NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 50 | ABRIL 2008 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
FIGURAS FEMENINAS EN LA ESCRITURA DE SERGIO FERNÁNDEZ
Anamari Gomís
PITOL TRADUCTOR
Rosa Beltrán
DE JOYCE, STEPHEN Y UNA NÍNFULA
José de la Colina
VUELTA A RUBÉN DARIO
Julio Ortega



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Fecha de última actualización septiembre 2007

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Rébora: el desencuentro erótico

J o s é    K o s e r  

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Nerval habla “del derramamiento del sueño en la vida real”. La nueva obra pictórica de Roberto Rébora bien puede hablar del derramamiento de la vida real, en este caso manifestada en cuanto Eros, en el sueño: un derramamiento que desgarra sus falsos velos, y lo muestra en su descarnada carnalidad, como doloroso desencuentro.

Recibo cinco fotos de cinco cuadros de Roberto Rébora. Las contemplo con asiduidad, entrometiéndome en su contenido, en su precisa y a la vez difuminada condición. Se trata de cinco imágenes que reproducen cinco imágenes originales: la foto superpuesta al cuadro, de modo que me encuentro ante el velo de un velo, lo velado por partida doble, a modo de pentimento y de palimpsesto. Así, el cuadro original se vela, y la reproducción (foto) que vela el original, me desvela. O visto de otro modo: el cuadro decrece, dado que no lo tengo delante de mí, mientras que la re p roducción se re c rudece, dado que es lo que mis ojos constatan.

Quizás, esta situación, que es una reflexión, permita situar la creación pictórica en un contexto más real: al cuadro original se tiene poco acceso, éste participa del alejamiento, y del aura de dicho alejamiento: sin embargo, la reproducción del mismo, repetible ad infinitum, nos familiariza con la obra, hasta el extremo que se puede caer ora en el aburrimiento y el descarte ora en la investigación cada vez más profunda del original.

Vamos al grano, Roberto Rébora, cinco cuadros fotografiados, en los que participo del Eros en su estado más cercano a la degradación: los cuerpos, investidos del semidesnudo, aparecen separados, dándose varias veces la espalda, ocultándose entre sí, sea antes o después del coito. Se trata de cuerpos heterosexuales u homoeróticos, qué más da: todos tienen en común el cansancio, la dejadez de una carne ajada, gastada y quizá mancillada, revestida de unas ropas desaliñadas, a las que acompaña el descuido (casi lo podemos oler) y suciedad de unas sábanas desordenadas.

El acto amoroso, que por seguro no es el amor, va a cumplir con su cometido, o ya lo cumplió: por ende, ahora, en estos cuadros, los cuerpos pueden desentenderse, el encuentro ha terminado, aun cuando no ha comenzado, su base y esencia es el desencuentro. Coito carnal, mecánico en gran medida, coito funcional que se efectúa, y materializa, en su último momento, anterior a la despedida, mediante un gesto: darse los cuerpos la espalda, o relacionarse por última vez, antes de tomar cada uno su camino, de medio lado (un medio lado en que ya no es necesario volverse a rozar, mucho menos tocar, ni siquiera despedirse).

Estamos ante la desolación del Eros, el cuadro es el cuarto, el cuarto es el desierto del desamor. El pincel de Roberto Rébora arriesga contornos borrosos, desnudeces inapetecibles, rostros cansinos, cercanos a ese decaimiento en que amor y acto amoroso no coinciden como armonía, entrega carnal y espiritual simultánea. La fuerza de estos cuadros estriba en el ámbito ceñido en que las figuras expresan su soledad, su desazón indiferenciada e indiferente: un ámbito donde junto a lo abarrotado del cuarto encontramos lo vaciado de la expresión, en donde dos figuras solas se unen separadas o se separan reunidas por un ingente espacio, atestado o escueto, en el que no se ve una flor, un bibelot, un pequeño recordatorio de intimidad. Sólo sábanas revueltas, desorden de ropas y almohadones, tristeza semental.