Revista de la Universidad de México
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NUEVA ÉPOCA NÚM. 103 SEPTIEMBRE 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La reforma inaplazable

Felipe Garrido
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La urgente necesidad de convertir a los maestros en lectores es el tema central de esta propuesta de Felipe Garrido, Premio Xavier Villaurrutia 2011, frente al panorama desastroso de la enseñanza de la lengua —vector principal para la comprensión de todas las áreas del conocimiento— en nuestro país.

La Secretaría de Educación Pública que José Vasconcelos imaginó y de la cual, en 1921, fue el primer titular, estaba formada por tres departamentos igualmente importantes: el Escolar, el de Bibliotecas y Archivos, y el de Bellas Artes. Esas tres esferas debían conjugarse para que los alumnos desarrollaran completas sus capacidades; para que tuvieran lo que ahora llamamos —aunque no seamos capaces de ofrecerla— una educación integral. Tan relevante como la instrucción de niños y adolescentes en las aulas era organizar una red de bibliotecas escolares y públicas que pusiera la lectura y la información al alcance de todos, dentro y fuera de la escuela. Tan importante como el trabajo escolar y la oferta de las bibliotecas y archivos era la práctica de las artes.

Hacía falta que todos tuvieran un lugar en las aulas; que todos se apropiaran de la experiencia artística, como público y como ejecutantes; que todos tuvieran a su alcance los libros y otros materiales que permiten tener acceso a los conocimientos y a las repetidas calas de la literatura en la condición humana. (Las artes y las letras nos educan, aunque no como la escuela, sino en términos de vida, existenciales).

Franz Eybl, 1850
Franz Eybl, Niña leyendo, 1850

El propósito de la nueva dependencia era convertir aquella patria devastada por diez años de guerra civil y por la explotación y el abandono seculares de sus mayorías miserables, en una nación de artistas y sabios arrebatados por la necesidad de actuar. De gente informada, formada y pensante; capaz de producir y de innovar; capaz de darse mecanismos de gobierno que garantizaran la paz, la libertad y la democracia; capaz de construir un país próspero y justo. Por eso había que hacerlo todo en todas partes; en la escuela, el trabajo, la calle y la casa; la salud de la nación dependía —y depende hoy— de que esos bienes beneficiaran a todos.

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La influencia civilizadora y formativa de las artes debía estar al paso de la gente. Se entregaron a pintores como Montenegro, Rivera, Orozco, Siqueiros, Charlot, Alva de la Canal, Revueltas, Enciso, Guerrero... los muros de edificios como los antiguos colegios de San Ildefonso, de San Pedro y San Pablo, y la sede de la propia Secretaría. Se impulsó el arte popular. Se dieron conferencias, clases de dibujo y pintura, recitales y conciertos en fábricas y plazas. Se pidió a los estudiantes que enseñaran a leer y a escribir a quienes no lo sabían, que eran casi noventa de cada cien mexicanos. Ochenta de cada cien vivían en el campo, en comunidades de muy pocos habitantes. Para alfabetizarlos, instruirlos, mejorar sus condiciones de higiene y salud, y su capacidad productiva, se crearon las Misiones Culturales. Se abrieron escuelas y bibliotecas rurales.

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Por encima de todo, porque Vasconcelos sabía que un lector puede multiplicar sus experiencias y seguir aprendiendo durante toda la vida, se pusieron millares de libros en bibliotecas, escuelas y librerías.

Muchos se compraron a editores privados. Los que faltaban se produjeron. (Escribió Vasconcelos: “¿Cómo íbamos a hacer para dar a los maestros los libros cuyo empleo se les recomienda? Se hace menester fabricar los libros, así como es necesario construir los edificios de la escuela”.1). La colección de Tratados y Manuales; la de Textos para la Escuela Primaria; los Folletos de Divulgación, con precios que iban de los 2.50 pesos de Las cactáceas en México, de Isaac Ochoterena, muy ilustrado, a los diez centavos del Silabario de Rafael Ramírez.

Cuatro títulos son emblemáticos. Lecturas para mujeres, a cargo de Gabriela Mistral; los dos tomos de Lecturas clásicas para niños, para poner en sus manos “las más bellas ficciones que han producido los hombres” y hacerlos lectores; la revista El Maestro, dirigida a todos —el maestro era la propia revista—, que se ocupaba de higiene y agricultura tanto como de publicar a los mayores escritores del país y del extranjero; y la serie de clásicos: alcanzaron a publicarse diecisiete volúmenes con obra de quince autores: Homero, Esquilo, Goethe, los Evangelios... a peso cada uno. Sus enemigos lo acusaron de dilapidar el erario poniendo a Platón en manos de analfabetos. “Nadie —contestó Vasconcelos— ha explicado por qué se ha de privar al pueblo de México, a título de que es pueblo humilde, de los tesoros del saber humano que están al alcance de los más humildes en las naciones civilizadas”.2

Reconstruir la nación era asunto del maestro, el artista y el libro. Pellicer, Toledano, Torri, Cosío Villegas, Bassols, Palacios Macedo y otros se dieron a la tarea. Hubo a su lado intelectuales forasteros: el dominicano Pedro Henríquez Ureña, la chilena Gabriela Mistral, el peruano Raúl Haya de la Torre... El propio secretario salía a la calle, sábados y domingos, a repartir libros: para construir el país que soñaba nada era más importante que el libro.

