Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 102 AGOSTO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Nombres en la arena

José de la Colina
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I

Querido y estimado Pepe:

Ésta es la fecha en que fue publicado el cuento de nuestro querido y admirado amigo y maestro Arturo Souto:

“Suplemento dominical de El Nacional al servicio de México. Revista Mexicana de Cultura”, 22 de marzo de 1953, número 312, segunda época, Director-Gerente Lic. Guillermo Ibarra, pp. 4 y 14.
Próximamente trataré de hacerte llegar la copia fotostática.

Recibe los saludos cordiales de tu amigo y lector.

Adolfo Castañón

II

Cuando, por sugerencia de Adolfo Castañón, los editores Bonilla Artigas me pidieron un prólogo para una edición de los cuentos de Arturo Souto Alabarce, me vino a la memoria la luz de la tarde del verano de 1953 en que por primera vez, tras habernos encontrado en una de las cafeterías Kiko’s (la de la esquina de la Avenida Juárez y la calle Bucareli), Arturo  y yo caminábamos charlando de literatura por el Paseo de la Reforma y bajo un cielo azul navegado por las enormes, blanquísimas y se diría que marmóreas nubes del valle de México: un cielo de antes de que el esmog llegara para quedarse en la ciudad capital. Él —hijo de un famoso pintor exiliado español, y exiliado a su vez, como yo y algunos amigos— era en aquellos días un avanzado estudiante de Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se graduaría con Magna Cum Laude dos años después, y ya había publicado cuentos y ensayos en algunas revistas, entre otras en Segrel, la que hacía con sus amigos Luis Rius, Alberto Gironella, José Luis González e Inocencio Burgos, y de la cual no llegarían a salir sino dos números, ni siquiera el clásico número tres en que tradicionalmente suelen morir las heroicas revistas de escritores incipientes. En el primer número de Segrel me había gustado su cuento “El candil” por el modo de narración lírica y por la paulatina revelación de un secreto que le daba la subyacente tensión. Y, mientras caminábamos por el Paseo de la Reforma mientras hablábamos del modo de narrar una historia, le mencioné otro admirable cuento leído hacía unas semanas en el suplemento cultural de un periódico y del que no recordaba el autor pero sí el título: “Coyote 13”. Y entonces Arturo, sin alterar el tranquilo paso, “confesó”, como si fuese un delito, que ese cuento lo había escrito él.

III

Sorprender y captar, en un momento de audacia sobre el curso implacable del tiempo, una fase efímera de la vida es sólo el comienzo del trabajo [del narrador]. La tarea, emprendida con amor y con fe, estriba en mantener sin vacilación ni desfallecimientos, para todos y a la luz de un ánimo sincero, ese fragmento de vida,  y, a través de su vibración, su color y su forma, en revelar la sustancia misma de su verdad  y descubrir el secreto, la fuerza y la pasión escondidos en el corazón de cada instante persuasivo.

Joseph Conrad

IV

Ha pasado más de medio siglo de aquella tarde en que empecé a conocer a Arturo Souto y le expresé mi admiración por “Coyote 13” sin saber que él lo había escrito. Poco después lo hallé incluido en una afamada antología norteamericana de cuentos de habla española, editada en formato de un pocket book de alto tiraje, y me acostumbré a pensar que no tardaría en ser también acogido por antologías de narrativa hispanomexicana, pero hasta ahora y hasta donde sé no ha ocurrido así, aunque recuerdo la admiración con la que lo mencionaban Rulfo,  Arreola,  José Alvarado y otros que, por desgracia, no la han declarado en letra impresa. Y debo decir que a esa “ocultación” de una pieza maestra de la narrativa de habla española han contribuido la gran modestia y la injustificada timidez de su autor, de quien se diría que se hubiera empeñado en esconderse tras su condición de maestro en letras, de ensayista, de crítico, permitiendo que su condición de autor de cuentos quedara en el olvido. Yo he tenido siempre a mano, aun en el caos rampante de mi biblioteca, el hasta ahora único libro de cuentos de Arturo: La plaga del crisantemo, en la primera edición, la de la UNAM, la de 1960, y no ha disminuido la fascinación que me causó “Coyote 13” desde que se me apareció en las páginas ya amarillecidas de un suplemento cultural. Tengo ese cuento entre, digamos, los veinte que han perdurado a través de mis relecturas a lo largo de medio siglo; y van algunos:

