Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 102 AGOSTO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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A través del espejo
Dulces prendas por mí mal halladas

Hugo Hiriart
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I. Entremos un poco en la memoria de los vestuarios. Hablemos de dos atavíos preteridos que conservan su sabor de época y basta hacerlos presentes para viajar con la imaginación a otros tiempos.

Del pintor y grabador Pieter Bruegel o Brueghel, de los dos modos firmaba, no se sabe cuándo nació o murió. Se sabe que estuvo activo entre 1551 y 1569. Se sabe que lo llamaban así, Bruegel, por el pueblo donde nació, pero hay tres pueblos con ese nombre, así que también es imposible saber dónde nació. Lo que sabemos de fijo es poquísimo. Es por completo seguro, sin embargo, que fue un maravilloso artista. Y tiene un cuadro sorprendente, como todos los suyos, que figura una boda campesina (nada raro, Bruegel el Campesino, lo llamaban, y también Bruegel el Viejo). Ahora, para entrar en nuestro asunto, si observas ese cuadro advertirás que todos los personajes, decenas de ellos, traen la cabeza cubierta con gran diversidad de gorros, todos, incluidos los bebés de brazos o los meseros que sirven el banquete.

Y sí, así era entonces. En la Baja Edad Media, andar vestido incluía traer cubierta la cabeza, no traer nada en la testa era una forma de desnudez. Esta determinación social quién sabe cuándo dio comienzo (griegos y romanos sólo usaban sombreros de vez en cuando, en los viajes), pero duró siglos, todavía estaba vigente cuando mi padre era joven, en los treinta del pasado siglo, aunque particularmente él la desobedecía, no así mis dos abuelos, uno calvo, otro con abundante pelo blanco, que siempre usaron los dos sombrero.

El músico Scriaben tenía una hermosa cabellera, y creía que se debilitaba con el uso del sombrero, así que nunca lo usaba para que el Sol la mantuviera elástica, fuerte, poblada. Pero los niños que lo veían pasear lo perseguían con burlas, porque creían que estaba loco.

El dato básico del gran cine americano de los treinta y cuarenta, en blanco y negro, con sus barrocos juegos de claroscuro, es que los personajes fuman y todos los varones, y algunas mujeres, traen sombrero. El uniforme del cine negro era sombrero de ala casi sobre los ojos e impermeable color kaki.

El sombrero daba oportunidad a las demostraciones de rendimiento y cortesía “que antaño hacían dulce y grato el vivir”. Por ejemplo, destocarse cuando pasaba un entierro (la solemnidad de la muerte) o en las despedidas, cosa esta última que hacemos ahora que pasamos a otro tema muy diferente, pero también de sastrería.

 

II. Informa Benito Pérez Galdós en Fortunata y Jacinta, ¿la mejor novela en español?, no sé, pero por ahí va; en ella late un pueblo entero y es, como siempre en Galdós, una lección de historia, informa, digo, que el mantón de Manila lo diseñó un artista chino llamado Ayún (nombre chino que según oyó pronunciar Galdós a algún comerciante madrileño y él españolizó mal y convirtió en figura imposible de identificar sostienen los eruditos galdosianos). Ayún fue “un ingenuo bordador de pañuelos manila, (pero fue) el inventor del tipo de rameado más vistoso y elegante, el poeta fecundísimo de esos madrigales de crespón compuesto con flores y rimados con pájaros”, me estoy refiriendo al mantón de Manila. El equivalente mexicano de la prenda podría ser tal vez el rebozo ala de paloma, de seda, en que se envuelven las mexicanas con esa discreción tan propia y que tanto las distingue del estar sonoro y garboso de las españolas.

 

III. Un montaje. El Salvador, fines del siglo XIX. Ahí, en el salón enorme, está el dictador. Lo llaman “doctor”, el doctor Zaldívar. Su temido rostro, con los ojos entrecerrados, es inexpresivo. Frente a él está un niño. Tiene quince años pero ya es un poeta reconocido. “Desde muy chico, cuando escribí mi primer poema, nunca medí un mal verso”, dirá orgulloso años más tarde. El tirano Zaldívar está sentado de espaldas a la luz, tiene esa costumbre para examinar y dominar a sus visitantes. El dictador, como un rey de cuento, eso le parece al niño, interroga:

—¿Qué es lo que deseas?
El niño responde casi sin vacilar, nadie ha dudado de su rapidez e inventiva:
—Quiero tener una buena posición social.
La contestación es ambigua y hábil.
—Eso depende de ti, responde el tirano y se despide del niño, quien regresa al hotel. Ahí lo espera el jefe de la policía, quien le hace entrega de un sobre con quinientos pesos, suma muy considerable en aquellos días.

El niño convida a todo mundo a cenar y a beber. Se siente un señorón y lo manifiesta bebiendo champaña, ya a esa edad, y despilfarrando con vagos, parásitos y cómicas. Como se ve, ya es Rubén Darío, que desde luego de él se trata. Pero tiene sólo quince años y el tirano se entera de que el niño es precoz parrandero y escandaliza en el hotel. Ordena entonces que sea conducido a un colegio, donde es internado. Porque es ya Rubén Darío, pero tiene tan sólo quince años.
Saldrá de su reclusión, donde encanta a todos, poco después y vestido de frac, porque ha ganado el concurso poético convocado por el centenario de Simón Bolívar.

De esta manera inició el poeta la vida de exceso, pobreza y peregrinaje que habría de conducirlo a la gloria literaria.

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Brueghel el Viejo, Baile de boda

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Hugo Hiriart

Nació en la Ciudad de México el 28 de abril de 1942. Narrador, dramaturgo, guionista y ensayista. Estudió filosofía en la FFyL de la UNAM. Ha sido director y productor del Teatro Santa Catarina y director del Instituto de México en Nueva York...

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