NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 50 | ABRIL 2008 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
FIGURAS FEMENINAS EN LA ESCRITURA DE SERGIO FERNÁNDEZ
Anamari Gomís
PITOL TRADUCTOR
Rosa Beltrán
DE JOYCE, STEPHEN Y UNA NÍNFULA
José de la Colina
VUELTA A RUBÉN DARIO
Julio Ortega



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Fecha de última actualización septiembre 2007

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De Joyce, Stephen y una nínfula

J o s é    d e    l a    C o l i n a  

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[UNA MUCHACHA ANTE EL MAR]

Una muchacha estaba ante él, en medio de la corriente, mirando sola y tranquila mar afuera. Parecía que un arte mágico le diera la apariencia de un ave de mar bella y extraña. Sus piernas, desnudas y largas, eran esbeltas como las de una grulla y sin mancha, salvo allí donde el rastro esmeralda de un alga de mar se había quedado prendido como un signo sobre la carne. Los muslos, más llenos y de suaves matices de marfil, estaban desnudos casi hasta la cadera, donde las puntillas blancas de los calzones fingían un juego de plumaje suave y blanco. La falda, de un azul pizarra, la llevaba despreocupadamente recogida hasta la cintura y por detrás colgaba como la cola de una paloma. Su pecho era como el de un ave, liso y delicado, delicado y liso como el de una paloma de plumaje oscuro. Pero el largo cabello rubio era el de una niña; y de niña, y sellado con el prodigio de la belleza mortal, su rostro.

James Joyce

 

Estaba sola e inmóvil mirando mar adentro, y cuando sintió la presencia y la adoración de los ojos de Stephen, los suyos se volvieron hacia él, soportando tranquilamente aquella mirada, ni vergonzosos ni provocativos. Estuvo así largo tiempo, largo tiempo, largo tiempo, y luego, imperturbable, retiró sus ojos de los de él y, dirigiéndolos hacia la corriente, se puso a menear despacito el agua, acá y allá con los pies. El primer rumor del agua dulcemente removida rompió el silencio, suave, tenue, susurrante, tenue como las campanas de un ensueño. Acá y allá, acá y allá. Y una llamita imperceptible temblaba en las mejillas de la muchacha.

—¡Dios del cielo! —exclamó el alma de Stephen en un estallido de pagana alegría. Se apartó súbitamente de ella y echó a andar playa adelante. Tenía las mejillas encendidas; el cuerpo, como una brasa; le temblaban los miembros. Y avanzó adelante, adelante, playa afuera, cantándole un canto salvaje al mar, voceando para saludar el advenimiento de la vida, cuyo llamamiento acababa de recibir.

(Traducción de Alfonso Donado)

James Joyce, como Flaubert, como Mallarmé, como Proust, como Thomas Wolfe, encarna el mito del escritor heroico: el escritor que, contra la vida cotidiana, en todo lo queésta puede significar de pequeñas pero absorbentes servidumbres, y, en su caso, de lucha contra grandes estorbos y conflictos personales (defectuosa y degenerativa vista que llegaría hasta la ceguera, penoso exilio o más bien autoexilio respecto de su amada / odiada Irlanda, arduos trabajos pedagógicos meramente alimenticios, conflictos con las editoriales y las censuras, etcétera), dedica su existencia a la escritura y a la busca de una obra como un cosmos verbal: Ulysses (Ulises), libro cuyo asunto es veinticuatro horas de la vida de Leopold Bloom, ciudadano de Dublín, ciudad natal de Joyce, de la que éste, constante fugitivo de ella, podría haber dicho parafraseando a Jules Renard: “Mi ciudad es el centro del mundo, porque el centro del mundo está en cualquier parte”. El Ulises (dicho sea sin cursivas como decimos el Quijote) es un universo de voces, sonidos, ruidos, imágenes y personajes mayores y menores que van en busca de ese Eterno Femenino joyciano: la nocturna y monologante Molly Bloom.

En un libro anterior, A Portrait of the Artist as a Young Man (que gracias a su primer traductor al español, Alfonso Donado, conocemos como El artista adolescente), Joyce había escrito una autobiografía apenas novelada en la que el heroico artífice se proclama como en un manifiesto vital y estético (“Salgo a buscar por millonésima vez la re alidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza”) y en una página de prosa con intensa vocación lírica levanta esta bella, palpitante, casi aleteante figura de jeune fille en fleur.

“Mi ciudad es el centro del mundo, porque el centro del mundo está en cualquier parte”.