Revista de la Universidad de México
   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 46 | dicIEMBRE 2007 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
POESÍA DE GABILONDO SOLER A SUS CIEN AÑOS
Rubén Bonifaz Nuño
LEYENDA Y VERDAD. JULIO SCHERER
Juan Villoro
ÉTICA Y POLÍTICA
José Woldenberg
FERNANDO DEL PASO. PREMIO FIL DE LITERATURA 2007
Elena Poniatowska
JULIETA CAMPOS: MUJER Y ESCRITORA MÚLTIPLE
Ignacio Solares



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Poesía de Gabilondo Soler a sus
cien años


R u b é n    B o n i f a z   N u ñ o

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Bonifaz
Rubén    Bonifaz   Nuño ver película :: ver
 

En 1935 entró en mi casa, por primera vez, un aparato de radio; es un Zenith modelo de aquel año, de onda larga y corta; creo que es alemán. Lo conservo todavía.

Pronto localizamos en él, en los 890 kilociclos de onda larga, la estación XEW, la voz de la América Latina desde México.

En aquel aparato, Alma, mi hermana menor y yo, que sólo habíamos podido oír la radio en casa de nuestro en extremo paciente y generoso vecino el doctor Alfredo Magaña, teníamos la posibilidad de escucharlo, como si fuera sólo para nosotros, desde la cama de mi mamá.

Naturalmente se transmitían programas para personas mayores; de ellos, recuerdo especialmente el de los cantores argentinos Abdón y Américo Alak; en él nació mi gusto por los tangos; ahí escuché por primera vez hablar de las usuales traiciones de las mujeres y aprendí para siempre “que aquel que se arruga pidiendo socorro, no es hombre ni tiene vergüenza con él”. Pero esto, en realidad no viene muy a cuento ahora. Ahora quiero hablar de los programas dedicados a los niños.

Había, por ejemplo, la que pienso fue la primera radionovela. Estaba patrocinada por la fábrica de calcetines y tobilleras Rex; se trataba de las aventuras de una suerte de Tarzán mexicano. Se llamaba precisamente Rex de la selva.

Por cierto, que en 1936, en ese programa, tuve el primer dinero ganado por mí: fue en un concurso de dibujo acerca de los protagonistas de dicha radionovela, donde me dieron el primer premio: veinticinco pesos que gasté en juguetes para mi hermana Alma y para mí; para ella, compré una estufa eléctrica en miniatura; para
mí, un riflecito de dardos que, después de dispararse miles de veces, funciona aún; lo guardo ahora ya invisible para mí.

Los principales programas dedicados a los niños eran entonces el del Tío Polito que nos narraba los combates entre Chapete y Pinocho. Por cierto que es falso lo que ahora se dice acerca de que trabajaba junto con Gabilondo Soler en su programa; en éste, a quien oíamos era a un locutor de apellido Cáceres, al cual llamaban el Cocuyito.

Es en ese programa en el cual pienso ahora ocuparme. En él, repito que era el año 1935, la introducción“¿quién es el que anda allí?”, se cantaba con la tonada de London bridge is falling down. La primera canción que de Cri-Cri pude escuchar fue la del rey Bombón; siempre lo imaginé como aquellos bombones casi hemisféricos que se adornaban, en su centro superior, con un trozo de almendra o de cacahuate; ese rey enamorado y a causa del desprecio de la princesa Caramelo, objeto de su amor, lloró tan fuerte que derribó su castillo de dulce, y en su caída lo raspó un merengue; lo raspó no más; si lo hubiera aplastado, como corrigió Gabilondo Soler, no hubiera podido más tarde aprovechar el “sí” de la princesa.

Puedo decir con perfecta verdad que en ese programa tuve mis iniciales acercamientos a la poesía. No me refiero sólo a los deslumbramientos a que el Grillo Cantor me llevó con asuntos como aquel del Cocuyito playero con su linterna de plata o el del pajarito que con alas plateadas nació a la hora misma en que las hadas cantaban su cantar, o al de la niña que, a solicitud de los pájaros, las flores y los árboles, decidió convertirse en cascada a fin de reinar sobre el bosque.


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