Revista de la Universidad
   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 47 | ENERO 2008 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
UN HOMBRE DE LETRAS
Vicente Quirarte
EL DOCTOR FITZPATRICK
Hernàn Lara Zavala
MUJERES, NERVIOS, MADRID: ALMODÓVAR EN LA GRAN CIUDAD
Luis Fernández Cifuentes
HOMO RIDENS: UNA APOLOGÍA DE LA RISA
Paulina Rivero Weber
FRENTE AL FASCISMO: NUEVA YORK Y LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
James D. Fernández



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Homo ridens: una apología de la risa

  P a u l i n a    R i v e r o    W e b e r  

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La risa es el antídoto para la melancolía. Al homo sapiens (el que piensa), al homo ludens (el que juega) de Huizinga o al homo faber (el que hace) de Max Frisch, Paulina Rivero Weber —autora de Se busca heroína, que reseñamos en este mismo número— nos ofrece ahora su complemento necesario: el hombre que ríe.

Para Marcela, por su risa

Es común considerar que existen ciertos “problemas filosóficos” en los que la filosofía siempre se detiene. Pero ésa es una verdad a medias, porque en realidad no existen “los” problemas filosóficos: cualquier problema, cualquier tema u objeto, es susceptible de ser analizado filosóficamente. Porque la filosofía es una cierta mirada, de la que surge un cierto discurso, con un cierto método en el sentido griego de meta (fin, meta) y odós (camino): un camino hacia una meta que expone el pensar. Pero de manera contraria a esta idea, a lo largo de la historia de la filosofía han existido temas y problemas que han quedado casi en el olvido por considerarse “poco filosóficos”. En su libro sobre María Zambrano,1 Greta Rivara hace hincapié en ello: la demanda de esa filósofa española radica en que muchos temas de fundamental importancia para la filosofía y para la vida fueron relegados por considerarse “poco filosóficos”. En esa especie de miopía filosófica, esos temas difíciles de abordar de manera sistemática encontraron refugio en la literatura filosófica y en la poesía. Y, sin embargo, pensadores hermeneutas como Nietzsche, Heidegger o Gadamer mostrarán que en efecto se puede filosofar, y hacerlo bien, sobre cualquier cosa cuando se sabe hacerlo.2

Entre esos temas casi olvidados por esa mala madre que ha sido la filosofía occidental, la risa tiene el primerísimo lugar. Los pocos filósofos que hablaron de ella durante los primeros dos milenios de la filosofía, lo hicieron casi siempre para infravalorarla, aunque la gran mayoría simplemente la ignoraron. Y esto no deja de ser absurdo pues, como lo muestra Peter Berger en su obra sobre la risa,3 la historia de la filosofía occidental, que inicia con Tales de Mileto, comienza precisamente con el enfrentamiento entre el pensar y la risa: el pensar de Tales de Mileto y la risa de una esclava tracia. En efecto en Teeteto, el Sócrates platónico nos cuenta que:

Estando ocupado Tales en la astronomía y mirando a lo alto, cayó un día en un pozo, y que una sirvienta de Tracia, de espíritu despierto y burlón, se rió, diciendo que quería saber lo que pasaba en el cielo y se olvidaba de lo que tenía frente a sí y ante sus pies.4

Berger se pregunta si existe algún motivo para que la sonriente sirvienta fuese originaria de Tracia. Su respuesta a esa pregunta, apenas intuida y poco desarrollada en su texto, no podría ser más fundamental: para Platón, Tracia era la región donde se situaba el origen del culto al dios Dioniso, el dios de los instintos y de todos los aspectos no racionales del ser humano. De ahí que la clásica anécdota de Tales de Mileto contrapondría al proto-filósofo racional y al proto-cómico dionisiaco, a través de la imagen de la seriedad de Tales y la risa de la esclava tracia. Quedémonos con esta sugerencia, pues tendremos oportunidad de regresar a esta incisiva y nietzscheana intuición de Berger más adelante.

La risa

Distingamos antes “lo cómico” de la facultad humana de percibirlo y de la risa en sí. La comedia es un género del teatro dramático que se fundamenta en lo cómico, pero una cosa es lo cómico y otra cosa es el sentido del humor, que es la capacidad humana para percibir algo como cómico o gracioso. La risa es la expresión de esa capacidad e implica, y eso es lo que aquí quiero mostrar, un salto fuera de la cotidianidad provocado por aquello que se ha percibido como gracioso. Aquí me propongo reflexionar sobre las implicaciones existenciales de esa risa que provoca salir de la mirada cotidiana y facilita una perspectiva diferente de un mismo evento y, por lo mismo, puede jugar un papel similar al que ha tenido la obra de arte en los pensamientos de Nietzsche y Heidegger.5

Primeramente notemos que existen muy diferentes tipos de risa: la risa no “es” algo particular, lo que la risa es depende de aquel que ríe. Desde la risa inducida por medio de las cosquillas hasta la risa causada por una buena broma, hay una gran diferencia. Existe también la risa sádica que se mofa del individuo en desgracia: contra ella hablaba Platón. Existe la risa burlona, la cual generalmente oculta envidias y complejos sentimientos. Pero existe también —y ésa es la clave— la risa que es explosión de una alegría vital; las personas con tendencia a reír de esta manera son más vitales que las que no ríen. Y en este escrito me interesa reflexionar únicamente sobre la risa que es producto de esa capacidad de reír, producto del sentido del humor ante una situación indolora e inofensiva , o incluso ante una situación dolorosa para el propio individuo, pero a la vez irremediable, como lo puede ser una enfermedad. Me interesa reflexionar y revalorar este tipo de risa porque ella es indicativa de una cierta facultad para vivir la vida en el marco de lo que el siempre amado Baruj Spinoza llamó la laetitia: la alegría.6 El fin último de toda Ética era para Spinoza, la alegría: nada bueno surge del dolor o de la tristeza. Lo sano es la alegría, y con ella, la risa. Y sin embargo hasta antes de ese maravilloso judío cosmopolita del siglo XVII, la risa fue vista con un desprecio inaudito, vergonzoso para la filosofía misma.

El inicio del deprecio podríamos ubicarlo en el Filebo de Platón, donde concluye que la risa es un vicio, en el cual se ve mermado el dominio de la psique sobre el cuerpo. En La república, el mismo filósofo había condenado la risa violenta, esto es, la carcajada, por ser algo inconveniente, obsceno y perturbador. Aristóteles no se queda atrás y repite una variante de la valoración platónica de la risa: ésta es una mueca de fealdad que deforma el rostro y desarticula la voz. Así, en Occidente las primeras interpretaciones filosóficas de la risa la dejan como un mal indigno de la humanidad. Huelga decir que los padres de la Iglesia tampoco la valoraron en gran medida. Quizá baste con recordar al evangelista Lucas al asegurar que quienes ríen ahora, llorarán después (Lucas, 6, 25) o la sempiterna afirmación de la vida como “un valle de lágrimas”.7


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