Revista de la Universidad de México
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NUEVA ÉPOCA NÚM. 101 JULIO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La Invencible

Vicente Quirarte
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El principio y eje conductor de este ensayo autobiográfico es la muerte voluntaria del padre, el historiador Martín Quirarte. Reflexión sobre la escritura y la vida, la creación y sus inciertos, innumerables caminos, el autor concluye que si vivir es escribir con todo el cuerpo, la resistencia es mejor que la existencia.

A Miguel Limón Rojas y padre

—¿Quién se murió primero?
—El primero no sé, pero el último fue el capitán.

Priscila Witt Córdova,
Exposición oral sobre el hundimiento del Titanic,
Jardín de Niños Kuruwi, 26 de abril de 2012.

Existen varios puentes en Ciudad Universitaria. Para mí, uno es el puente. Debido a sus delgadas planchas de acero, se cimbra, suena, habla como si respondiera al vigor de los pasos que lo tocan. Hoy comienza el año en que cumpliré la edad que mi padre tenía al morir. Es domingo y el puente, todo para mí. Lo cruzo con músculos, corazón y aliento que aún quieren sonar en la sinfonía del mundo aunque no tengan la fuerza, el brillo, la flexibilidad de antes. Ahora que todo es más intenso. Durante mucho tiempo lo evadí. Más poderoso que la pena, el dolor fue mitigándose para darme otra vez la convicción de que los puentes nacen para modificar el tiempo y el espacio. Ahora paso por él siempre que puedo y lo celebro inundado de estudiantes que hacen del presente un arma invencible.

Aquí estuvo mi padre los últimos momentos de su vida. Sentado a la orilla, con un lápiz en la mano. Puedo afirmarlo así porque mi amigo Carlos Pujalte coincidió en el lugar de los hechos, sin saber que ese hombre, en un sitio y una actitud desconcertantes, era mi padre. Un lápiz en la mano. ¿Qué sucedió con él? ¿Quién lo rescató y lo siguió utilizando? ¿Y el portafolios que siempre lo acompañaba como fiel escudero? Mi padre venía de dar clase en la Facultad de Filosofía y Letras y quiso caer en su campo de batalla, dentro de los límites de la Universidad.

Carlos acostumbraba correr a esa hora poco habitual. Como parte del paisaje vio a un hombre sentado en el puente. De pronto dejó de verlo. No lo vio caer pero sí vio al caído. Me consuela saber que en medio de los curiosos desconocidos que comenzaron a agolparse alrededor, el gran corazón de Carlos, que por razones naturales debe de haber palpitado más que nunca, acompañaba al de mi padre, que paulatinamente se apagaba. Y así como Roberto Moreno de los Arcos, joven director del Instituto de Investigaciones Históricas, fue la última persona cercana que habló con él, mientras las jacarandas proclamaban como en ninguna otra parte de nuestra ciudad la inminente primavera, Carlos Pujalte pudo decirme que papá no murió instantáneamente: jalaba con ansia todo el aire, para que la ingrata vida tuviera su final en tono mayor. Me lo contó la mañana en que juntos fuimos a visitar el sitio.

And I only am escaped alone to tell thee, exclama el Ismael de Herman Melville al final de Moby Dick, con palabras del Libro de Job. No sólo porque yo no estaba en la Ciudad de México cuando los seres más próximos a la familia comenzaron a hablar, con piadoso y bienintencionado eufemismo, del accidente que había sufrido el maestro Quirarte, me obsesioné por reconstruir cada momento de su estar en el mundo. Carlos me explicó dónde estaba sentado papá, las ramas que había roto su cuerpo, la forma en que había calculado caer para no hacerlo encima de un automóvil o debajo de sus ruedas. Para no interrumpir el tránsito. Para no arruinarle el día a terceros. Para que la vida continuara y fuera labor exclusiva de su tribu quedarse a descifrar lo indescifrable.

¿Qué libro llevaba? ¿Qué dijo a sus alumnos? Una de sus lecturas reincidentes era el cuento de Alphonse Daudet en que un profesor de francés, durante la ocupación prusiana de 1871, dice a sus estudiantes que los invasores han determinado que sólo se enseñe alemán en las escuelas de Alsacia y Lorena. Por lo tanto, ha sido removido de su puesto y ésa será la última clase. Al final de ella, y al escuchar a los prusianos que vuelven de hacer ejercicios militares, en el pizarrón escribe Vive la France. La voz narrativa es articulada por un alumno que llega tarde a clase y nunca antes había aprovechado las lecciones del profesor que durante cuarenta años se afanó en demostrar que el francés era la lengua más hermosa del mundo, patrimonio que otorga orgullo e identidad de patria, porque, explicaba monsieur Hamel, “cuando un pueblo cae en la esclavitud, si conserva bien la lengua propia, es como si tuviera la llave de la prisión”.

