Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 102 AGOSTO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Punto de desviación

Angelina Muñiz-Huberman
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Antes de hablar de los Cuentos a deshora de Arturo Souto me gustaría decir unas palabras acerca de cómo lo conocí y de lo que significó para mi carrera de escritora. Cuando estudiaba la preparatoria en la Academia Hispano-Mexicana fue mi profesor de literatura universal. El primer trabajo que pidió a sus alumnos fue escribir un cuento. Aún recuerdo el título del mío, “Desde mi ventana”, y aún recuerdo que me alentó a escribir. Me habló de sus compañeros de generación, ya escritores, y de la revista, Segrel, donde publicaban. Poco después, me invitó a las sesiones de lectura, donde oí por primera vez los poemas de Luis Rius, los cuentos de José de la Colina y los suyos. En ese entonces, no podía ni siquiera imaginar que años después yo formaría parte de esa misma generación de escritores: los Hispanomexicanos, como él mismo nombró. Por lo que siempre le quedé agradecida.

Arturo Souto Alabarce
Arturo Souto Alabarce

Paso ahora a sus Cuentos a deshora. Desde el título hay un llamado de atención, un título entre irónico, justificativo, fuera de tiempo, es decir, atemporal. Un libro que reúne cuentos de años atrás y otros nuevos o inéditos. Un libro esmerado, de cuidada factura, pero también un libro sorprendente, equívoco, de relatos entre la ambigüedad y la maravilla, la cotidianeidad y el asombro, la tranquilidad y lo temible, el orden y el caos. Mundos que se erigen y mundos disgregados. Ciudades, parques, descampados, mansiones, chozas, en un torbellino de inestabilidad, de desconcierto. Ambientes enrarecidos, inesperados, entre lo lumínico y lo tenebroso. Personajes en situaciones extremas en las que ellos mismos no saben cómo habrán de reaccionar. Finos cortes anatómico-sicólogicos de cirujano escrutinador. Láminas expuestas bajo impávido microscopio. La vida vuelta del revés con una media sonrisa, a deshora, trasnochada.           

Cuentos de tan originales no sólo fuera de tiempo, sino de espacio. En su unicidad. Inclasificables, afortunadamente. Con un tranquilo desprendimiento de cualquier moda o convencionalismo. Por el placer de escribir, mejor aún, de relatar la vida que pasa y la vida deseada o expectante. Un más allá sin anhelo de comprobación. En cascada de emociones atravesadas como una mariposa por el alfiler de un coleccionista. La belleza detenida. El dolor suspendido. Un quehacer sin cuentas que rendir. Un fino humor que acentúa lo inevitable y lo inexplicable. Como si la razón y la verdad fueran conceptos desechables. Sólo la regla del fluir de la palabra-emoción.

Temas variados y variantes. Desde la nostalgia del exilio español de 1939 hasta la inmersión en paisajes mexicanos. Lugares adivinados en el campo cubano o un parque neoyorquino.  Mansiones decadentes en épocas inciertas. Toques de soledad, de abandono, de derrota. Toques de terror y fantasía. Humor muchas veces.

El libro da comienzo con el cuento “El solitario acompañante” que, a manera de presentación, es un personaje típico del exilio español de 1939. Signo de la Generación Hispanomexicana así llamada por el propio Souto y en la cual se incluye. Este personaje melancólico resume en sí los rasgos del exilio que, de algún modo o de otro,  tienden a aparecer. Es un personaje que desde el cuarto de azotea que habita se va desprendiendo de esposa y amigos, quedando aferrado sólo a sus recuerdos. Por ejemplo, el paisaje de España: “En España las montañas no angustian, no aprietan el ánimo como aquí, pensaba. En España las nubes no bajan a la tierra, no atardece tan temprano y no son tan dramáticas” (p.15). Adornan su miserable cuarto un arrugado mapa de su tierra, una foto dedicada de Manuel Azaña y el retrato de su ex mujer. Para colmo, su vista es  la de una funeraria que le permite saber quiénes de sus amigos del exilio van muriendo e ir tachando sus nombres de una libretita. Sus recuerdos se remontan no sólo a la España perdida, sino a sus personajes, Machado, Ortega y Gasset, la Generación del 98 que desfilan por su mente vívidos y acompañantes de su soledad.

