Revista de la Universidad de México
UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 102 AGOSTO 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Entrevista con Carlos Fuentes
Todo es presente

Massimo Rizzante
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Traducción de Carmen Ruiz de Apodaca

La voz de Carlos Fuentes sigue y continuará resonando en los laberintos de la literatura. En esta entrevista, inédita en español, con el crítico y escritor italiano Massimo Rizzante, Carlos Fuentes rememora algunos momentos claves de su biografía, al tiempo que reflexiona con sagacidad acerca de la novela y sus infinitas posibilidades.

Su infancia fue nómada y cosmopolita. Hijo de diplomático, nació en Panamá en 1928 y entre los años treinta y cuarenta vivió en Montevideo, Río de Janeiro, Washington, Santiago de Chile, Quito, Buenos Aires y México, donde pasaba sus vacaciones. ¿Recibió una educación protestante?
Y también muy católica.

¿Ambas?
Sí, claro, mi madre era católica y recuerdo que yo casi nunca tenía vacaciones.

¿Nunca?
Las vacaciones en Estados Unidos y en México no coinciden. En Estados Unidos, el verano duraba de junio a septiembre, cuando en México es periodo escolar. Por tanto, iba a México cuando había vacaciones en Estados Unidos, aunque iba al colegio. Me obligaron a aprender español en escuelas católicas. Por entonces había un cierto equilibrio entre la transmisión de la herencia protestante y de la herencia católica.

En México, bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas, se retomaron verdaderamente los ideales de la Revolución: la lucha contra el analfabetismo, la reforma agraria, la nacionalización del ferrocarril y sobre todo la expropiación de las compañías extranjeras que explotaban el petróleo. En varias ocasiones usted ha descrito este momento como su primera toma de conciencia…
Me di cuenta de que yo era mexicano. En casa hablaba español con mi padre y mi madre. Nunca abandoné esa lengua. Incluso en las embajadas hablaba español. Sin embargo, descubrí mi nacionalidad mexicana gracias a la nacionalización del petróleo. Recuerdo un titular de la prensa norteamericana de esa época: Mexican bandits steal our oil. Me rebelé. Fui a ver una película sobre Sam Houston (el político del siglo XIX y tercer presidente de la República de Texas). De repente, yo tendría nueve o diez años, me levanté y grité “¡Viva México! ¡Muerte a los gringos!”.
Mi padre me sacó inmediatamente de la sala: “Vas a conseguir que pierda mi puesto de diplomático. No digas ese tipo de cosas”. Desde entonces, alimenté un fuerte sentimiento de pertenencia a mi país. Fueron los norteamericanos los que me hicieron sentir que yo era mexicano.

Se sentía como una especie de clandestino...
En la época de la nacionalización del petróleo sí, porque no se dejaba de hablar de ello en la prensa norteamericana. Se hablaba de México como de un país de ladrones que expropiaban a los propietarios norteamericanos.

En 1941 comienza probablemente una segunda etapa de su vida, entre Santiago de Chile y Buenos Aires donde vivió hasta 1944…
Volvería a México en 1945. En Santiago iba a un colegio británico. Era un colegio muy conocido. A muchos de mis grandes amigos, con los que aún mantengo contacto, los conocí allí. La disciplina era férrea: uniformes, horarios estrictos, God save the King (en esa época había un King)… Y mucha información sobre la guerra. Yo formaba parte de un grupo y nos consideraban muy extravagantes porque ni jugábamos al rugby ni al futbol, a nada. Nos manteníamos al margen. Hablábamos de libros. Formábamos un club literario más que deportivo. Permanecí allí tres años.

¿Y en Buenos Aires?
En Buenos Aires estuve un año. Allí tuve una nueva experiencia escolar. Recuerdo haberle dicho a mi padre: “Papá, me he formado con el New Deal de Roosevelt, con las reformas socialistas de Cárdenas, con el Frente Popular en Chile, y ¡tú me metes en un colegio fascista!”.
En clase, el profesor nos preguntaba: “¿Quién tenía razón: Esparta o Atenas?”. Y había que responder gritando: “¡Esparta! ¡Esparta!”. Cosas por el estilo. En 1943 hubo un golpe de estado promovido por un grupo ultracatólico y de extrema derecha encabezado por Arturo Rawson. Perón estaba en el Ministerio de la Guerra. Fue un régimen militar muy duro. Le dije a mi padre: “No quiero ir más al colegio”. Mi padre, tan indulgente conmigo como siempre, me respondió: “Tienes razón. Vete a la calle”. Tenía quince años. Fue así como empezó mi aprendizaje de la vida. Lo único que hacía era pasear por Buenos Aires, una ciudad que adoro. Iba al cine, al teatro, a las librerías…

Fue entonces cuando conoció a Jorge Luis Borges…
Frecuentaba por esa época el Atenas de Buenos Aires y allí fue donde conocí a Borges y a toda la literatura argentina. Había leído muchos libros, pero hasta que no llegué a Argentina no comencé a leer seriamente literatura.

