Revista de la Universidad de México
   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 46 | dicIEMBRE 2007 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
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LEYENDA Y VERDAD. JULIO SCHERER
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ÉTICA Y POLÍTICA
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JULIETA CAMPOS: MUJER Y ESCRITORA MÚLTIPLE
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Ética y política

J o s é   W o l d e n b e r g

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Woldenberg
Entrevista a José Woldenberg ver película :: ver
 

Lo primero que hay que agradecer al maestro Adolfo Sánchez Vázquez es la pulcritud de su razonamiento, la claridad expositiva y su capacidad pedagógica. Y junto a ello, el tratamiento iluminador de una dimensión despreciada por cínicos, pragmáticos y fanáticos: los lazos y tensiones entre la ética y la política.

I

El maestro Sánchez Vázquez inicia con una distinción conceptual para ubicar a las izquierdas y las derechas, para luego definir lo que entenderá por moral y por política. “Por moral entendemos una regulación normativa de los individuos consigo mismos, con los otros y con la comunidad. El cumplimiento, rechazo o transgresión de las normas morales ha de tener un carácter libre y responsable por parte de los sujetos individuales”, porque, en efecto, “la imposición externa o coercitiva —propia del derecho”—, es una cosa distinta. “Por política entendemos la actividad práctica de un conjunto de individuos que se agrupan, más o menos orgánicamente, para mantener, reformar o transformar el poder vigente con vistas a conseguir determinados fines u objetivos”.

Establecer así las relaciones entre una dimensión íntima (la moral) y la más pública de las actividades públicas (la política) será el recorrido conceptual que hará Adolfo Sánchez Vázquez. Se trata, dice, de una pulsión que viene de lejos y que no casualmente ha sido enarbolada lo mismo por movimientos de extrema derecha (como el fascismo) y de extrema izquierda (como el anarquismo).

Por el contrario, Adolfo Sánchez Vázquez reivindica la necesidad de la política, de la participación, y en particular de la política de izquierda, no como un fin en sí mismo, sino “como una palanca para realizar fines y valores”. Ahora bien, si toda política, por su propia naturaleza, se desdobla en dos dimensiones: la ideológica (“constituida por los fines que persigue y que considera valiosos”) y la “práctica-instrumental” (las acciones, los medios a los que recurre), suprimir su anudamiento o peor aún la escisión de cada una de esas dimensiones no puede sino conducir a un utopismo estéril (quien se estaciona sólo en la dimensión ideológica) o al pragmatismo cerril (quien sólo se ocupa de los medios).

De esa manera, si la política de izquierda a la que aspira el maestro Sánchez Vázquez,“ha de orientarse insoslayablemente a realizar ciertos valores” (la libertad, la justicia social, la dignidad humana, la igualdad real), no puede sino relacionarse con la dimensión moral. Dado que en efecto existe una política sin moral, coloquialmente llamada pragmática o realista y que termina por destruir a “la moral misma como esfera de la libertad, la responsabilidad y la dignidad”, y dado que también existe una moral sin política, aquélla que se reproduce en el mundo de las intenciones o los principios sin acercarse jamás a las consecuencias prácticas y que tiende a generar fanatismos y dogmatismos de toda índole, el llamado de Adolfo Sánchez Vázquez es a no aceptar ni el inmoralismo en la política ni a la moral sin política.

Así, sin perder su autonomía, pero buscando su interrelación, Sánchez Vázquez encuentra el contenido moral de la política en los fines que persigue pero también en los medios que ésta utiliza. Si los fines se absolutizan sin conjugarlos prácticamente con los medios (utopismo) o sin atender a las consecuencias de su aplicación (fanatismo), la política tiende a desvirtuarse, precisamente porque excluye a la moral. Y algo similar ocurre cuando se cree que todos los medios son legítimos para alcanzar los fines pretendidos. Cuando ello sucede, la inmoralidad acaba por teñir a toda la política.

 

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