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Aquello era demasiado bueno. El 30 de junio de 1924, Obregón aceptó la segunda renuncia —seis meses antes había rechazado la primera— de Vasconcelos, inconforme por los recortes que había sufrido el presupuesto de la Secretaría —de 50 a 25.5 millones— y porque el presidente quería a Calles como su sucesor.

Dos años y ocho meses después de haber iniciado su gestión, al dejar su puesto Vasconcelos, terminó la educación integral; nunca ha vuelto a serlo, sino en el discurso. Los departamentos de Bellas Artes y de Bibliotecas y Archivos desaparecieron.

La Secretaría quedó reducida a su Departamento Escolar. No hubo bibliotecas para las escuelas, y cuando las bibliotecas públicas conocieron un nuevo periodo de crecimiento, de 1983 a 2005 —pasaron de 351 a 7,010—, no fue para atender necesidades de los lectores sino del Departamento Escolar. El crecimiento de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas en sus primeros veinte años tuvo como fin facilitar a los estudiantes de secundaria el acceso a los libros de texto y de consulta. Aun hoy, más de ochenta por ciento de las visitas a estos espacios son de estudiantes que acuden a hacer allí sus tareas; no de lectores.

Diego Rivera, La maestra rural
Diego Rivera, La maestra rural (fragmento), 1923

Nuestras bibliotecas públicas han crecido de espaldas a la lectura. Así ha crecido nuestro sistema educativo. Muy pocas escuelas tienen una biblioteca verdadera; un espacio equipado, organizado y atendido por personal especializado, donde los alumnos aprendan a usar una biblioteca y se acostumbren a hacerlo. Las bibliotecas escolares del Programa Nacional de Lectura son colecciones de libros que se acomodan donde se puede y que comparten con las bibliotecas de aula todos sus defectos. Señalo dos: 1) cuatro quintas partes de sus títulos son obra de escritores, traductores, ilustradores, diseñadores y editores extranjeros; se desperdicia la oportunidad de que crezcan los artistas e intelectuales que, sin que importe su origen, viven y trabajan en México, y 2) las compras de estos libros se concentraron de manera delatora en unas cuantas editoriales, en la práctica todas extranjeras.

Vasconcelos, que tanto se equivocó —creía, por ejemplo, que repartir libros era suficiente para multiplicar los lectores—, sabía que la calidad de la educación se define por la calidad de los profesores, no por los aparatos que haya en las aulas. Y al decir aparatos me refiero en primer lugar a los libros mismos y a todas las otras piezas de información; a los objetos. No menosprecio los libros, ni las láminas, ni los mapas, ni las grabaciones, ni las indispensables Tecnologías de la Información y la Comunicación que, entre otras cosas, facilitan el acceso a los libros y a otros textos que se hallen en formato digital. Lo que quiero subrayar es que los profesores son mucho más importantes, y que esto no ha sido tomado en cuenta.

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La benemérita tradición editorial de la SEP, inaugurada por Vasconcelos, que produjo colecciones como Colibrí, SepSetentas, Letra y Color, Rincones de Lectura, fue cancelada en 2001. A partir de entonces la SEP ha abandonado la publicación de libros infantiles y juveniles a las fuerzas del mercado.

Compárese la situación de las bibliotecas de aula y las bibliotecas escolares con la de los equipos que elaboraron los dos tomos de las Lecturas clásicas para niños: una chilena y nueve mexicanos. Los textos del primer tomo fueron elegidos y adaptados por Gabriela Mistral (treinta y tres años en 1922), Palma Guillén (veinticuatro), Salvador Novo (dieciocho) y José Gorostiza (diecinueve). Los del segundo, por Jaime Torres Bodet (veinte), Francisco Monterde (veintiocho), Xavier Villaurrutia (diecinueve) y Bernardo Ortiz de Montellano (veintitrés). Las ilustraciones son de Roberto Montenegro (treinta y cinco) y Gabriel Fernández Ledesma (veintidós). Vasconcelos ya había cumplido cuarenta años. Julio Torri, que dirigía el Departamento Editorial, tenía treinta y tres. A pesar de las difíciles condiciones en que vivía México, a nadie se le ocurrió poner esta labor en manos de redactores, traductores, ilustradores, diseñadores y editores que estuvieran fuera del país. Entre otras cosas, había que aprovechar la oportunidad para formar a los profesionales del libro que México necesitaba.

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Cuando Ernesto Zedillo se hizo cargo de la Secretaría de Educación Pública, en 1992, consultó con diversos personajes qué podía hacerse para mejorar la educación. El eminente filólogo Antonio Alatorre, según lo contó después, le dijo lo siguiente:

 

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Felipe Garrido

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 10 de septiembre de 1942. Es narrador, ensayista y editor. Estudió letras modernas en la FFyL de la UNAM.

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