Después de dar ésa que fue su última clase, ¿tenía mi padre el saco puesto o se lo había quitado para aliviar el calor? No se lo pregunté a Carlos y sólo ahora aparece la pregunta. Cuando llega el momento decisivo, no obstante el trastorno que acompaña la separación del ritmo natural de la existencia, hay un apego al ritual que sitúa en un mismo pentagrama a príncipe y mendigo: el último lento y abundante desayuno de Maximiliano, la postrera copa de vino a las seis de la mañana, antes de ser fusilado en Querétaro. El personaje evocado por George Orwell que, descalzo y con taparrabos, tiene la elegancia instintiva de esquivar un charco cuando se dirige al sitio de su ejecución.

Los puentes y los angustiados. Extraña, inevitable pareja. Los auténticos vencidos no se salvan. Logran hacerlo, a veces, los enamorados. Voraces como nadie, el amor los parte con un rayo seco y les otorga la posibilidad de la resurrección. Los otros se arrojan seguros de llevar un ancla al cuello. Quien evade a la Parca, desquicia las agujas del cuadrante: su tiempo no ha llegado. Únicamente el samurái que se hunde su obediente acero, altivo y fulgurante como nunca, es señor de la vida y de la muerte.

* * *

La Invencible abre los domingos. De semejante provocación viene su nombre. De tal profanación, su resistencia. Invencible su convocatoria para quienes llegan a aliviar heridas del naufragio, sordos a la insistencia del campanario en la vecina iglesia de San Jacinto. La Invencible. Desvencijada y mínima, sus puertas batientes que han renunciado a la dignidad amenazada del vidrio, parece nacida con San Ángel, donde confluyen los latidos más hondos del barrio, sus instituciones aposentadas en edificios que conservan usos y rostros originales: el baño público cuya fachada de ladrillo reitera su nombre Colonial; el mercado Melchor Múzquiz donde no falta uno solo de los colores, los aromas, los sonidos de México; el sitio de Taxis San Jacinto, que a sus setenta y cinco años ostenta el orgullo de ser el más antiguo de la ciudad.

La Invencible es flanqueada exclusivamente por apellidos, como si de compañeros de banca se tratara: Arteaga, Gálvez, Frontera. Al caminar por esta última no hace daño decir el nombre completo del general José Frontera, que transformó su condición civil para enfrentar al invasor estadounidense, ser abandonado y muerto en la batalla de Padierna: una placa en San Jacinto, apenas recientemente colocada, explica su memorable actuación. Se consignan desde antes los nombres del batallón irlandés de San Patricio, comandados por John O’Reilly, algunos castigados, otros ejecutados por oponerse a una nueva guerra de conquista. La ceremonia anual que se organiza cada 12 de septiembre para recordarlos es, de tan íntima, sólo conocida por sus iniciados y los habitantes del barrio: con su presencia rinden homenaje a sus antepasados que descolgaron los cuerpos y les dieron sepultura en la vecina iglesia de Tlacopac. Se llega por la calle que conserva, en el nombre y en la anchura, el nombre de Reyna. Otras historias, no por cotidianas menos señaladas. Un día del siglo XIX, a San Ángel llegó a caballo el joven Manuel Payno. Al aplicar a su viaje el calificativo sentimental, transformó el concepto de locomoción práctica en peregrinación del alma. En los albores del siglo XX, por estas calles pasó el cuerpo duro y palpitante de Santa, antes de abordar el tren hacia una ciudad donde la esperaban el esplendor y la miseria.

Con sus veinte metros cuadrados, La Invencible tiene dimensiones de camarote. Su barra, el aspecto de muelle en que vienen a recalar navíos perdidos. En La Invencible no se come. Sus mesas escuetas alojan a lo sumo a cuatro, pero invitan más que nada al solo. Solo se bebe y solo se camina en el filo de la vida. Y de la muerte. Así debe de haber sido el Spouter Inn, adonde llega el Ismael de Moby Dick antes de dar inicio a una aventura de consecuencias impredecibles. La vida no es la literatura pero su obligación es ser como ella. El acoso al leviatán nos lleva a leer el mundo y transformarlo en letras.


 

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Vicente Quirarte

Nació en la Ciudad de México el 19 de julio de 1954. Poeta, narrador y ensayista. Estudió la Maestría en Lengua y Literaturas Hispánicas y en Letras Mexicanas, y el Doctorado en Letras en la FFyL de la UNAM.

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