Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 102 AGOSTO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Roger Waters
El mejor concierto de nuestras vidas

Pablo Espinosa
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El dial de un aparato de radio dispara su aleatoria diversidad y entonces se escucha, se esparce en el ambiente lo que las ondas hertzianas otorgan a quien recibe la sucesiva sonoridad del azar: jazz arqueológico, voces de varias, disímbolas culturas, barruntos sinfónicos, canciones de aquí y acullá. Pareciera una obra de John Cage, maestro de la música aleatoria, quien en su momento incorporó a sus partituras aparatos de radio sintonizados al azar, pero en realidad se trata de una obertura sumamente original.

El dial por fin se detiene en la voz canora de Edith Piaff y el gorgoreo de gravilla efervescente de su canto se va desvaneciendo en un dejo nostálgico, dramatúrgico, para dejar las bocinas a los instrumentos de una banda de rock: y a la primera descarga voltaica, la multitud se cimbra entera; a la segunda, se forma un acorde de volcán, magma e incienso y la tercera frase ya suena a eléctrica hecatombe.

Ha iniciado el concierto

El Foro Sol de noche se ilumina, en la Ciudad de México, el 27 de abril de 2012 con la energía vital de sesenta mil personas que gritan, cantan, exultan, barritan de alegría, pues en el escenario se encuentra Roger Waters, creador, con Syd Barrett, de una de las agrupaciones musicales mayores en la historia, que cambió la manera de crear y de apreciar la música: Pink Floyd.

El recurso técnico de amplificar la señal que recibe un aparato de radio moviendo el dial fue inaugurado a mediados del siglo XX por el compositor estadounidense John Cage. Más tarde, Roger Waters lo utilizaría a manera de obertura operística: así inicia el montaje en vivo de su obra maestra: The Wall, y así inicia el epílogo de esa partitura: The Final Cut.

En los entreactos de The Wall, en vivo, sonará entonces la música como un eco aleatorio de la primera aleatoriedad y entre esa música la de Gustav Mahler es una constante en los conciertos de Roger Waters, así como las de las Voces Búlgaras, el canto armónico de los Throat Singers de Tuva, cantos budistas: el universo en música.

A la obertura siguen dos horas y media de una ópera que no necesita anunciarse como tal pero lo es: The Wall, en dos actos, ópera política, social, moral. Un tratado moderno de los males de la sociedad, el malestar en la cultura y la alegría de la cultura rock.

Roger Waters es el autor del guión, compositor de la música, director de escena e intérprete estelar de todos y cada uno de los montajes que desde hace treinta y tres años acumula un número fabuloso de versiones, una a una mejorada y que llega a su culminación ahora en un ente creativo que supera por mucho lo que Richard Wagner intentó hace ciento sesenta y tres años: la “obra total”, es decir, la conjunción perfecta de todas las artes.

Una manera de describir The Wall en escena: la tecnología convertida en arte.

Porque ninguno de los más de cien mil asistentes a los dos conciertos de The Wall en México, abril de 2012, imaginó jamás presenciar un arte proyectado sobre una pantalla de cine de doce metros de alto por ciento cincuenta y cinco metros de longitud: fotografías, escenas de filmes, animaciones.

Primera escena: “In the Flesh”. Una banda callejera, una banda de pueblo con sus alientos-madera, su pandero, su guitarrita de palo y su acordeón, culmina la obertura mientras se escucha en off: “...we came in?” (“¿ya estamos?”) y suenan entonces cinco mazazos en guitarra eléctrica, cinco descargas voltaicas que rasgan el cielo oscuro de la noche y canta Roger Waters:

So ya
thought ya
Might like to go to the show
To feel the warm thrill of confusion
That space cadet glow.
(Así que
como lo pensé
sabía que te iba a gustar venir al show
Para sentir la emoción calientita de sentirse confundido
parecida a la que siente, cuando flota, algún cadete del espacio).

