NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 50 | ABRIL 2008 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
FIGURAS FEMENINAS EN LA ESCRITURA DE SERGIO FERNÁNDEZ
Anamari Gomís
PITOL TRADUCTOR
Rosa Beltrán
DE JOYCE, STEPHEN Y UNA NÍNFULA
José de la Colina
VUELTA A RUBÉN DARIO
Julio Ortega



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Fecha de última actualización septiembre 2007

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Pitol traductor

R o s a    B e l t r á n  

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Sergio Pitol ha combinado con sabiduría y pasión la creación literaria y la labor del traductor. La escritora Rosa Beltrán aborda esta faceta poco estudiada del gran autor veracruzano.

Para muchos autores, incluido Borges, el problema de la traducción se inicia con aquel pastor de ovejas que preguntó a Dios Su Nombre y recibió la siguiente respuesta: Soy El Que Soy. Desde luego, la frase es impecable; difícilmente podemos imaginar una respuesta más convincente, aunque tampoco más ambigua. Por otra parte, no es de extrañar, viniendo de Dios, que al ser cuestionado respondiera y no; mucho menos ha de sorprendernos que la respuesta fuera, como es, impenetrable. Las razones que sabios y filósofos han dado son muchas. Una muy convincente es la de creer que no hubo respuesta; que lo que Dios dijo fue una forma de eludir la pregunta. Otra es pensar que tal como afirman las antiguas culturas, tener el nombre es tener al otro en tu poder, y que de ser así, Moisés habría preguntado a Dios cómo se llamaba por una curiosidad que excedía el puro interés ontológico y habría recibido a cambio un enigma. Yo en cambio, escéptica como soy, a veces me inclino por pensar que Dios dijo en realidad otra cosa y en mis noches de irremediable agnosticismo me da por pensar que mi falta de fe se debe sin duda a una mala traducción.

“Soy el Que Soy”.
¿Por qué la tautología? ¿Por qué la traducción literal?
¿Por qué la falta de arrestos de Moisés para intentar
una interpretación?

Nadie ignora que una traducción es en sí misma una forma de creación cercada por límites quizá más rígidos que los que impone la escritura original de una obra y que cualquier error es una traición a algo que va más allá de la obra misma. Traducir mal es traicionar la fe de un lector que puede perderse para siempre; no es sólo atentar contra una creación sino contra el espíritu de una época.

Cada traductor, dice Pitol, hace su propia versión y tiene su propio método. Traducir poesía es una de las tareas más difíciles que se pueden enfrentar. Hay que conocer perfectamente al traducido, sus creencias, su modo de vida, sus giros específicos en el idioma, hasta su carácter. Es éste mi método: traduzco no del idioma, traduzco desde el poeta. También admito que con profundo respeto por el traducido es inevitable que el resultado en español al fin y al cabo sea un poema a cuatro manos, escrito por mí y por el traducido. En otras palabras, éste es “mi” Ungaretti,éste es “mi” Montale, éste es “mi” Quasimodo.

Por El arte de la fuga y por declaraciones vertidas aquí y allá sabemos que Pitol inició su trabajo como traductor a raíz de un viaje a Europa que le llevaría veintiocho años, los mismos que tenía cuando se fue de México. Sabemos que tradujo a Henry James, a Pilniak, a Conrad, a Jane Austen, a Ford Madox Ford, a Bassani, a Vittorini; sabemos que a partir de 1967 nos trajo a muchos de los principales autores centroeuropeos, al húngaro Tibor Déry, y a los polacos Andrzejwski, Iwaszkiewics y al imprescindible Go m browicz, lo mismo que a Bruno Shulz y aun al chino Lu Hsun, autor del Diario de un loco, entre muchos otros.

Pitol 01
 

 

Del periplo inicial que duró doce años, antes de incorporarse al servicio diplomático, datan sus primeras traducciones. En 1961, traducir es al principio una manera de ganarse la existencia. Pero es al mismo tiempo la única forma de mantenerse vinculado a la lengua nueva y a la que deja. Empieza ya entonces a haber una línea sutil que conecta ambos idiomas: el del viaje a otros mundos y el viaje interior a través de éstos. No traicionar ni traicionarse: ser fiel al original, sea éste su propio impulso o la obra del autor que va a enseñarle, oyéndolo, a oírse en sus primeras, definitivas líneas. Dice Pitol:

Yo me sentía arrinconado en México; contraje aquel virus (el del viaje), vendí casi todos mis libros y algunos cuadros, y me lancé al camino. A mediados de junio me embarqué en Veracruz y crucé el océano. Estuve unas cuantas semanas en Londres, unos días en París y al final me instalé en Roma. Igual que a Cervantes me pareció llegar a la capital indiscutible del Universo Mundo. Llegué a Italia sin saber decir “ciao”. Lo aprendí, el italiano, con Montale, con Quasimodo y con Ungaretti, con Moravia, con Pavese y hasta con el Dante. Con toda la maravillosa literatura italiana. Así comencé a leerlos en el original y a darme cuenta de que las viejas traducciones compradas lustros atrás en Buenos Aires no se compadecían con la verdad, que tenían graves errores. Una mañana, en las afueras de Roma, bajo una inclemente nevada, tomé la decisión y Salvatore Quasimodo, el poeta de la isla convertida en país inocente, se me planteó como primer problema. Había giros sicilianos y griegos en aquella poesía, pero armado de gruesos diccionarios también desentrañé aquellas palabras. Siguió Un garetti y ya había descubierto que era la poesía hermética lo que me interesaba. Finalmente entré con Montale, reconociendo su grandeza.



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