las esculturas de Marín no tienen nada que decir: gritan, aúllan, rompen los tímpanos, exhiben la tragedia del cuerpo, esa épica de la que el Ulises de Joyce es el poema.
No son imágenes de un yo ideal ni proponen un ideal al yo. Desintegran al yo exhibiendo el efecto de los mandatos de un superyó destructivo que ordena "gozar" más allá de cualquier barrera, más allá del dolor, del placer, de la belleza, del pudor, del asco, de la piedad. Más allá de la vida misma.

Vacían, a manos llenas, el goce del ser que vive y habla.

La condición humana es la condición histórica de seres desgarrados por la desarmonía entre la naturaleza y el lenguaje. El escenario de la contienda, el proscenio por excelencia, el campo desolado donde quedan los detritos de la lucha, es el cuerpo cicatricial de las mujeres y de los hombres. ¿Quién mejor que el escultor expresionista podría mostrar el paisaje después de la batalla?

"Se secará la hierba, se marchitarán los retoños, todo verdor perecerá". Isaías 15:6. No se pudrirán, sin embargo, las manzanas de las naturalezas muertas.

Sólo envejecerá el cuerpo si ha sido pintado como retrato de Dorian Grey. ¿Cómo mantener la lozanía de la imagen? Tal fue la ambición de los descendientes de Tutankamón y Lenin que ordenaron embalsamar los cadáveres. No es el caso de la bella yelmera ni de los cuerpos de Marín.

El destino de los cuerpos es el cementerio cuando no el polvo de las cenizas esparcidas. El de las obras de arte es la conservación perdurable en la prometida posteridad de la hibernación en museos y colecciones.

Parece imposible que se cumpla la muy prometida resurrección de los cuerpos. En su lugar, sí, se practica la restauración museística de los estragos del tiempo en las obras. Ars longa; vita brevis.

El cuerpo de las divinas proporciones leonardescas se va amueblando con implantes y prótesis. De Adán al cyborg, de la maravillosa imagen de Narciso a la putrefacción en el fondo del estanque, de Apolo a esos grotescos remedos de la humanidad que terminan por ser los adictos a la cirugía plástica.

La técnica, la medicina, los injertos electrónicos, los fármacos, las toxicomanías, las siempre actuales masacres, los refinamientos de la tortura "científica" van creando un nuevo paisaje humano, un nuevo escenario para la vida y la muerte. Dantesco, por cierto.

Muchos artistas hacen del propio cuerpo el teatro de estas metamorfosis kafkianas. Se mutilan y se escarifican. No es el camino elegido por Javier Marín. Otra es su labor de desconstrucción.

La historia que cuentan sus cuerpos troceados tiene el ya mentado antecedente mitológico: es la historia de Osiris, de sus catorce pedazos desmembrados por la envidia de Seth y desparramados a lo largo y lo ancho del territorio de Egipto. El trabajo de Marín evoca al de Isis, hermana y esposa de Osiris: recuperar las partes dispersas, juntarlas (¿con alambres?) y reconstruir el cuerpo.

Sin embargo, algo falta al Osiris reparado; es el falo, el único fragmento que no se pudo encontrar. Isis se vuelve escultora y forja en noble metal el órgano ausente recomponiendo la integridad del dios mediante una obra de arte que afirma la resurrección. Osiris, así, restaurado, llega a ser el emblema de la negación de la muerte.

Marín no utiliza modelos. ¿Cómo podría, si el modelo, para serlo, debe comenzar por ser despedazado porque el modelo no es otro que el yo mismo después de atravesar el espejo?

La imagen especular se presta a una transformación de las proporciones. A la construcción de grotescos gigantes y hombrecitos como los de Ron Mueck. La deformación es elocuente, revela la verdad de la forma.

Oímos ese diálogo con la escultura a la que se le pide la respuesta imposible: "3Ž4, dime quién soy". "3Ž4, no eres, vas siendo, a medida que me haces... pero nunca acabarás de hacerme". La identidad fluctuante que se desprende de la imagen corporal es sometida por la actividad del escultor a una recreación. Invita al espectador a modelarse.

 

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Néstor A. Braunstein

Nació en Bell Ville, Argentina, en 1941. Psicoanalista y ensayista. Obtuvo el título de médico en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, a los veinte años de edad, en 1962, y de doctor en Medicina en la misma universidad en 1965.Radica en México desde 1974 .

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