|
Rubén Darío sigue siendo uno de los poetas fundacionales de la
literatura latinoamericana. Su espléndido libro Los raros sirve
aquí al crítico peruano Julio Ortega para abordar una figura
siempre evasiva pero permanente: la del poeta moderno y su
papel en el mundo.
Cuando Leopoldo Lugones se enteró de
que Rubén
Darío había enviado a la imprenta el manuscrito de Los
raros y que él no formaba parte del libro, le escribió una
carta (el 9 de setiembre de 1896) protestando el olvido
y, como buen poeta de veintidós años, reclamándole
inclusión a nombre de la justicia (“Su artículo
sobre mí
vale tanto como cualquier otro de los que compondrán
su libro; y yo resulto en él acreedor a su buen juicio. ¿Por
qué no ha de ir?, le dice). En buena cuenta, Lugones
no sufría de ninguna “ansiedad de influencia” sino,
todo lo contrario, de entusiasmo anticipatorio: quería pertenecer
al linaje poético que Darío propiciaba, y le ofrecía
al inconstante maestro la oportunidad de hacer ciertas,
gracias al joven meritorio, sus profecías. Si Darío
con Los raros le proveía de una librería
cosmopolita al escenario modernista (“simbolista, decía él),
Lugones buscaba ser leído en esa biblioteca.
Los raros podía ser un archivo transitorio pero también
una genealogía del porvenir. Lugones demanda
bautizo de rareza pero promete solución de continuidad.
Si Darío presume estar a cargo del espacio de lo nuevo,
su lectura se hará anacronista y nostálgica si no apuesta
por el porvenir. Por eso, lo desafía: “Pero conste que no
le pido nada. Únicamente lo invito a reflexionar”. En
estos gestos de reproche y desafío asoma el sistema literario
forjado por Darío como un campo lectural, allí
donde los nuevos escritores adquieren su identidad en
la lectura. Hijos de la lectura, los jóvenes aspiran a una
mayoría de edad dialógica.
Porque Los raros no es un libro que importa sólo por
los autores que relee sino por el espacio dialogante que
convoca. El libro, se diría, es más grande que la suma de
sus autores; quizá por eso Darío no sintió la necesidad
de incrementarlo. Añadirle más autores hubiese equivalido
a hacerlo más incompleto. Puro suplemento, el libro
inventa su librería y corre valientemente el riesgo de la
novedad, su desvalor. Doce años después, cuando prologa
la segunda edición (1905), una parte de los “raros”
han dejado de serlo y, peor aún, han perdido el aura modernista
de la actualidad. Darío lo sabe y se excusa en el “entusiasmo,
en el testimonio avalado por su capacidad de admiración. Lugones se sabía parte de los capítulos
que no entraron en Los raros, de esa galería virtual. Su
calidad de autor se decidía en la calidad de su lectura.
Estaba poseído por ese sentido de anticipación cuando
exigió consistencia y consecuencia. Convertirse en uno
de los “raros” equivalía a ganar la identidad de ser leído.
Continúa  |