Revista de la Universidad de México
   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 46 | DICIEMBRE 2007 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
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Rubén Bonifaz Nuño
LEYENDA Y VERDAD. JULIO SCHERER
Juan Villoro
ÉTICA Y POLÍTICA
José Woldenberg
FERNANDO DEL PASO. PREMIO FIL DE LITERATURA 2007
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JULIETA CAMPOS: MUJER Y ESCRITORA MÚLTIPLE
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Leyenda y verdad. Julio Scherer
J u a n    V i l l o r o

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Julio Scherer con Abel Quezada y Gastón García Cantú al salir de Reforma
Julio Scherer con Abel Quezada y Gastón García Cantú al salir de Reforma 18 el 8 de
julio de 1976

Para mi generación, el Excélsior de Julio Scherer fue la universidad abierta en la que ni siquiera supimos que estábamos inscritos. Sólo en 1976, con el golpe orquestado por el presidente Luis Echeverría, entendimos que la destreza informativa, en apariencia tan natural como la rifa de una casa, había sido un excepcional acto de valentía y desacato al poder autoritario.

De acuerdo con Manuel Vázquez Montalbán, hay dos tipos de periodistas: los que trepan en un helicóptero, descienden en paracaídas a una selva, arriesgan la vida en la línea de fuego y regresan para ganar el premio Pulitzer, y los que escriben o corrigen artículos desde una sombría oficina saturada de humos y sospechas de mala muerte. Ambos son imprescindibles. Pero hay un tercer tipo de periodista, que acaso sólo encarna Julio Scherer, el que asume su vida como una misión gregaria, donde cada máquina de escribir depende de otra y transforma su carisma en recurso informativo. Alguien, en algún momento, debe ordenar que se detenga la rotativa y el periódico pierda millones de pesos a cambio de mejorar la primera plana, pero sobre todo, alguien debe descubrir el talento de los otros, olfatear las virtudes que el colega no ha advertido en sí mismo, revelarle que su oficio es una misión con una moral inquebrantable. Sí, alguien tiene que encabezar la cruzada o, si se quiere ser menos épico, asumir la dirección de la obra.

Aunque en una época ya inverosímil pasó por años formativos, a Julio Scherer ya sólo podemos verlo al frente del pelotón. Incluso en su momento de mayor desgracia, cuando tuvo que abandonar el edificio de Excélsior, las fotografías lo registran caminando con enjundia por Paseo de la Reforma. Su perfil de senador romano, ideal para adornar una moneda, sus pasos decididos, sus gestos todos, pertenecen a alguien que ya conoce las noticias del futuro y sabe que son los otros los que se fueron al carajo.

Las indicaciones de Scherer para entrar y salir de escena han alterado numerosas biografías. A Jorge Ibargüengoitia le habló para decirle: “Quiero que escriba de lo que le dé la gana”. A continuación, el novelista renovó la crónica con estampas sobre sus tías de Guanajuato, el tamaño de las banquetas de Coyoacán y las vacaciones de su sirvienta Eudoxia. La presencia de Ibargüengoitia en la página 7, dos días a la semana, se convirtió en paradigma literario y permitió que más tarde numerosos escritores entráramos al periodismo a desentrañar enigmas de lo cotidiano.

La entereza de Scherer se comprueba no sólo en su resistencia ante las presiones de los poderosos, sino en el respeto con que ha favorecido a sus subordinados. Como director, prefirió las voces de los otros y les buscó el espacio donde se expresaban mejor. El periodista de hierro entiende la razón como algo que está fuera de él y debe constatar. Por eso no le gusta que le hagan entrevistas: es él quien las hace. Tampoco busca ni suele aceptar homenajes, y educadamente resiste ahora estos elogios que en el fondo lo incomodan.

No pensé que este periodismo era un milagro, pues carecía de antecedentes y puntos de comparación. Durante ocho años una obra maestra llegaba a la casa con el sencillo aspecto de un periódico.

 

 

 

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