Revista de la Universidad de México
   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 45 | NOVIEMBRE 2007 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
A TREINTA AÑOS DEL ESPACIO ESCULTÓRICO
Joaquín Sánchez Macgrégor
MUSICOFILIA
Federico Campbell
ANÉCDOTAS Y RECUENTO
Margo Glantz
LA PARÁBOLA DE LOS ESCRITORES
José Gordon
DOS DE FRAY ALBERTO
Vicente Leñero



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2007 D.R. Universidad Nacional Autónoma de México
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A treinta años del Espacio Escultórico
J o a q u í n   S á n c h e z   M a c g r é g o r

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  La multitud está en movimiento (Negri prefiere usar el término en latín: multitudo). Lo sabemos por los grandes movimientos sociales de la época. Casi todos (excepción hecha de unos cuantos, entre ellos el EZLN), están dirigidos por una multitud que sustituye a liderazgos políticos tradicionales. La multitud, en el campo de la creación de obras de arte monumentales, se manifiesta en el artista colectivo, equivalente a un anonimato peculiar. En el caso del Espacio Escultórico, por ejemplo, se da lo que Negri llama el “arte como multitudo”.4 Se aclara en una referencia cruzada a otro de sus libros:

  El nombre “multitud” es, a la vez, sujeto y producto de la praxis colectiva (...) la multitud es un conjunto de singularidades.5

Federico Silva
Hersúa
Federico Silva
Hersúa


  En efecto: Matías Goeritz, Federico Si l va, Manuel Felguérez, Helen Escobedo, Sebastián, Hersúa forman ese “conjunto de singularidades” que cooperan en el Espacio Escultórico. Cada uno de ellos, en su estilo propio, se identifica con el geometrismo, parte emblemática cultural que circunda la masa central de lava petrificada.

  1977 es la fecha crucial que marca el inicio, por parte de la Coordinación de Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la aventura estética del Espacio Escultórico.

  Antes de tal fecha, sólo los dos escultores jóvenes, Sebastián y Hersúa, tenían un porvenir incierto. Sebastián, a partir de entonces, ha igualado la fama individual, si es que no la superó, de los cuatro artistas restantes del Espacio Escultórico.

  El hecho de que todos y cada uno de ellos haya logrado trabajar en equipo es revelador del grado de conciencia colectiva conquistado. Así fue desde los primeros pasos de la realización artística, fruto de las prolongadas sesiones en donde se discutía el proyecto futuro.

  En sus inicios, éste fue teorizado en módulos, después abocetado en dibujos y cartoncillos, dando lugar a una serie de maquetas, de las cuales, la definitiva apuntaba ya unas mediciones preliminares para la ejecución y los cálculos de construcción que correrían a cargo de la Dirección General de Obras, de la UNAM, y, sobre todo, del arquitecto Raúl Kobe.

  La paternidad concreta de los módulos fue siempre cuidadosamente ocultada por los escultores, de ahí que nadie haya tomado en serio la adjudicación, sin pruebas, hecha en favor de Hersúa (por cierto, el de menor trayectoria en el grupo) por un crítico de la época: el peruano Juan Acha, avecindado en México.

  Lo innegable, en cambio, fue el consenso establecido entre ellos, no sólo en ese aspecto medular, sino también ante la idea de Felguérez para que se desyerbara la lava solidificada. Su propósito era la develación de la naturaleza primordial del sitio.

  El cumplimiento de esta finalidad llevó a los artistas a solicitar de la UNAM dos investigaciones científicas en apoyo de la obra. Intervinieron, con tal motivo, los académicos comisionados por los Institutos de Geología y Biología: Salvador Enciso de la Vega y Víctor Corona Nava, botánico éste, geólogo aquel.

  Sus informes fueron notables porque suministraban los datos ambientales que requería el marco ecologista del proyecto. Así es como se hizo posible saber bien sobre qué clase de suelo se asentaría la obra magna:

  La zona de Pedregal cubre una extensión irregular de unos 80 kilómetros cuadrados que abarca desde las faldas del Ajusco hasta los alrededores de Huipulco [éste en la zona de hospitales del sur de la ciudad]. El desarrollo urbano de la Ciudad de México [y, también, de la Ciudad Universitaria] ha disminuido el área aflorante de basalto (...) el espesor de las lavas basálticas del Pedregal varía de unos 50 centímetros hasta un poco más de 10 metros (...). En general, las corrientes lávicas del Pedregal sobreyacen a depósitos lacustres y suelos preeruptivos (...) las direcciones de flujo eruptivo estuvieron condicionadas por la inclinación del terreno preexistente, en especial por los cauces de antiguos arroyos (...). En cuanto al origen de las lavas del Pedregal, se considera hasta el presente que fueron extravasadas por el Xitle, pero parece poco probable que un cono volcánico de unos 250 metros de diámetro eyecte el enorme volumen de lava que actualmente forma el Pedregal (...). Es posible que las lavas del Pedregal correspondan al tipo de vulcanismo islándico, caracterizado por la efusión lenta de lava fluida a lo largo de una fractura de más de siete kilómetros de longitud, según lo sugiere la alineación Xitle-Oloica. En general, la cima de las lavas basálticas en el área de Ciudad Universitaria es una superficie de erosión, en la que se ha desarrollado una muy escasa cubierta de suelo vegetal, que en algunos lugares no llega a 5 centímetros de espesor. La mayor parte de superficie lávica está desprovista de suelo, por lo que la vegetación tiende de preferencia a desarrollarse en zonas de fracturas.

 

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