Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 102 AGOSTO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Tres caras del ocio

Emmanuel Carballo
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El bolero, el futbol y la lucha libre son tres manifestaciones populares en las que Emmanuel Carballo —uno de nuestros críticos literarios más rigurosos y explorador infatigable del imaginario mexicano— encuentra dimensiones trágicas, rituales y míticas.

I. COMUNICACIÓN ENTRE DESESPERADOS

El bolero nació, creció, alcanzó la madurez y supo de los achaques de la edad provecta como acompañante de hombres y mujeres que vieron en él imágenes posibles de su propio yo, metáforas de un futuro menos imperfecto o remembranzas de un pretérito que, por cumplido, les pareció digno de ser recordado.

Francisco Villa y Felipe Ángeles
Beny Moré

El bolero fue, y sigue siendo para un público cada vez menos amplio, de mayor edad, el oficial del registro civil que anota nacimientos, defunciones y calamidades intermedias. La vida de varias generaciones de mexicanos encuentra en el bolero una especie de calendario que marca fechas de felicidad, desasosiego, esperanza, infortunio, desquite y otras no menos importantes de su vida afectiva. Algo más, el bolero está ligado a la desdicha más que a la dicha, a la pérdida que a la posesión, al ultraje que a las buenas maneras.

Es un registro minucioso de la propiedad perdida, un manual de biología amorosa que aloja especímenes posibles pero no comprobables. Es la ilusión que viaja de contrabando o la desesperanza que se desplaza en camarote de primera. Es la sinrazón. Es la bravata, la injuria o la humildad. Es un lenguaje cifrado que gasta la pólvora en infiernitos o que moja la pólvora para que no estalle el infierno que lleva dentro. Es verdad y mentira, pero una y otra puestas en un contexto más próximo al limbo que al purgatorio. Es, en fin, una tomadura de pelo que permite a los amantes que se sientan simultáneamente ciudadanos réprobos e hijos predilectos del pueblo elegido, a los enamorados primerizos dueños de un tesoro cuyas joyas son cuentas de la más modesta bisutería y a los tímidos seres de excepción cuyo código de conducta por recatado suele ser incomprendido: creen arrojar margaritas a los cerdos sin darse cuenta de que tiran monedas tan obviamente falsas que no aceptan los mendigos.

El bolero es una súplica, un recado, una blasfemia (hasta donde la permite un pueblo fanático como el nuestro) y un guiño cómplice que desprecia lo que en realidad apetece y cree en todo aquello que en el fondo rechaza. El bolero es disidente para los ortodoxos y producto del sistema para aquellos que no se resignan a aceptar que dos y dos suman cuatro. El bolero es una mercancía, una mercancía del corazón, motivo por el cual para unos no tiene precio (es inefable) y para otros cuesta lo que vale el disco.

Si a todo receptor corresponde un emisor, todo ser que sufre tiene como punto de referencia a otro ser capaz de desabrochar la camisa de fuerza del sufrimiento. Así, entre el que sufre y el que hace sufrir se establece un lenguaje de correspondencias, de complicidades. El emisor conoce perfectamente las debilidades y apetencias de su público y en consonancia con ellas construye un mundo en el que tengan cabida cada uno de los sufrimientos que el público desea escuchar, magnificados o disminuidos, según sus dolencias y según, también, sus actitudes más ardientes. Los que nacieron para perder no desean ganar, y los triunfadores, pese a todos los pesares, seguirán siendo los reyes. De acuerdo con este código los emisores acometen su tarea: acrecentar la infelicidad de los infelices, la esperanza de los ilusos y la buena suerte de los afortunados. Como abundan los primeros y escasean los últimos, el bolero es una canción en la cual se justifica la derrota, se engrandecen los obstáculos y se devalúan las victorias. De acuerdo con esta retórica el amor sin contratiempos es una falacia y el amor prohibido (o negado) la cima del comportamiento de seres verdaderos que viven pasiones duraderas que no tuvieron principio y por eso no tendrán fin.

Entre emisor y receptor se hallan los intérpretes. El intérprete es un emisor, pero un emisor que canta lo que otros han compuesto. Es decir, un emisor en segundo grado. A través de ellos se establece la comunicación entre creador y espectador. Sin ellos el bolero sería letra muerta. Gracias a su habilidad, a su personalidad, el público recibe lo que necesita escuchar. Y lo recibe de tal modo que el intérprete estará presente en las vivencias que las canciones despiertan en su ánimo, dispuesto a perdonar y a sufrir las consecuencias que ese disco lleva consigo.

La aparente amnistía es el paredón en el cual la vida fusila a todo aquel que no se resigna a ser como los demás mortales: que se rebela, que prefiere morir por su propia mano antes de que lo anule el tedio de la vida, los devaluados amores al alcance de cualquier mortal por pobre que sea.

El bolero es fruta prohibida, desacato a la autoridad moral, pugna contra el destino, rechazo de lo común y corriente (lo cotidiano). Actitud contestataria, pero actitud tan íntima que sólo la percibe aquel (o aquella) que se siente destinatario. Y ese sentimiento entre más intenso es menos duradero.

Francisco Villa y Felipe Ángeles
La porra Puma

El bolero es una catarsis momentánea que para resolver complicados sentimientos del alma necesita que surjan nuevos problemas para, así, identificarse con una nueva canción, sentir nuevos dolores que conviertan a quien los padezca en un ser incapaz de alivio y descubridor de nuevas dolencias. Sin estos quebrantos dejarían de escribirse, cantarse y señalarse las infinitas quejas que caben, si se saben acomodar, en un bolero. (1959)

 

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Emmanuel Carballo

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 2 de julio de 1929. Ensayista, narrador, crítico literario y poeta. Estudió Derecho en la Universidad de Guadalajara.

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