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La figura evanescente y huidiza de la mujer alcanza en la obra
de Sergio Fernández —Premio Nacional de Ciencias y Artes
2007— la densidad del mito. Bette Davis, Vivien Leigh, Katherine
Hepburn, Marlene Dietrich, entre otras divas, aparecen en
algunas de las páginas de su libro La realidad de un simulacro:
el cine. Anamari Gomís aborda en este texto las diversas metamorfosis de las mujeres en la obra del escritor mexicano.
Debo confesar que el título de este trabajo: “Figuras femeninas
en la escritura de Sergio Fernández” fue, de mi
parte, una pequeña trampa, porque en la obra entera del
doctor Fernández, la ensayística y la narrativa, se agita
la imagen de la mujer. No de la mujer como un arquetipo
sino de las muchas mujeres que pueden ser ciertas
mujeres y no otras. Desde luego, se trata de las que escoge
Sergio Fernández, ya sea a partir de la literatura o de la
pantalla cinematográfica o aquéllas que le han dejado
una huella, aunque sea fugaz, y entonces pasan a formar
parte de los desfiguros de su corazón, cosa que no es una
forma de hablar sino un extraordinario anecdotario que,
espero, Sergio no deje de escribir nunca, llámese Todo
para los dioses o lo que él quiera.
Escribe Sergio Fernández en su libro La realidad de
un simulacro: el cine:
Se dirá que tengo especial atracción por ellas —las mujeres—, como se ve en mi libro Retratos del fuego y la ceniza, escrito por allá en 1968; eso se dirá y no sin razón. Me
llaman la atención por anfitriónicas, por hegemónicas,
por contener una fuerza interior que las impele a lo que
sea, ya que son transformistas y hacen en la vida lo que un
hombre no se atre ve jamás. Me refiero a su permanente
travestimiento, sexual o no sexual aunque la apariencia sea
de algo sólido, como un cuerpo entregado a otro cuerpo
en plena cópula… si la cópula cumple su misión. 1
Es decir, que no se trata de una naturaleza femeninaúnica, de existir ésta, lo que atrae al escritor de las novelas
Los peces y Segundo sueño, entre otras creaciones novelísticas.
A Sergio Fernández le despiertan interés dos condiciones
extraordinarias que son el travestimiento, comoél lo llama, y la transgresión. Para él, un actor como John
Wayne, por su “plombíneo machismo”, resulta “el héroe
yanqui tradicional al que aplasta Mae West con su viril
presencia”. Más allá de la supuesta “virilidad”2 de Mae
West, lo que interesa a Sergio Fernández es el empuje irreverente
de la diva, quien, como una diosa del Olimpo,
hace lo que le da la gana, sin los arrebatos furiosos de
Hera. Mae West se torna en una invitación al encuentro
sexual, no nada más por sus atributos físicos sino por el
código maestro de su lenguaje, de su forma de decir lo
que quiere decir y en esto radica su travestismo. La realidad
de un simulacro: el cine omite, por falta de espacio,
a la tríada de rubias platinadas que impregnaron al cine
hollywoodense de un encanto, cada una en su estilo,
inimitable. A saber: Jean Harlow, Mae West y Marilyn
Monroe. Ya el escritor estadounidense Truman Capote
le dedicó a la Monroe un profuso texto, lo mismo que
Norman Mailer, quien resultó el primero en acusar a la
CIA como victimaria de la actriz de Los hombres las prefieren
rubias.
Pero vuelvo a Sergio Fernández que sólo piensa en el
fenómeno gestual que presentan las divas, las que lo son
en serio. Como todos sabemos aquí, el territorio de lo
esencialmente literario es consustancial al autor de Los
desfiguros de mi corazón. Su casa tiene el nombre de Los
empeños y el mundo, para él, posee como paradigma a
la literatura. Los asuntos de su vida son como los percibieron
Proust, la Woolf, Cervantes o el Dante. Escritor
de una narrativa difícil, que ejemplifica al nuevo
barroco latinoamericano que tanto fascinó a los escritores
cubanos Se vero Sarduy y José Lezama Lima, Sergio
Fernádez ha fatigado, como diría Borges, la novela, lo
anecdótico, el ensayo, el libro de viajes y en todos ha
plasmado un estilo tan propio que su obra entera, heterogénea
siempre, mantiene, sin embargo, una huella
indeleble. En el caso específico de La realidad de un
simulacro... creo que Fernández, además de su prosa
extraordinaria, ha inventado un género, como sucedió
con sus “desfiguros”, porque ¿quién, si no él, puede
escribir un libro de cuatrocientas páginas en el que se
posesiona de la personalidad esplendente de un cúmulo
de estrellas cinematográficas, por medio de un análisis
muy sui generis, que las convierte en un retrato en
pleno movimiento, y además las vuelve pura literatura?
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Bette Davis con Paul Henreid en Une femme cherche son destin, 1942 |
En este libro se aborda la gesticulación, la mímica, el
guiño estilizado de catorce divas sobresalientes de la cinematografía
mundial. No hace referencia a la vida de
ninguna de ellas ni a sus escándalos ni a sus secretos revelados.
Al escritor Sergio Fernández no le importa si
Marilyn Monroe se suicidó o la mandaron matar porque
sabía demasiado. De manera estricta, pero proliferante,
estudia a las estrellas del cine durante la actuación, se
prenda de sus ademanes, percibe cada uno de sus aspavientos,
captura todas sus miradas y finalmente sustrae la
sustancia que las torna en divas y se lo muestra al lector.
La escritura, por lo tanto, funge como cámara de cine que
realiza intensos close ups o long shots significativos. La memoria
del autor y su pasión por las películas de divas divinas
sumergen al que lo lee en una estratagema parecida
a la de La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, ya
que esto que leemos se transforma en un filme proyectado
por la escritura. De tal manera, como sucede en el
libro de Bioy, la película se repite tantas veces como uno
desee volver al texto. Allí está Bette Davis, la preferida,
luciendo su talento de actriz sensible y neurótica en la
película La carta. El director, para Sergio Fernández, no
resulta relevante, porque es él, Sergio, quien produce y
dirige la película, centrada en el genio de la Davis, en sus
ojos: Bette Davis’ eyes, como iba la canción de los ochenta.
Todo esto se logra a partir del lenguaje desenfrenado, pero preciso, de Sergio Fernández, de ese estilo suyo que
afirma y niega al mismo tiempo, pleno de paradojas como
el de sor Juana, que pervierte el orden lógico del lenguaje
y que tan bien encaja con el simulacro. Él dice de
Bette Davis lo siguiente:
Por su parte, ella se apodera de nuestro sentido común,
para a cambio dejarnos una oquedad. Ésta se llena —como
una vasija de un líquido deseado— de capas superpuestas,
todas luminosas, que nos presionan para creer a pie juntillas,
que en la pantalla la existencia es cierta, doble engaño
de los sentidos en cuanto la vida en sí misma —según el
hinduismo— es imagen. 3
Lo mismo sucede con la escritura del adorador de
las divas. También llena una vasija con el líquido deseado,
sólo que aquí las capas superpuestas son muchas: una
película que antes fue guión y que Sergio rehace, predicando
de los actores y de las historias y fijando toda su
atención en la protagonista. Nada más irreal y nada más
seductor. Lo del doctor Fernández siempre es un proceso
alquímico.
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