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Sergio Pitol ha combinado con sabiduría y pasión la creación
literaria y la labor del traductor. La escritora Rosa Beltrán aborda
esta faceta poco estudiada del gran autor veracruzano.
Para muchos autores, incluido Borges, el problema de
la traducción se inicia con aquel pastor de ovejas que
preguntó a Dios Su Nombre y recibió la siguiente respuesta:
Soy El Que Soy. Desde luego, la frase es impecable;
difícilmente podemos imaginar una respuesta
más convincente, aunque tampoco más ambigua. Por
otra parte, no es de extrañar, viniendo de Dios, que al
ser cuestionado respondiera y no; mucho menos ha de
sorprendernos que la respuesta fuera, como es, impenetrable.
Las razones que sabios y filósofos han dado
son muchas. Una muy convincente es la de creer que
no hubo respuesta; que lo que Dios dijo fue una forma
de eludir la pregunta. Otra es pensar que tal como afirman
las antiguas culturas, tener el nombre es tener al
otro en tu poder, y que de ser así, Moisés habría preguntado
a Dios cómo se llamaba por una curiosidad
que excedía el puro interés ontológico y habría recibido
a cambio un enigma. Yo en cambio, escéptica como
soy, a veces me inclino por pensar que Dios dijo en realidad
otra cosa y en mis noches de irremediable agnosticismo
me da por pensar que mi falta de fe se debe sin
duda a una mala traducción.
“Soy el Que Soy”.
¿Por qué la tautología? ¿Por qué la traducción literal?
¿Por qué la falta de arrestos de Moisés para intentar
una interpretación?
Nadie ignora que una traducción es en sí misma una
forma de creación cercada por límites quizá más rígidos
que los que impone la escritura original de una obra y
que cualquier error es una traición a algo que va más allá
de la obra misma. Traducir mal es traicionar la fe de un
lector que puede perderse para siempre; no es sólo atentar
contra una creación sino contra el espíritu de una época.
Cada traductor, dice Pitol, hace su propia versión y tiene
su propio método. Traducir poesía es una de las tareas
más difíciles que se pueden enfrentar. Hay que conocer
perfectamente al traducido, sus creencias, su modo de
vida, sus giros específicos en el idioma, hasta su carácter.
Es éste mi método: traduzco no del idioma, traduzco desde
el poeta. También admito que con profundo respeto por el
traducido es inevitable que el resultado en español al fin
y al cabo sea un poema a cuatro manos, escrito por mí y
por el traducido. En otras palabras, éste es “mi” Ungaretti,éste es “mi” Montale, éste es “mi” Quasimodo.
Por El arte de la fuga y por declaraciones vertidas
aquí y allá sabemos que Pitol inició su trabajo como
traductor a raíz de un viaje a Europa que le llevaría
veintiocho años, los mismos que tenía cuando se fue de
México. Sabemos que tradujo a Henry James, a Pilniak,
a Conrad, a Jane Austen, a Ford Madox Ford, a Bassani,
a Vittorini; sabemos que a partir de 1967 nos trajo
a muchos de los principales autores centroeuropeos, al
húngaro Tibor Déry, y a los polacos Andrzejwski,
Iwaszkiewics y al imprescindible Go m browicz, lo mismo
que a Bruno Shulz y aun al chino Lu Hsun, autor del
Diario de un loco, entre muchos otros.
Del periplo inicial que duró doce años, antes de
incorporarse al servicio diplomático, datan sus primeras
traducciones. En 1961, traducir es al principio una
manera de ganarse la existencia. Pero es al mismo tiempo
la única forma de mantenerse vinculado a la lengua
nueva y a la que deja. Empieza ya entonces a haber una
línea sutil que conecta ambos idiomas: el del viaje a
otros mundos y el viaje interior a través de éstos. No
traicionar ni traicionarse: ser fiel al original, sea éste su
propio impulso o la obra del autor que va a enseñarle,
oyéndolo, a oírse en sus primeras, definitivas líneas.
Dice Pitol:
Yo me sentía arrinconado en México; contraje aquel virus
(el del viaje), vendí casi todos mis libros y algunos cuadros,
y me lancé al camino. A mediados de junio me embarqué
en Veracruz y crucé el océano. Estuve unas cuantas semanas
en Londres, unos días en París y al final me instalé
en Roma. Igual que a Cervantes me pareció llegar a la capital
indiscutible del Universo Mundo. Llegué a Italia sin
saber decir “ciao”. Lo aprendí, el italiano, con Montale, con
Quasimodo y con Ungaretti, con Moravia, con Pavese y
hasta con el Dante. Con toda la maravillosa literatura italiana.
Así comencé a leerlos en el original y a darme cuenta
de que las viejas traducciones compradas lustros atrás en
Buenos Aires no se compadecían con la verdad, que tenían
graves errores. Una mañana, en las afueras de Roma, bajo
una inclemente nevada, tomé la decisión y Salvatore Quasimodo,
el poeta de la isla convertida en país inocente, se
me planteó como primer problema. Había giros sicilianos
y griegos en aquella poesía, pero armado de gruesos diccionarios
también desentrañé aquellas palabras. Siguió
Un garetti y ya había descubierto que era la poesía hermética
lo que me interesaba. Finalmente entré con Montale, reconociendo su grandeza.
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