Aparecen personajes inconfundibles: el poeta Emilio del que, enseguida, al leer le agregamos el apellido Prados que al fin es el nuevo difunto a quien baja a velar y agrega su imprescindible cruz en la tenebrosa libreta.

Otro cuento reminiscente de la Guerra Civil es “La mitra” que, desde la perspectiva de un niño en plena guerra, considera al portador de una mitra no un obispo, sino un ser diabólico. El siguiente cuento, “El beso en la isla del Fuego”, inaugura el ambiente de terror fantástico con un escalonado tono que aumenta de proporción angustiante para luego decaer en la cotidianidad. Erotismo y violencia no se resuelven sino en una marca de fuego en el cuello que acompañará de por vida a la mujer que nunca supo lo que pasó en la extraña mansión donde descansa un fin de semana entre cuadros de Ensor, de Turner y extraños objetos, máscaras, fetiches y hasta lo que parece una sirena disecada.

“La cruz de Nemi” es un cuento inusitado que sucede en la Italia mussoliniana con dejos de crítica ironizada sobre un viaje en tren de un niño que observa su entorno en el que aparecen balilas o jóvenes scouts fascistas y alborotadores. Mientras que “El candil” está situado en Luyanó, un barrio típico de las afueras de La Habana. El negrito Nicodemo es el protagonista y la recreación del ambiente cubano con sus canciones, leyendas, supersticiones; es tan certero que dan ganas de leerlo en voz alta con acento cubano. “¡Nicodemo, no seas bobo! ¿Te asustan los pájaros!” (p. 68). En cambio, “Nunca cruces el parque ni vayas al este” está situado en Nueva York, para más señas en el Parque Central, aunque no se le nombre así y aunque la Quinta Avenida sea llamada “quinta” con minúscula. El suspenso y el retrato de la vida citadina con sus incongruencias, desatinos, enajenamientos y violencias se presentan como algo natural, según el comentario de un policía ante el cadáver tendido en el suelo que contempla el protagonista: “Así pasa siempre... Váyase, nunca vuelva. Aquí no pasa nada. Aquí acaba la ciudad. Aquí no hay nadie. Aquí no hay nada” (p. 51).

En contraste con el anterior, “Ir a Belén y volver” describe al hermano Juan como un asceta que vive en una cueva, a quien un día el obispo decide premiar con un viaje a Belén. Al regreso, el obispo lo interroga pensando que habrá sido una experiencia cuasimística y su sorpresa es que el hermano Juan asegura que ése no es el lugar donde nació Jesucristo por su lujo y boato, ya que debería ser un humilde pesebre.

Portada de "Cuentos a deshora" de Arturo Souto Alabarce

Otro cuento de ambiente extranjero, “Tenebrario”, podríamos suponer que sucede en alguna ciudad puritana de los Estados Unidos, le sirve a Arturo Souto para hacer una mesurada e irónica crítica del contraste entre superstición y religión, sensualidad e inocencia a partir del enfrentamiento de lectura de horóscopos y citas bíblicas.

“Visto desde el fondo de un pozo” es el relato medieval de un rey que se debate entre la traición y la hipocresía de sus súbditos. Herido de muerte empiezan las acusaciones entre sí de castellanos, catalanes, franceses, navarros sobre quiénes serían los cómplices. Se relata la terrible muerte por tortura del asesino y la pesadilla final del rey en la que, desde el fondo de un pozo, ve asomarse las cabezas de todos y cada uno de sus súbditos, que no le muestran ninguna compasión, incluyendo la de la reina.

 

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Angelina Muñiz-Huberman

Nació en Hyéres, Francia, el 29 de diciembre de 1936. Ensayista, narradora y poeta. Naturalizada mexicana en 1954. Estudió los doctorados en Letras en la UNAM y en Lenguas Romances en la Universidad de Pennsylvania y la City University of New York...

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