Sobre las cabezas de sesenta mil personas, entre la penumbra, comienza entonces el sobrevuelo de aviones bombarderos, aviones de caza, helicópteros, bestias metálicas de guerra y destrucción. Las imágenes se desplazan sobre la pantalla infinita y el efecto se completa con el sonido de esas naves reproducido por altavoces mediante el sistema de sonido que inventó, con sus ingenieros, el músico Roger Waters y es conocido como Sonido de trescientos sesenta grados: omnisciente, giratorio, ominoso en este instante que nos sobrevuelan aves de metal y muerte que disparan sobre la muchedumbre inerme y nos abrazamos ateridos de terror y Roger Waters canta entonces: “Did you see the frightened ones?” (“¿Notaste a los aterrorizados?”).

“Pero no te preocupes”, canta Waters: “Mami te va a mimar / te va a procurar limpio y sano”.

Y Waters pregunta en representación de la muchedumbre: “Mami, ¿tú crees que quieran romperme los güevos?, ¿no sería mejor construirme una pared, un bunker?, ¿o mejor me lanzo para presidente?, ¿y qué tal si me ponen en la línea de fuego? Mami, ¿es cierto que me voy a morir?”.

“No te preocupes, hijito”, responde cantando Roger Waters a la muchedumbre: “Mami te va a poner bajo sus alas / y va a hacer que todas tus pesadillas se vuelvan realidad / Mami te va a heredar todos sus miedos / no te va a dejar volar, aunque a lo mejor sí te deja que cantes / y por supuesto que mami te va a ayudar a que te construyas tu pared, para que siempre estés acurrucado y cómodo”.

Y mientras suena la hecatombe, un pequeño ejército de operarios construye una pared gigantesca en el proscenio. La construcción seguirá durante todo el concierto, o representación operística, hasta que, al final, Roger Waters y su banda queden aislados del público, separados por una pared.

Antes de disolverse, hace ya décadas, la banda Pink Floyd reflexionó bastante sobre la metáfora de la pared, mientras observaba cómo el público de los conciertos de rock perdía su capacidad de rebeldía, crítica política, actitud de cambio y se convertía en meros consumidores, observadores, objetos de consumo ellos mismos: voy a los conciertos para que me diviertan, para eso pagué.

Ese hecho tan doloroso tocó fondo cuando Roger Waters escupió a un mequetrefe que le gritaba desde el proscenio: “no saben cómo me arrepiento de eso, me avergüenzo de haber respondido a mis impulsos primarios”, y el grupo decidió, en consenso, construir una pared que los separara del público, al principio a manera de broma y no sin cierto temor: “¡nos van a matar!”, bromeaba David Gilmour.

Eso fue hace treinta años. Durante dos noches de abril de 2012, las noches que muchos vivimos el mejor concierto de nuestras vidas por tan extraordinaria calidad de puesta en escena y nivel musical, una buena parte del público confirmó a Roger Waters lo que él lamentaba desde hace tres décadas de ver al público perder la conciencia social y tomar ya los conciertos como un adorno baladí.

Es sabido el compromiso social de Roger Waters. Sus obras están repletas de protesta, referencias históricas, reflexión. En el momento en que dedicó sus conciertos en México “a todos los niños que han muerto (en alusión a los fallecidos en la Guardería ABC) y a todas las mujeres muertas en Ciudad Juárez”, solamente los jóvenes que ocupaban las localidades baratas levantaron el puño izquierdo y gritaron y aplaudieron, en contraste con los de las filas de abajo y hasta adelante, la Sección Platino, que dieron sorbos largos a sus vasos gigantes de cerveza, hicieron un gesto de fastidio y una seña y un grito: “¡diviérteme, que para eso pagué!”. Boletos muy caros, por cierto, los de esa sección.

El canto de Roger Waters: All in all you’re just another brick in the wall.

Roger Waters
Roger Waters © Fernando Aceves

 

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Pablo Espinosa

Nació en Córdoba, Veracruz, en 1956. Periodista cultural. Fue subjefe de prensa del INBA (1980-1982). Colaboró en El Fígaro, Cineguía, entre otras publicaciones. Ha sido reportero de las secciones culturales de los periódico El Nacional (1983-1984) y La Jornada (1984-), de la que es coordinador de la sección de Cultura...

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