Revista de la Universidad de México
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NUEVA ÉPOCA NÚM. 102 AGOSTO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La epopeya de la clausura
Pedro es piedra

Christopher Domínguez Michael
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Con motivo de una cátedra celebrada en su honor y a la que me invitaron a participar, me puse a leer en orden a Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), cosa que nunca había yo hecho. A los libros de Henríquez Ureña los frecuentaba yo continuamente, como se frecuenta a un pariente cercano, sin mayores ceremonias y hasta con excesiva familiaridad, colocado en mi biblioteca junto a Alfonso Reyes, su hermano menor y no lejos de los otros ateneístas célebres, José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán y Julio Torri. Me desconcierta, además, que Henríquez Ureña sea dominicano, pues los mexicanos lo damos por mexicano y los argentinos por argentino, porque de extremo a extremo del continente llevó su magisterio este hombre a quien sorprendió la muerte en un tren cuando se dirigía de Buenos Aires a La Plata a ofrecer su modesta y heroica clase semanal en una escuela secundaria. (Uno de los jóvenes alumnos que se quedó esperándolo fue el crítico y poeta uruguayo Saúl Yurkiévich, tan querido por acá). Borges retrató ese memento  mori y sus augurios en el prólogo a la Obra crítica (1960), publicada póstumamente por el Fondo de Cultura Económica, en la Biblioteca Americana, fundada, además, en su honor.

Pedro Henríquez Ureña
Pedro Henríquez Ureña

A Henríquez Ureña, patricio de la República Dominicana, un pequeño país que aunque ocupa la mitad de una isla es el corazón de la América española, le ha perjudicado esa reputación de monumento nacional y de patrimonio universal de todos los americanos (incluidos los estadounidenses, pues el dominicano pasó años decisivos en Nueva York, dio clases en Minnesota y publicó en inglés uno de sus principales libros). Como remedio a la solemnidad que oscurece su paso de prohombre, sugiero, antes de leerlo de la A a la Z, picar la correspondencia que cruzó con Reyes entre 1907 y 1914, la que editó José Luis Martínez en 1986. En ella se encontrará la miga de una de las grandes amistades literarias nuestras, llena de proselitismo práctico, de menudencias estilísticas y lecturas compartidas, mucha guerrilla literaria y algo, nunca demasiado, de intimidad. No sólo porque fue el maestro de Reyes, el griego de nuestro romano, le debemos gratitud a Henríquez Ureña.

Pero Henríquez Ureña —al fin entro en materia— no sólo fue eso. No se podría escribir una historia de la crítica literaria en nuestra lengua sin percatarse de cómo Henríquez Ureña le garantizó al modernismo de Darío y de Rodó un desenlace intelectual distinto al del decadentismo francés. Gracias al ensayo de Arcadio Díaz Quiñones que aparece en la inagotable Historia de los intelectuales en América Latina (Katz, 2010) que Carlos Altamirano editó en Buenos Aires, entiendo la temprana anglofilia de Henríquez Ureña, su predilección victoriana por Matthew Arnold y, sobre todo, por Walter Pater, lo que le permitió diseñar sobre un mapa que desde Santo Domingo irradiaba una nueva mediterraneidad. Hizo así de América, la utopía en acto, una tierra de islas y archipiélagos a imagen y semejanza de Grecia y su expansión helenística. A Reyes no le fue tan fácil imaginar su latinidad utópica sobre una Nueva España negada por los mexicanos, mientras que para Henríquez Ureña bastaba con partir de la catedral de Santo Domingo para hilar, por los dos lados, una edad de oro completa.

En los estetas ingleses, nunca desprovistos de hipersensibilidad ante lo que entonces se llamaba “la cuestión social”, encontró Henríquez Ureña la manera de ser un crítico al cual no le bastaba con serlo y para ser, dilapidándose (como lo dijo Reyes), un maestro. Maestro lo fue no sólo de Reyes y de Borges y de Ezequiel Martínez Estrada, sino de los muchachos que lo esperaban a dar esa clase que ya nunca dio el 11 de mayo de 1946. Pero el maestro, insisto, no debe ocultar al crítico nutrido de la “nordomanía” de su generación, dividido entre las fidelidades convergentes y enemigas por Ibsen y por Tolstoi, a quien supo ver en Darío a un doble que supera y devora a su modelo, Gabriele d’Annunzio, y a quien, en Seis ensayos en búsqueda de nuestra expresión (1928), literalmente desbrozó, des-tropicalizándolo, el camino de nuestra historia literaria. La literatura hispanoamericana, su  urbanidad, sólo pudo recorrerse, como en realidad era —fría, tórrida, montañosa, desértica, templada y sólo a veces selvática— gracias al mapa establecido por Henríquez Ureña.

Se le reprocha el encarnar un humanismo viejo, caducado, como si éste no siguiera siendo la materia prima de la experiencia liberal. Se le censura, por ejemplo, por no haberse negado a ver lo afroamericano en sus raíces (las propias y las de toda Hispanoamérica). En efecto, lo indio y lo negro contaban muy poco para esa generación. No, no está al día en multiculturalismo Henríquez Ureña pues su tesis central era la hispanoamericanidad, es decir, lo hispánico pertenecía por igual a quienes hablaban y escribían español en ambas orillas del Atlántico. Lo español sin lo americano, “lo castizo”, le repugnaba, le parecía un adefesio, un macho sin hembra, un mundo sin feminidad. Pues para el erudito dominicano —él no lo decía con esa cursilería— América tenía nombre de mujer.

El orden que propongo, porque a mí me resultó, para leer a Henríquez Ureña, es comenzar por los frondosos y a la vez sistemáticos Estudios métricos —un solo tomo en la obra completa— que son la médula de su sistema. Descartando con minucia aquella división que hacía de la versificación regular el dominio de lo culto y de la versificación irregular (o fluctuante) la selva de lo popular, Henríquez Ureña, tras recorrer todo lo que lleva a los Siglos de Oro y de allí fluye hacia el modernismo, encontró y clasificó una comunidad regida por una lengua común a la cual respondería lo mismo Rubén Darío que el más humilde de los cantantes populares. Contando sílabas, ahíto de ritmo, Pedro Henríquez Ureña ofreció una solución métrica al divorcio entre la alta y la baja cultura. Porque Pedro es piedra, ya se sabe.

Pedro Henríquez Ureña

 

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Christopher Domínguez Michael

Nació en la Ciudad de México el 21 de junio de 1962. Crítico literario, ensayista, historiador de la cultura y novelista. Estudió Sociología en la UAM–X. Se inició en el periodismo cultural a los 18 años, publicando reseñas bibliográficas y artículos políticos en las revistas mexicanas Territorios, El Machete ...

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