NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 50 | ABRIL 2008 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
FIGURAS FEMENINAS EN LA ESCRITURA DE SERGIO FERNÁNDEZ
Anamari Gomís
PITOL TRADUCTOR
Rosa Beltrán
DE JOYCE, STEPHEN Y UNA NÍNFULA
José de la Colina
VUELTA A RUBÉN DARIO
Julio Ortega



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Fecha de última actualización septiembre 2007

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Figuras femeninas en la escritura de Sergio Fernández

A n a m a r i    G o m í s  

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La figura evanescente y huidiza de la mujer alcanza en la obra de Sergio Fernández —Premio Nacional de Ciencias y Artes 2007— la densidad del mito. Bette Davis, Vivien Leigh, Katherine Hepburn, Marlene Dietrich, entre otras divas, aparecen en algunas de las páginas de su libro La realidad de un simulacro: el cine. Anamari Gomís aborda en este texto las diversas metamorfosis de las mujeres en la obra del escritor mexicano.

Debo confesar que el título de este trabajo: “Figuras femeninas en la escritura de Sergio Fernández” fue, de mi parte, una pequeña trampa, porque en la obra entera del doctor Fernández, la ensayística y la narrativa, se agita la imagen de la mujer. No de la mujer como un arquetipo sino de las muchas mujeres que pueden ser ciertas mujeres y no otras. Desde luego, se trata de las que escoge Sergio Fernández, ya sea a partir de la literatura o de la pantalla cinematográfica o aquéllas que le han dejado una huella, aunque sea fugaz, y entonces pasan a formar parte de los desfiguros de su corazón, cosa que no es una forma de hablar sino un extraordinario anecdotario que, espero, Sergio no deje de escribir nunca, llámese Todo para los dioses o lo que él quiera.


Escribe Sergio Fernández en su libro La realidad de un simulacro: el cine:

Se dirá que tengo especial atracción por ellas —las mujeres—, como se ve en mi libro Retratos del fuego y la ceniza, escrito por allá en 1968; eso se dirá y no sin razón. Me llaman la atención por anfitriónicas, por hegemónicas, por contener una fuerza interior que las impele a lo que sea, ya que son transformistas y hacen en la vida lo que un hombre no se atre ve jamás. Me refiero a su permanente travestimiento, sexual o no sexual aunque la apariencia sea de algo sólido, como un cuerpo entregado a otro cuerpo en plena cópula… si la cópula cumple su misión. 1

Es decir, que no se trata de una naturaleza femeninaúnica, de existir ésta, lo que atrae al escritor de las novelas Los peces y Segundo sueño, entre otras creaciones novelísticas. A Sergio Fernández le despiertan interés dos condiciones extraordinarias que son el travestimiento, comoél lo llama, y la transgresión. Para él, un actor como John Wayne, por su “plombíneo machismo”, resulta “el héroe yanqui tradicional al que aplasta Mae West con su viril presencia”. Más allá de la supuesta “virilidad”2 de Mae West, lo que interesa a Sergio Fernández es el empuje irreverente de la diva, quien, como una diosa del Olimpo, hace lo que le da la gana, sin los arrebatos furiosos de Hera. Mae West se torna en una invitación al encuentro sexual, no nada más por sus atributos físicos sino por el código maestro de su lenguaje, de su forma de decir lo que quiere decir y en esto radica su travestismo. La realidad de un simulacro: el cine omite, por falta de espacio, a la tríada de rubias platinadas que impregnaron al cine hollywoodense de un encanto, cada una en su estilo, inimitable. A saber: Jean Harlow, Mae West y Marilyn Monroe. Ya el escritor estadounidense Truman Capote le dedicó a la Monroe un profuso texto, lo mismo que Norman Mailer, quien resultó el primero en acusar a la CIA como victimaria de la actriz de Los hombres las prefieren rubias.

Pero vuelvo a Sergio Fernández que sólo piensa en el fenómeno gestual que presentan las divas, las que lo son en serio. Como todos sabemos aquí, el territorio de lo esencialmente literario es consustancial al autor de Los desfiguros de mi corazón. Su casa tiene el nombre de Los empeños y el mundo, para él, posee como paradigma a la literatura. Los asuntos de su vida son como los percibieron Proust, la Woolf, Cervantes o el Dante. Escritor de una narrativa difícil, que ejemplifica al nuevo barroco latinoamericano que tanto fascinó a los escritores cubanos Se vero Sarduy y José Lezama Lima, Sergio Fernádez ha fatigado, como diría Borges, la novela, lo anecdótico, el ensayo, el libro de viajes y en todos ha plasmado un estilo tan propio que su obra entera, heterogénea siempre, mantiene, sin embargo, una huella indeleble. En el caso específico de La realidad de un simulacro... creo que Fernández, además de su prosa extraordinaria, ha inventado un género, como sucedió con sus “desfiguros”, porque ¿quién, si no él, puede escribir un libro de cuatrocientas páginas en el que se posesiona de la personalidad esplendente de un cúmulo de estrellas cinematográficas, por medio de un análisis muy sui generis, que las convierte en un retrato en pleno movimiento, y además las vuelve pura literatura?

Bette Davis con Paul Henreid en Une femme cherche son destin, 1942
Bette Davis con Paul Henreid en Une femme cherche son destin, 1942

En este libro se aborda la gesticulación, la mímica, el guiño estilizado de catorce divas sobresalientes de la cinematografía mundial. No hace referencia a la vida de ninguna de ellas ni a sus escándalos ni a sus secretos revelados. Al escritor Sergio Fernández no le importa si Marilyn Monroe se suicidó o la mandaron matar porque sabía demasiado. De manera estricta, pero proliferante, estudia a las estrellas del cine durante la actuación, se prenda de sus ademanes, percibe cada uno de sus aspavientos, captura todas sus miradas y finalmente sustrae la sustancia que las torna en divas y se lo muestra al lector. La escritura, por lo tanto, funge como cámara de cine que realiza intensos close ups o long shots significativos. La memoria del autor y su pasión por las películas de divas divinas sumergen al que lo lee en una estratagema parecida a la de La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, ya que esto que leemos se transforma en un filme proyectado por la escritura. De tal manera, como sucede en el libro de Bioy, la película se repite tantas veces como uno desee volver al texto. Allí está Bette Davis, la preferida, luciendo su talento de actriz sensible y neurótica en la película La carta. El director, para Sergio Fernández, no resulta relevante, porque es él, Sergio, quien produce y dirige la película, centrada en el genio de la Davis, en sus ojos: Bette Davis’ eyes, como iba la canción de los ochenta. Todo esto se logra a partir del lenguaje desenfrenado, pero preciso, de Sergio Fernández, de ese estilo suyo que afirma y niega al mismo tiempo, pleno de paradojas como el de sor Juana, que pervierte el orden lógico del lenguaje y que tan bien encaja con el simulacro. Él dice de Bette Davis lo siguiente:

Por su parte, ella se apodera de nuestro sentido común, para a cambio dejarnos una oquedad. Ésta se llena —como una vasija de un líquido deseado— de capas superpuestas, todas luminosas, que nos presionan para creer a pie juntillas, que en la pantalla la existencia es cierta, doble engaño de los sentidos en cuanto la vida en sí misma —según el hinduismo— es imagen. 3


Lo mismo sucede con la escritura del adorador de las divas. También llena una vasija con el líquido deseado, sólo que aquí las capas superpuestas son muchas: una película que antes fue guión y que Sergio rehace, predicando de los actores y de las historias y fijando toda su atención en la protagonista. Nada más irreal y nada más seductor. Lo del doctor Fernández siempre es un proceso alquímico.



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