NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 50 | ABRIL 2008 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
FIGURAS FEMENINAS EN LA ESCRITURA DE SERGIO FERNÁNDEZ
Anamari Gomís
PITOL TRADUCTOR
Rosa Beltrán
DE JOYCE, STEPHEN Y UNA NÍNFULA
José de la Colina
VUELTA A RUBÉN DARIO
Julio Ortega



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Fecha de última actualización septiembre 2007

2007 D.R. Universidad Nacional Autónoma de México
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Vuelta a Rubén Darío

J u l i o    O r t e g a  

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Rubén Darío sigue siendo uno de los poetas fundacionales de la literatura latinoamericana. Su espléndido libro Los raros sirve aquí al crítico peruano Julio Ortega para abordar una figura siempre evasiva pero permanente: la del poeta moderno y su papel en el mundo.

Cuando Leopoldo Lugones se enteró de que Rubén Darío había enviado a la imprenta el manuscrito de Los raros y que él no formaba parte del libro, le escribió una carta (el 9 de setiembre de 1896) protestando el olvido y, como buen poeta de veintidós años, reclamándole inclusión a nombre de la justicia (“Su artículo sobre mí vale tanto como cualquier otro de los que compondrán su libro; y yo resulto en él acreedor a su buen juicio. ¿Por qué no ha de ir?, le dice). En buena cuenta, Lugones no sufría de ninguna “ansiedad de influencia” sino, todo lo contrario, de entusiasmo anticipatorio: quería pertenecer al linaje poético que Darío propiciaba, y le ofrecía al inconstante maestro la oportunidad de hacer ciertas, gracias al joven meritorio, sus profecías. Si Darío con Los raros le proveía de una librería cosmopolita al escenario modernista (“simbolista, decía él), Lugones buscaba ser leído en esa biblioteca.

Los raros podía ser un archivo transitorio pero también una genealogía del porvenir. Lugones demanda bautizo de rareza pero promete solución de continuidad. Si Darío presume estar a cargo del espacio de lo nuevo, su lectura se hará anacronista y nostálgica si no apuesta por el porvenir. Por eso, lo desafía: “Pero conste que no le pido nada. Únicamente lo invito a reflexionar”. En estos gestos de reproche y desafío asoma el sistema literario forjado por Darío como un campo lectural, allí donde los nuevos escritores adquieren su identidad en la lectura. Hijos de la lectura, los jóvenes aspiran a una mayoría de edad dialógica.

Porque Los raros no es un libro que importa sólo por los autores que relee sino por el espacio dialogante que convoca. El libro, se diría, es más grande que la suma de sus autores; quizá por eso Darío no sintió la necesidad de incrementarlo. Añadirle más autores hubiese equivalido a hacerlo más incompleto. Puro suplemento, el libro inventa su librería y corre valientemente el riesgo de la novedad, su desvalor. Doce años después, cuando prologa la segunda edición (1905), una parte de los “raros” han dejado de serlo y, peor aún, han perdido el aura modernista de la actualidad. Darío lo sabe y se excusa en el “entusiasmo, en el testimonio avalado por su capacidad de admiración. Lugones se sabía parte de los capítulos que no entraron en Los raros, de esa galería virtual. Su calidad de autor se decidía en la calidad de su lectura. Estaba poseído por ese sentido de anticipación cuando exigió consistencia y consecuencia. Convertirse en uno de los “raros” equivalía a ganar la identidad de ser leído.



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