Revista de la Universidad de México
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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 43 | SEPTIEMBRE 2007 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
BORGES, BIOY Y LOS ESCRITORES MEXICANOS
Emmanuel Carballo
REVOLUCIÓN EDUCATIVA INDIA
Antonio Navalón
EL VACÍO COMO VACÍO
Arnoldo Kraus
EL VENADO... (¡HERIDO!)
Guadalupe Loaeza
 
 



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El venado... (¡herido!)

G u a d a l u p e  L o a e z a

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Loaeza
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En el centenario de Frida Kahlo, Guadalupe Loaeza, autora de Las niñas bien, La princesa del palacio de hierro y Compro, luego existo, descubre en esta crónica los vasos comunicantes entre el corrido predilecto de la pintora y el famoso cuadro El venado herido.

Lo único bueno que tengo es que ya voy
empezando a acostumbrarme a sufrir.

Frida Kahlo

Dice el poeta, traductor y ensayista español nacido en Villarino de los Aires, Salamanca, que Frida cantaba corridos, distribuía fusiles pintados entre los rebeldes pintados. Por su parte, la crítica de arte, Raquel Tibol nos cuenta de la inauguración de los murales de La Rosita, para lo cual se repartió un volante que decía: "Hoy sábado 19 de junio de 1943, a las 11 de la mañana, grandioso estreno de las pinturas decorativas de la Gran Pulquería La Rosita". El padrino fue Antonio M. Ruiz, director de La Esmeralda dijo:

Hubo cohetes, bombas, globos, confeti, juegos pirotécnicos, banda de mariachis (para los corridos), desfile de personalidades desde la casa de Frida hasta la pulquería; se sirvió una suculenta barbacoa rociada con los mejores pulques que se trajeron especialmente de las haciendas de más prestigio.

   El momento más importante de este acontecimiento fue cuando el alumno Guillermo Monroy entonó el corrido que había escrito especialmente para la ocasión:

Para pintar La Rosita
mucho trabajo costó.

Del arte de pulquería la gente ya se olvidó.

Doña Frida de Rivera,
nuestra maestra querida, nos dice: Vengan muchachos,
yo les mostraré la vida.

   Cantaron los más hermosos corridos hasta entrada la noche. Dolores del Río, como invitada especial felicitó a Frida y dijo unas palabras: "Esta obra cultural creará arte verdadero y lo volverá accesible a nuestro pueblo, que no puede entrar a los palacios y que no evitará contemplar el arte si éste se halla en una pulquería". Pero sin duda la más feliz de toda la concurrencia, era Frida. Rodeada de sus alumnos, amigos y vecinos de Coyoacán, brindaba con ellos; salía a la calle e invitaba a todos los peatones a pasar a la fiesta. Dicen que esa noche estaba, vestida con su huipil tehuano de seda, bordado a máquina con la técnica de un golpe; el cual hacía juego con su enagua tehuana de seda con holán de algodón y con su rebozo en tonos verde y amarillo de artisela de jaspe con repacejo procedente de Guanajuato, cantó y cantó su corrido preferido:

Soy un pobre venadito que habito en las serranías,
soy un pobre venadito que habito en las serranías,
como no soy tan mansito no bajo al agua de día,
de noche poco a poquito y en tus brazos vida mía.

Le dije a una muy bonita
que si me lavaba el paño, le dije a una muy bonita
que si me lavaba el paño.

Me contestó la maldita
si usted quiere hasta lo baño.

Nomás véngase temprano
porque tarde le hace daño.

Aaajjaii.

   Dicen los que todavía se acuerdan de esa noche, que Frida estaba tan contenta, que de pronto hizo parar la música de los mariachis y gritó: "No más"; acto seguido se quitó el corsé que tanto la torturaba: "Sin el sostén de su frágil columna, se fue, se lanzó a la calle a una posada pública para celebrar la inauguración de pinturas suyas en una pulquería cercana a su casa en Coyoacán", escribió la columnista Rosa Castro. Y mientras Frida se encaminaba hacia la posada, los mariachis la seguían y ella continuaba cantando El venadito:

Ya tengo visto el nopal
donde he de cortar la tuna,

ya tengo visto el nopal
donde he de cortar la tuna.

Como soy hombre formal
no me gusta tener una
me gusta tener de a dos

por si se me enoja alguna.

Quisiera ser perla fina
de tus lucidos aretes,

quisiera ser perla fina
de tus lucidos aretes.

  He aquí cómo narra Rosa Castro el comportamiento de la pintora aquella noche:

Frida hablaba de sus males como quien se refiere a una retorta con un extraño animal adentro que se resiste y resiste al fuego. Aquellos corsés que llevaba, ¡ay!, de metal, de cuero, de yeso, que ella se distraía en pintar con violeta de genciana, con mercurio-cromo, que tachonaba con espejitos de danzantes y pegaba con plumas de colores a la altura del pubis. Aquellos corsés de Frida Kahlo, que para colocárselos había que colgarla de un grueso cable pendiente de una viga en la habitación de la casa.

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