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[UNA MUCHACHA ANTE EL MAR]
Una muchacha estaba ante él, en medio de
la corriente, mirando sola y tranquila mar
afuera. Parecía que un arte mágico le diera
la apariencia de un ave de mar bella y extraña.
Sus piernas, desnudas y largas, eran esbeltas
como las de una grulla y sin mancha,
salvo allí donde el rastro esmeralda de un alga
de mar se había quedado prendido como un
signo sobre la carne. Los muslos, más llenos y
de suaves matices de marfil, estaban desnudos
casi hasta la cadera, donde las puntillas
blancas de los calzones fingían un juego de
plumaje suave y blanco. La falda, de un azul
pizarra, la llevaba despreocupadamente recogida hasta la cintura y por detrás colgaba como
la cola de una paloma. Su pecho era como el
de un ave, liso y delicado, delicado y liso como
el de una paloma de plumaje oscuro. Pero el
largo cabello rubio era el de una niña; y de
niña, y sellado con el prodigio de la belleza
mortal, su rostro.
Estaba sola e inmóvil mirando mar adentro, y cuando sintió la presencia y la adoración
de los ojos de Stephen, los suyos se volvieron
hacia él, soportando tranquilamente
aquella mirada, ni vergonzosos ni provocativos. Estuvo así largo tiempo, largo tiempo,
largo tiempo, y luego, imperturbable, retiró
sus ojos de los de él y, dirigiéndolos hacia la
corriente, se puso a menear despacito el agua,
acá y allá con los pies. El primer rumor del
agua dulcemente removida rompió el silencio,
suave, tenue, susurrante, tenue como las
campanas de un ensueño. Acá y allá, acá y
allá. Y una llamita imperceptible temblaba
en las mejillas de la muchacha.
—¡Dios del cielo! —exclamó el alma de
Stephen en un estallido de pagana alegría.
Se apartó súbitamente de ella y echó a andar
playa adelante. Tenía las mejillas encendidas;
el cuerpo, como una brasa; le temblaban
los miembros. Y avanzó adelante, adelante,
playa afuera, cantándole un canto salvaje al
mar, voceando para saludar el advenimiento
de la vida, cuyo llamamiento acababa de
recibir.
(Traducción de Alfonso Donado)
James Joyce, como Flaubert, como Mallarmé,
como Proust, como Thomas Wolfe, encarna
el mito del escritor heroico: el escritor
que, contra la vida cotidiana, en todo lo queésta puede significar de pequeñas pero absorbentes
servidumbres, y, en su caso, de
lucha contra grandes estorbos y conflictos
personales (defectuosa y degenerativa vista
que llegaría hasta la ceguera, penoso exilio o
más bien autoexilio respecto de su amada /
odiada Irlanda, arduos trabajos pedagógicos
meramente alimenticios, conflictos con las
editoriales y las censuras, etcétera), dedica
su existencia a la escritura y a la busca de una
obra como un cosmos verbal: Ulysses (Ulises),
libro cuyo asunto es veinticuatro horas de la
vida de Leopold Bloom, ciudadano de Dublín,
ciudad natal de Joyce, de la que éste,
constante fugitivo de ella, podría haber dicho
parafraseando a Jules Renard: “Mi ciudad
es el centro del mundo, porque el centro
del mundo está en cualquier parte”. El
Ulises (dicho sea sin cursivas como decimos
el Quijote) es un universo de voces,
sonidos, ruidos, imágenes y personajes mayores
y menores que van en busca de ese
Eterno Femenino joyciano: la nocturna y
monologante Molly Bloom.
En un libro anterior, A Portrait of the
Artist as a Young Man (que gracias a su primer traductor al español, Alfonso Donado,
conocemos como El artista adolescente), Joyce había escrito una autobiografía
apenas novelada en la que el heroico artífice
se proclama como en un manifiesto vital
y estético (“Salgo a buscar por millonésima
vez la re alidad de la experiencia y a forjar en
la fragua de mi espíritu la conciencia increada
de mi raza”) y en una página de prosa
con intensa vocación lírica levanta esta bella,
palpitante, casi aleteante figura de jeune fille
en fleur.
“Mi ciudad es el centro del mundo,
porque el centro del mundo está
en cualquier parte”.
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