Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 102 AGOSTO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Núm. 102   >>>   Creación  >>>  Agustín Monsreal

Empezando por la nuestra

Agustín Monsreal
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La Madre, esa figura dadora, sanadora, siempre presente, aparece en este texto del notable cuentista mexicano Agustín Monsreal con toda su potencia contradictoria y entrañable, mítica y cotidiana, a partir de la celebración nacional del Día de las Madres.

No, pues sí, nomás se nos viene encima con su solazo artero y sus calores infernosos el florilegiado mes de mayo y toda nuestra energía universal se convierte en un derretidero de cariñosidades, todo lo que somos en cuerpo, alma y mente se nos vuelve un solo himno resplandeciente y categórico: Madrecita Santa, cabecita de ajo hacedora sublime de mi karma, dueña y señora de mis vidas anteriores y de mi aquí y de mi ahora, gotita de miel de todos mis innúmeros amores, quién como tú, jefecita, a ver, quién para idolatrarnos y comprendernos y brindarnos sin esperar nada a cambio, por puritito amor, mimosidades y arrumacamientos y apapachos al mayoreo, y eso no importa si somos canallas o tarados, agua bendita o camino de calvario, cara limpia o cruz volteada, larguiruchos o chaparrastrosos, güerilindos o prietozapotes, si tenemos papá de planta o borracho y desobligado o sólo un nombre montado como un agravio en el recuerdo; quién es la retierna y la reabnegada que de punta a cabo nos vela las ensoñaciones y las enfermedades y las malpasadas y nunca de los nuncas nos reclama ni nos pasa la cuenta de sus sacrificios; quién, por Dios, quién desde la creación del mundo nos arrulló en sus brazos y nos dio a pedazos uno a uno el corazón entero; quién como tú, viejecita linda, jamásmente nos entelaraña los sentidos con sus falsos encantos, con sus hechicerías, con sus brebajes brujeriles, y tampoco nos cornifica con el mejor amigo ni nos celosea con la comadre o la secretaria o la vecina ni nos actricea escenas a la menor parrandita ni nos exige fidelidad aun después de la muerte ni escrupulosa puntualidad con lo del gasto; quién ni en las malas ni en las peores nos abandona y nos tiene siempre nuestra sopita caliente y nuestra ropa lavada y planchada con almidón y toda la cosa; quién nos explica y nos justifica ante el mundo y nos perdona sin imponer penitencias nuestros muchos descarreos y nuestras tantas infamias y nuestras múltiples faltas y nuestros infinitos pecados; quién como tú, propietaria de mi deuda eterna, la primera y la única y la mejor pase lo que pase y le pese a quien le pese y viva tu vida porque madre sólo hay una por fortuna.

Pablo Picasso, Madre e hijo, 1905
Pablo Picasso, Madre e hijo, 1905

Y por eso y nada más por eso es que la propicia noche del 9 nos arrejuntamos con los camaradas más fraternos y nos lanzamos por ahí a las cantinas que nos ponga enfrente el destino para ingerir unas dos que tres bebidas espirituosas y alebrestarnos los adentros y estar de lo más entrones para glorificarte y reverenciarte y celebrarte, chulita mía, para estar con la gustosidad de todos los ánimos en su mero punto y llevarte tu serenata con mariachi garibaldiano o con trío romantiquero respaldado por quinteto de violines, aunque fíjate que con esto de las devaluaciones y la inflación y los adeudos internos y externos y las privaciones salariales a lo peor no hay dinero en caja y entonces pues solamente arribamos al sacrosanto hogar arremolinados y retumbando harto ruido y te ponemos tus mañanitas en el tocadiscos, ya de perdida, y te llegamos con un ramote de flores de este tamaño y una bolsa de chocolates en forma de corazón para que adviertas que cuando se trata de ti nomás no escatimamos presupuesto, porque ya ves que con eso de que es tu día todos los comerciantes, por muy pacto y alianza y solidaridad que a los cuatro vientos se digan, sacan las uñas de su ladronería más que de costumbre, pero ya tú lo miras que su diente encajado en nuestra austeridad forzada no nos importa nadita, qué jijos de su mal dormir nos va a importar, con perdón sea dicho trigueñita de estos mis ojos que si ven la luz es a ti que lo deben.

Y para agradecer nuestro gesto heroico esa bondad hecha persona humana que es nuestra madrecita gloriosa se levanta de su camita y se medio acomoda los desgreñados cabellos y se echa el chal a la espalda un poco encorvada por las penas del tiempo y con su añosa voz desvelada y una sonrisa de alcance tímido nos dice ay muchachos qué locura, buscando desempantanarse del sueño que se le resbala como lagrimones desde sus ojitos nublados y se le desliza por toda su carita tan repleta de antigüedad y no es por nada pero qué retepreciosa está así, tan aternurada, tan remansito de dulcedumbre, y entonces uno siente algo como un escozor que le desacicala el pecho y se le lanza encima viejita adorada y la abraza fuerte pero fuerte bien fuerte y la levanta en vilo y le da vueltas carcajeándose como loco liberado de la camisa de fuerza y la inocente dice o suspira o jadea suéltame muchacho de porra me vas a romper los huesos, aunque riendo también, riendo mucho y clarito con esa su risa de pan remojado en leche que a uno le parte en siete el alma y le hace ondear el corazón semejante a una bandera.

 

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Agustín Monsreal

Nació en Mérida, Yucatán, el 25 de septiembre de 1941. Poeta y narrador. Editor de Escénica; miembro del consejo de redacción de El Cuento. Becario del CME, 1971. Miembro del SNCA de 1994 a 2000.

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