Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 102 AGOSTO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Río subterráneo
Refugio

Claudia Guillén
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Sabemos que sólo a través del ejercicio constante y del conocimiento de lo que se nos quiere contar y cómo se quiere hacerlo el autor encuentra su voz dentro del oficio de la escritura. Así, quienes se han acercado a distintos géneros logran integrar mundos que les permiten narrarnos historias echando mano ya sea de su conocimiento: de la tradición, de la poesía, del ensayo, del cuento, de la novela y, por qué no, hasta de su propia biografía. Éste es el grupo de creadores en el que se inserta Cristina Rivera Garza, quien este año nos entrega su novela El mal de la taiga editada bajo el sello Tusquets.

En este relato, la autora vierte todo su oficio para lograr una novela que cuenta con un discurso estético tan bien estructurado que alcanza a crear un extrañamiento en el lector. Es decir, si repasamos los libros que la Rivera Garza ha escrito quizá nos daremos cuenta de que todos están unidos por esa sensación de “extrañamiento”. Hay, pues, una estética que se da a partir de la verosimilitud de sus mundos creativos y aparentemente desapegados de la realidad inmediata.

El mal de la taiga retoma estas ideas para crear una historia que presenta a personajes que parecen haber salido de un cuento de hadas; sin embargo, su estructura permite que conozcamos la realidad más cruel de esos escenarios. Por las páginas de este libro se alude a personajes como Hanzel y Gretel, Caperucita Roja, El Lobo, y otros que forman parte de ese rincón alejado del mundo llamado la taiga. Ese bosque que oculta la desesperanza de muchos y que se torna semejante a un refugio.

En La muerte me da, Rivera Garza nos había presentado a esa detective fracasada que no logra resolver ningún caso. Sin embargo, los años han pasado y ella, en esta historia, ya es una escritora que dejó su oficio detectivesco aunque la curiosidad la mueve para retomarlo. Un marido abandonado, por su segunda mujer, le pide que la busque pues lo abandonó para irse con su amante. La narradora decide tomar el caso y se interna, como toda una profesional, en la búsqueda de esta pareja. Llega a la taiga, un bosque alejado de todo, y se vale de un traductor para poder llevar a cabo sus pesquisas.

Rivera Garza utiliza la conjunción “que” para dar inicio a varios apartados, quizá con la intención de que el lector se integre a la idea de que a él se le está contando este cuento de amor y desamor. La narración fluye y los giros lingüísticos siempre van entremezclados con un ritmo cargado de imágenes líricas que otorgan la posibilidad de encontrar la belleza de lo cruel.

La pareja de foráneos que desaparecieron en la taiga; el niño salvaje de los bosques boreales atado a una cadena y que antes de ello era una suerte de lobezno que deambulaba por el bosque y que fue testigo del amor de la pareja ausente. El hombre de la ciudad a quien la detective le tiene que reportar los avances de la investigación pero que cada vez se le va desdibujando más, pues, en apenas cuatro días, ella pareciera haber sido seducida por ese mundo casi onírico que es la taiga. Los habitantes de este poblado viven una suerte de encierro “monacal”. Su libertad la ejercen eligiendo vivir ahí, en donde también existe un prostíbulo, en una cueva, semejante a cualquiera por su estruendoso color rojo, y adonde asisten leñadores que fuman y observan a esas “muñecas” de tamaño pequeño que juegan con las fantasías sexuales de los parroquianos.

Portada El mal de la taiga

Otro recurso utilizado por Rivera Garza es el diario como una forma de enunciación de lo ocurrido. De esta forma vemos la transformación de la detective conforme van avanzando los días. Los dibujos de Carlos Maiques, que van intercalados con el texto, dan todavía más fuerza al discurso narrativo en el que se sumerge todo el que haya conocido la taiga.

El mal de la taiga es una novela corta que logra integrar varios géneros y que desata en el lector una serie de sentimientos encontrados. Si bien el eje temático pareciera ser la búsqueda de los amantes desaparecidos, las subtramas que se desencadenan a través de este recorrido, fantástico, amoroso, cruel, irónico, erótico son por demás portentosas. Hasta los personajes incidentales cobran un valor fundamental para que este cosmos cargado, también, por la estética de la angustia esté completo.

Con esta nueva novela, Cristina Rivera Garza nos muestra que sabe bien que el qué y el cómo contar tienen diferentes enunciaciones y ella las maneja con una esmerada puntualidad que sustenta ese oficio que ha ido forjando a través de los años.

Cristina Rivera Garza, El mal de la taiga, Tusquets, México, 2012, 119 pp.

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Claudia Guillén

Nació en la Ciudad de México en 1953. Novelista, ensayista, traductor y periodista cultural. Fue conductor del Noticiario Cultural 9:30 y del suplemento literario Luz Verde, en Canal 22.

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