NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 50 |ABRIL 2008 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
FIGURAS FEMENINAS EN LA ESCRITURA DE SERGIO FERNÁNDEZ
Anamari Gomís
PITOL TRADUCTOR
Rosa Beltrán
DE JOYCE, STEPHEN Y UNA NÍNFULA
José de la Colina
VUELTA A RUBÉN DARIO
Julio Ortega



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Fecha de última actualización septiembre 2007

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Figuras femeninas en la escritura de Sergio Fernández
A n a m a r i    G o m í s  

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Elizabeth Taylor, 1988
Elizabeth Taylor, 1988


Después de Bette Davis, sin duda la preferida de Sergio Fernández, se impone Marlene Dietrich, dorada como una Venus y descarada. Luego, Geraldine Page“que ha nacido para sentirse a sí misma y al tiempo para ser insinuante”, Ana Magnani que es la mujer “por excelencia”. Se nos describe, acto seguido, “la deidad” Ingrid Thulin, y en este texto ya citado, Sergio Fernández menciona varias veces a Visconti con absoluta admiración. Después, Joan Crawford hace su aparición, perfectamente maquillada y vestida, con su estilo, apunta el autor, hombruno para caminar, “que marca un nuevo arquetipo, digamos, de la libertad de la mujer”. Ella es temperamento y rostro, mientras la extraordinaria actriz británica Maggie Smith toma su turno. A Olivia de Havilland, el escritor la observa y opina que:

Se minimiza a propósito o que paradójicamente es una actriz de primera línea sin otro atractivo como no sea su oculta fuerza dramática, la que se ase a la pantalla para mostrar milimétricamente su talento. 4

Ir rumpen Vivien Leigh convertida en la Blanche de un Tranvía llamado deseo, Katherine Hepburn y su mil agrosa actuación, Ingrid Bergman dirigida por Ingmar Bergman, Jessica Lange y sus agallas, Elizabeth Taylor y su belleza, la espléndida e insuperable Garbo transita ante nuestros ojos y last but not least el gran Buster Keaton.¿Por qué Keaton? Porque el leitmotiv del comediante procede del mundo de la sin razón, muy ad hoc para los simulacros y los travestismos que inquietan del doctor Fernández, fiel seguidor del Quijote y del universo queéste pone al revés.

En otro libro, Retratos del fuego y la ceniza,5 conjunto de ensayos, Sergio Fernández arroja al lector al gran escenario de la literatura universal, desde Lope de Vega, a Ibsen, de Gonzalo Rojas a Leopoldo Alas “Clarín”, de Tolstoi a Tennessee Williams, a Flaubert y luego a Virginia Woolf, a sor Juana y a Mariano Azuela. Cada uno de los textos allí reunidos, que trata exclusivamente de personajes literarios femeninos, surge como una criatura sin creadores, porque el autor del libro no necesita especificar ni autoría ni nacionalidad ni año del surgimiento de estos entes de ficción, por eso la Celestina convive con Hedda Gabler, con la Pintada o con Mrs. Dalloway. Después de todo, para quienes tenemos el privilegio de haber sido alumnos y amigos de Sergio, sabemos que la princesa de Cléves y Melibea son tan reales para él como sus buenas amigas de toda la vida. No quiero implicar un devaneo esquizoide por parte del doctor Fernández. Nada más lejano en quien descuella por su aguda inteligencia, el rigor de su trabajo y su lógica innata, pero ocurre que él participa de la literatura como participa de lo cotidiano y de lo social, o sea, vive la vida con la misma intensidad que la literatura o al revés, que para el caso da lo mismo.

Su olfato literario y eso que se llama cultura, componen para Sergio Fernández una capa espesa, pero translúcida, como un aleph que mira hacia el fondo del prodigioso océano, o del cosmos o del tarot o de quién sabe qué tantas cosas. Su lectura de La Celestina lleva a los abismos de la naturaleza humana. La Celestina inaugura el carácter extraño, patético y perverso de la tercería, que sugiere un alto grado de posesión de un otro formado por dos.

En su revisión de Amelia, la protagonista de la singular Balada del café triste de la gran escritora norteamericana Carson McCuller, Fernández describe al resto de los personajes de la novela así:

Es la historia, digo, de seres monstruosos cuyo sentido, de haberlo, consiste en el ejemplo negativo o sea el horror que inspira la posibilidad de haber sido así, por más que en la monstruosidad —por ser diabólica, siempre exista algo en realidad grandioso.6

Es muy posible que tanto en un personaje como la Celestina, como en la muy alta Amelia y su jorobado marido, como en aquellos entes que figuran en los Sueños de Quevedo, digamos esa mujer rarísima, mitad joven, mitad vieja, vestida de manera sumamente estrafalaria, como una aberración, que tanto sorprende a Sergio y queél nos la descubre como la personificación de la muerte, en estos actores literarios, pues, que, de una manera u otra, nos reflejan a todos en nuestra muy particular y oculta monstruosidad, radique una parte de lo sublime negativo, tema que abordó Kant a partir de Longino, como un sentimiento de desproporción y de extrañamiento. Tanto lo uno como lo otro, lo desproporcionado y lo extraño, intrigan enormemente a Sergio Fernández. No en vano, uno de sus libros preferidos es El buscón de Quevedo, por eso lo llama “poema satírico, negro para decirlo en términos plásticos”.7

Las mujeres como figuras ocupan, por lo tanto, un espacio principal de la escritura de Sergio Fernández, quien incide en la potencia de gestualidad, del estilizamiento, del líquido humor del travestismo femenino, siempre implicado de maneras originales como en los monólogos de Mae West, en la angustia siempre decisiva de Bette Davis, la Queen Elizabeth I de todos los tiempos del cine.

Como se habrá percatado, en este trabajo, apenas he introducido el tema de las mujeres en la espléndida, neobarroca, intimidante obra de Sergio Fernández, donde no se ha hecho el suficiente hincapié en la mirada subversiva del autor. Por ejemplo, en su genial La copa derramada organiza un verdadero buceo neptúnico de travestismo místico para evidenciar que los sonetos de amor de sor Juana Inés de la Cruz fueron concebidos como textos religiosos “… pues ya en líquido humor viste y tocas / mi corazón deshecho entre tus manos”, cierra así un poema la de Asbaje. Sor Juana, de acuerdo con Sergio, se refiere al Santo Grial y la lectura realizada por nuestro agudo escritor nos desenmascara a la monja poeta, adicta a los ocultamientos, a las máscaras de la escritura y a lo inefable. Pero éste es otro tema, que habré de trabajar, los hados mediante, en otra ocasión.

Marilyn Monroe, fotografiada por Cartier-Bresson, 1960
Marilyn Monroe, fotografiada por Cartier-Bresson, 1960

 


 

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