el cuento del brujo postergado, del infante don Juan Manuel;
“El Aleph”, de Jorge Luis Borges;
“El hombre que fue rey”, de Rudyard Kipling;
“La leyenda de San Julián el Hospitalario”, de Gustave Flaubert; 
“Un día de campo”, de Guy de Maupassant;
“Nadie encendía las lámparas”, de Felisberto Hernández; 
“Los muertos”, de James Joyce; 
“Un lugar limpio y bien iluminado”, de Ernest Hemingway;
“No oyes ladrar los perros”, de Juan Rulfo;
“El guardagujas”, de Juan José Arreola;

No pocos de esos ilustres relatos mencionados en el orden en que los proponía la memoria son ejemplos probatorios de que en un arco narrativo cuantitativamente pequeño pueden caber, e intensamente vivir, motivos e historias y temas que supuestamente sólo podrían ser desarrollados en obras narrativas de mucho mayor número de páginas. Y hablando desde la sola y frágil autoridad que acaso me confiere el ser un apasionado frecuentador del género cuento (como lector y como autor), encuentro que hay vasos comunicantes, en el plano temático, entre el asunto de “Coyote 13” y los de tres famosas obras narrativas de mayor extensión verbal: la persecución infinita de una bestia como raison d’être de su perseguidor, en Moby Dick, de Melville; la larga y tensa espera de un combate que quizá nunca llegará, en El desierto de los tártaros, de Buzatti; o la creciente importancia de una fugaz mirada que cambiará el destino de dos personajes, en Soldados de Salamina, de Javier Cercas (publicada muchos años después de “Coyote 13”).

V

Mientras escribo este prólogo aún no sé qué título decidirá su autor para un libro que reúne piezas de diferentes épocas de su escritura narrativa, pero a mi parecer ese título no debería ser La plaga del crisantemo, el de la edición de 1960 en la editorial universitaria. Yo quisiera que el título de todo el libro fuese Coyote 13.

VI

Souto ha escrito sus cuentos con temas y modos estructurales muy disímiles. Algunos parecen tender a prolongarse y perpetuarse en una leyenda, como el mismo “Coyote 13”, que comienza con la mirada del narrador abierta al universo y concluye, pero a la vez recomienza, en un breve e intenso intercambio de miradas entre el cazador y su presa; o como “El Pinto”, también un relato extraordinario que, partiendo de una circunstancia realista: la de un hombre humillado por su fea piel y por el desprecio y el asco de otros, alcanza en la libertad, en la soledad y frente al mar, una estatura y un aura casi míticas. Hay además aquí relatos expresionistas y casi alegóricos (“No escondas tu cara”) o de un realismo cotidiano y vulgar salvado por la compasión y/o la ironía del cuentista (“In memorian”), o de un tono casi fantástico y a la vez humorístico (“Tenebrario”), o…

Pero no seguiré insultando a la inteligencia del lector poniendo más etiquetas clasificadoras, y reductoras, a unos cuentos fuera de serie. Diré sólo que entre los más recientes, los que van bajo el subtítulo “Cuentos a deshora”, los hay con un origen o un motivo autobiográficos. Otros de esos nuevos relatos despliegan diversos asuntos o diversos modos de escritura, pero siempre están hermanados por el admirable arte de narrar de Arturo Souto.

VII

El protagonista de “El Pinto” combate la soledad trazando nombres en la arena de una distante y despoblada orilla del mar. Quizás un día la invisible musa del arte narrativo soplará en esos nombres, los pondrá en pie y los hará vivir como hombres y mujeres, como personajes de cuentos.

Prólogo del libro de Cuentos a deshora, de Arturo Suto Alabarce.

 

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José de la Colina

Nació en Santander, España, el 29 de marzo de 1934. Ensayista, narrador y periodista cultural. Tras el término de la guerra civil pasó con su familia a Francia, Bélgica, Santo Domingo, Cuba y finalmente a México, donde radica desde 1940.

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