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Después de Bette Davis, sin duda la preferida de Sergio
Fernández, se impone Marlene Dietrich, dorada
como una Venus y descarada. Luego, Geraldine Page“que ha nacido para sentirse a sí misma y al tiempo para
ser insinuante”, Ana Magnani que es la mujer “por excelencia”. Se nos describe, acto seguido, “la deidad” Ingrid
Thulin, y en este texto ya citado, Sergio Fernández menciona
varias veces a Visconti con absoluta admiración.
Después, Joan Crawford hace su aparición, perfectamente
maquillada y vestida, con su estilo, apunta el
autor, hombruno para caminar, “que marca un nuevo
arquetipo, digamos, de la libertad de la mujer”. Ella es
temperamento y rostro, mientras la extraordinaria actriz
británica Maggie Smith toma su turno. A Olivia de
Havilland, el escritor la observa y opina que:
Se minimiza a propósito o que paradójicamente es una
actriz de primera línea sin otro atractivo como no sea su
oculta fuerza dramática, la que se ase a la pantalla para
mostrar milimétricamente su talento. 4
Ir rumpen Vivien Leigh convertida en la Blanche de
un Tranvía llamado deseo, Katherine Hepburn y su mil
agrosa actuación, Ingrid Bergman dirigida por Ingmar
Bergman, Jessica Lange y sus agallas, Elizabeth Taylor y
su belleza, la espléndida e insuperable Garbo transita ante
nuestros ojos y last but not least el gran Buster Keaton.¿Por qué Keaton? Porque el leitmotiv del comediante
procede del mundo de la sin razón, muy ad hoc para los
simulacros y los travestismos que inquietan del doctor
Fernández, fiel seguidor del Quijote y del universo queéste pone al revés.
En otro libro, Retratos del fuego y la ceniza,5 conjunto
de ensayos, Sergio Fernández arroja al lector al gran escenario
de la literatura universal, desde Lope de Vega, a
Ibsen, de Gonzalo Rojas a Leopoldo Alas “Clarín”, de
Tolstoi a Tennessee Williams, a Flaubert y luego a Virginia
Woolf, a sor Juana y a Mariano Azuela. Cada uno de los
textos allí reunidos, que trata exclusivamente de personajes
literarios femeninos, surge como una criatura sin
creadores, porque el autor del libro no necesita especificar
ni autoría ni nacionalidad ni año del surgimiento de
estos entes de ficción, por eso la Celestina convive con
Hedda Gabler, con la Pintada o con Mrs. Dalloway. Después
de todo, para quienes tenemos el privilegio de haber
sido alumnos y amigos de Sergio, sabemos que la princesa de Cléves y Melibea son tan reales para él como sus
buenas amigas de toda la vida. No quiero implicar un
devaneo esquizoide por parte del doctor Fernández.
Nada más lejano en quien descuella por su aguda inteligencia,
el rigor de su trabajo y su lógica innata, pero
ocurre que él participa de la literatura como participa
de lo cotidiano y de lo social, o sea, vive la vida con la
misma intensidad que la literatura o al revés, que para
el caso da lo mismo.
Su olfato literario y eso que se llama cultura, componen para Sergio Fernández una capa espesa, pero translúcida,
como un aleph que mira hacia el fondo del prodigioso
océano, o del cosmos o del tarot o de quién sabe
qué tantas cosas. Su lectura de La Celestina lleva a los abismos
de la naturaleza humana. La Celestina inaugura el
carácter extraño, patético y perverso de la tercería, que
sugiere un alto grado de posesión de un otro formado
por dos.
En su revisión de Amelia, la protagonista de la singular
Balada del café triste de la gran escritora norteamericana
Carson McCuller, Fernández describe al resto de
los personajes de la novela así:
Es la historia, digo, de seres monstruosos cuyo sentido, de
haberlo, consiste en el ejemplo negativo o sea el horror que
inspira la posibilidad de haber sido así, por más que en la
monstruosidad —por ser diabólica, siempre exista algo en realidad grandioso.6
Es muy posible que tanto en un personaje como la
Celestina, como en la muy alta Amelia y su jorobado
marido, como en aquellos entes que figuran en los Sueños
de Quevedo, digamos esa mujer rarísima, mitad joven,
mitad vieja, vestida de manera sumamente estrafalaria,
como una aberración, que tanto sorprende a Sergio y queél nos la descubre como la personificación de la muerte,
en estos actores literarios, pues, que, de una manera u
otra, nos reflejan a todos en nuestra muy particular y
oculta monstruosidad, radique una parte de lo sublime
negativo, tema que abordó Kant a partir de Longino,
como un sentimiento de desproporción y de extrañamiento. Tanto lo uno como lo otro, lo desproporcionado
y lo extraño, intrigan enormemente a Sergio Fernández.
No en vano, uno de sus libros preferidos es El buscón de
Quevedo, por eso lo llama “poema satírico, negro para
decirlo en términos plásticos”.7
Las mujeres como figuras ocupan, por lo tanto, un
espacio principal de la escritura de Sergio Fernández,
quien incide en la potencia de gestualidad, del estilizamiento,
del líquido humor del travestismo femenino,
siempre implicado de maneras originales como en los
monólogos de Mae West, en la angustia siempre decisiva
de Bette Davis, la Queen Elizabeth I de todos los
tiempos del cine.
Como se habrá percatado, en este trabajo, apenas
he introducido el tema de las mujeres en la espléndida,
neobarroca, intimidante obra de Sergio Fernández,
donde no se ha hecho el suficiente hincapié en la mirada
subversiva del autor. Por ejemplo, en su genial La copa
derramada organiza un verdadero buceo neptúnico de
travestismo místico para evidenciar que los sonetos de
amor de sor Juana Inés de la Cruz fueron concebidos
como textos religiosos “… pues ya en líquido humor viste
y tocas / mi corazón deshecho entre tus manos”, cierra así
un poema la de Asbaje. Sor Juana, de acuerdo con Sergio,
se refiere al Santo Grial y la lectura realizada por nuestro
agudo escritor nos desenmascara a la monja poeta, adicta
a los ocultamientos, a las máscaras de la escritura y a lo
inefable. Pero éste es otro tema, que habré de trabajar,
los hados mediante, en otra ocasión.
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Marilyn Monroe, fotografiada por Cartier-Bresson, 1960 |
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