Por aquellos años Borges no era nada conocido…
Alfonso Reyes, el gran humanista y maestro de todos los escritores mexicanos de mi generación, lo conocía. Reyes había sido embajador en Brasil a la vez que mi padre. Él descubrió a Borges muy pronto, a través de Victoria Ocampo (le recuerdo que Borges definió a Reyes como “el mejor prosista de la lengua española en cualquier época”). Y también a Leopoldo Lugones y a Adolfo Bioy Casares. Yo leí a Borges gracias a Reyes.

¿Conoció a Alfonso Reyes en esa época?
¡Lo conocí cuando yo tenía dos años!

¿Se podría decir que fue su primer mentor?
Él y los de la Facultad de Derecho de México. Así como Manuel Martínez Pedroso, que venía de la Universidad de Sevilla. He tenido muchos mentores. Pero Reyes ha sido fundamental. Pasé largas temporadas con él en Cuernavaca. Él me regañaba. Me preguntaba: “¿Has leído a Stendhal?”. “No, don Alfonso”. “¡Con diecisiete años es un pecado mortal no haber leído a Sthendal! ¡Venga, a leerlo!”.

Francisco Villa y Felipe Ángeles
Carlos Fuentes con su hermana Berta, Washington, 1934

Me sigue sorprendiendo que su obra sea prácticamente desconocida en Europa. Y, sin embargo, ensayos como Visión de Anáhuac (1917), La experiencia literaria (1942), El deslinde (1944) y sus Retratos reales e imaginarios (1920) siguen siendo, hoy día, libros universales.
Quizá sea necesario escribir y leer en español para comprender la grandeza de este autor. Lo que Reyes creó es único: tradujo la civilización occidental en términos latinoamericanos. ¡Qué gran trabajo! Para nosotros es más importante que para los franceses o los alemanes. Nos ofreció y nos puso al alcance de la mano una visión de Homero, una visión de Goethe. Gracias a él, Grecia, Roma, Florencia, la cultura europea dejó de ser lejana, extranjera. Se mostró de pronto cercana, a partir de entonces, empezó a ser nuestra.

¿Es verdad que Alfonso Reyes le dijo una vez que “el estudio del código civil era la mejor escuela para aprender a leer novelas”?
Yo le decía que no quería ser abogado. Sin embargo, como mi maestro, frecuenté la Facultad de Derecho. Luego pasé un año en Ginebra donde obtuve el doctorado. Volví a México a la edad de veintidós años.

Tuvo tiempo de pasar por París y leer a uno de sus novelistas más queridos…
Llegué a París en 1950 y no conocía a nadie. La guerra, o bien sus vestigios, aún estaba presente. No había calefacción. La ciudad era muy triste. No tenía amigos. Entonces decidí que Balzac sería mi guía y que leyendo sus novelas encontraría mis referentes. Eso es lo que hice. Dediqué semanas a leer a Balzac con tal intensidad que cada día terminaba en los lugares de la ciudad mencionados por mi maestro.

Me imagino que la lectura de Cervantes llegó mucho antes…
Cervantes es la base. Es la lengua, ¿no es cierto?

Cuando leo sus novelas o sus libros de relatos, siempre resuenan estos dos escritores. Son las matrices…
También está Faulkner y la tradición gongorina. Le digo esto porque un crítico norteamericano (no recuerdo su nombre) despreciaba a Faulkner y le llamaba Dixie gongorist. Para él, comparar la obra de Faulkner con la de Góngora era un insulto, mientras que para mí es más bien un elogio.

 

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Massimo Rizzante

Nació en 1963 en Venecia, Italia. Es poeta, ensayista y traductor. Formó parte del Seminario de Novela Europea, dirigido por Milan Kundera en París, de 1992 a 1997.

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