Revista de la Universidad de México
   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 46 | dicIEMBRE 2007 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
POESÍA DE GABILONDO SOLER A SUS CIEN AÑOS
Rubén Bonifaz Nuño
LEYENDA Y VERDAD. JULIO SCHERER
Juan Villoro
ÉTICA Y POLÍTICA
José Woldenberg
FERNANDO DEL PASO. PREMIO FIL DE LITERATURA 2007
Elena Poniatowska
JULIETA CAMPOS: MUJER Y ESCRITORA MÚLTIPLE
Ignacio Solares



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Leyenda y verdad.Julio Scherer

J u a n    V i l l o r o  

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Villoro
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Julio Scherer es una de las presencias fundamentales para el periodismo y la libertad de expresión en nuestro país. En este texto —leído el 4 de noviembre de 2007 en el Teatro Macedonio Alcalá, durante el homenaje que la Universidad Autónoma Benito Juárez, el pintor Francisco Toledo y la editorial Almadía rindieron a Julio Scherer— Juan Villoro, autor de Albercas, El disparo de argón y El testigo, entre otros, nos ofrece un esbozo del gran periodista mexicano.

En el año canónico de 1968, cuando Julio Scherer asumió la dirección de Excélsior, yo tenía doce años. Mi primera relación con el periodismo consistió en visitar la casa que rifaba “El periódico de la vida nacional”. A la distancia, me parece extraño que no tuviéramos otra diversión que ir a una casa que sólo por azar podía ser nuestra. Revisábamos las recámaras, los pisos relucientes, los grandes ventanales y el jardín como si aquel recinto entrañara una moral. En caso de que la suerte nos premiara, no sólo seríamos los felices propietarios de ese inmueble, sino que nos comportaríamos de otro modo. No me costó trabajo encontrar una habitación en la que me imaginé como el alumno modelo que nunca había sido, rodeado de amigos
que al fin dejarían de ser imaginarios.

No ganamos la casa de Excélsior. Nuestra insistente participación en las rifas sólo nos dio un módico asador de carnes, con una parrilla cuadriculada, como la que se hizo cargo del mártir san Lorenzo.

En los siguientes ocho años, de 1968 a 1976, el Excélsior de Julio Scherer se convirtió en uno de los principales diez periódicos del mundo. Crecí leyendo los artículos de Daniel Cosío Villegas, Miguel Ángel Granados Chapa, Heberto Castillo, Enrique Maza y Carlos Monsiváis, las caricaturas narrativas de Abel Quezada, las crónicas deportivas de Manuel Seyde y Ramón Márquez, los reportajes de José Reveles y Ricardo Garibay, los comentarios sobre cultura de José Emilio Pacheco y José de la Colina, los cables internacionales que resumían el mundo en un minuto. Además, el periódico ofrecía publicaciones adicionales de alta temperatura intelectual: Vicente Leñero se hacía cargo de Revista de Revistas, Octavio Paz de Plural e Ignacio Solares de Diorama de la Cultura.

No pensé que este periodismo era un milagro, pues carecía de antecedentes y puntos de comparación. Durante ocho años una obra maestra llegaba a la casa con el sencillo aspecto de un periódico. Mi padre colaboró durante algunos años en las páginas editoriales, sin reponerse del asombro de que Julio Scherer solicitara la opinión de un filósofo, pero tal vez recordando que Hegel, gran devorador de noticias y transitorio director de un diario, había dicho: “La lectura matutina del periódico es una suerte de plegaria realista”.


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