El poeta, moderno o
modernista, se debe por entero a la letra, al mundo escrito y sobrescrito,
esto es, a la ciudad de la lectura. “Raros” quizá no
lo sean tantos, pero la ciudad que habitan es ya otra. El libro de
Darío es su guía de viaje ilustrado en la conversación.
Aun si el gesto de Lugones es incivil, casi brutal, se justifica
en su convicción, ya que ha leído bien al maestro,
quien en sus crónicas de Los raros asume la perspectiva de
la juventud. Susana Zanetti en su estudio “Rubén Darío
y el legado posible” (Las cenizas de la huella, Linajes
y figuras de artista en torno al modernismo, 1997) se adelanta
a observar que en la genealogía poética dariana no
hay una previa figura prominente, que merezca juicio parricida, ya
que su archivo poético incluye desde Berceo y la prosodia
castellana (a lo que yo añado el modelo vocálico de
Garcilaso de la Vega); de modo que, sin tener a quien imitar para
ser original, es original a pesar suyo, se diría, y su literatura,
qué remedio, es suya en el diálogo concurrente que
deduce. No se sitúa precisamente en el punto de vista de la
eternidad, como los simbolistas de la Obra, sino en el de la actualidad,
allí donde, siempre, a nombre de la innovación, la
inventiva y lo nuevo, cultiva la mitología de la originalidad
como instancia durable de lo nuevo. He allí la paradoja de Los
raros: habla desde los lectores jóvenes, y lo hace a
nombre de lo nuevo porque, en un gesto del modernismo que remonta
el fin de siglo, la lectura es su centro creativo. La lectura es
capaz de reconocer lo nuevo en el clasicismo y el medioevo tanto
como en las lecciones del romanticismo liberal, el esteticismo decandentista,
el pre-rafaelismo neo-gótico, y el simbolismo visionario.
Aun si varios de los “raros” han envejecido para la segunda
edición del libro, la lectura es válida por sí misma,
a pesar de los poetas perecederos, porque ha hecho presente las virtudes
de lo nuevo. La lectura es lo que cristaliza, entre los libros, la
tradición y la innovación como un tiempo siempre vivo
en la palabra actual.
Lugones, después
de todo, promete filiación de rareza,
y su juventud discipularia confirma el magisterio
perpetuo de Darío. El maestro vivía en la anticipación
de su novedad tutelar como si escribiese ya en el futuro, y
con los años se afirmaría la calidad anunciadora de su
obra. Y no sólo de su obra escrita, también de ese obrar
desde la poesía en la ciudad literaria que ha levantado
entre una y otra orilla del Atlántico. Hasta el pasado le
resulta una adivinación del futuro, como se hace patente
en su formidable definición de Martí: “¿No
se diría un
precursor del movimiento que me tocara iniciar años después?”.
Susana Zanetti equipara esta precursoría
poética a la re volucionaria, y encuentra “reticente” la afirmación
que pregunta. Pero la pregunta es a la vez audaz y retórica.
Excusa, pero confirma, el nuevo sistema poético.
Quisiera proponer, en esta hipótesis de la lectura
como sistema dialógico dariano, que esa construcción
del linaje del futuro no se debe a una arqueología del
archivo (meramente letrado) sino a la fuerza de significación
del presente (abierto en la actualización del pasado
en el diálogo), que excede la cronología y adelanta
el porvenir de una comunidad de la comunicación. Se
trata, así, de la circulación de la tinta poética,
predicha
por José Martí, derramada en la revolución,
y recuperada
en la aurora (que es de oro) dariana, en ese mañana
de americanismo prometido, atlántico y cosmopolita.
Si el entusiasmo es su punto de vista, sus lecturas son
también vaticinios y anticipaciones, y la generosidad es
su apuesta. Darío no sólo fue un gran poeta, fue
un
gran poeta con grandeza.
Por eso, se encuentra no con el pasado español sino
con su futuro. Cuando, en España, más aún
que en París,
se le imponen las primicias de una lectura atlántica, su
capacidad de leer el futuro en la poesía se despliega como
su empresa mayor. Me refiero, claro, al encuentro con
Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. ¿Por
qué escribió Darío
un poema sobre Machado joven como si fuese ya un poeta maduro?
Ese retrato del joven desde
los ojos del futuro lo representa realizado en figura, estilo
y sentido. Bien visto, se trata de una profecía de la lírica:
inventa a Machado como un gran poeta, y acierta, antes y
después. No menos anticipatorios son los poemas sobre
Juan Ramón Jiménez. Al revés de Machado,
vio siempre
a Jiménez dilucidando mocedades: lo adivina como un
viejo siempre juvenil, en intenso conflicto creativo consigo
mismo. Pero lo notable no es que Darío los reclamara
como meros discípulos o continuadores, los reclama
como diferentes. En esa diferencia gravita él, no
meramente su figura poética sino su libertad creativa,
esa capacidad de leer más allá del lenguaje, en la
tinta que
circula en el sistema de una literatura transatlántica
que,
desde Madrid, entre Darío, Valle-Inclán, los Machado,
Juan Ramón Jiménez y otros, se hizo, milagrosamente
legible. Pocas veces las letras en castellano habían
tenido tanto futuro.
Pero Darío tuvo razón al no incluir al adelantado
Lugones por más que prometiera futuro al libro. No porque
dejase de advertir la promesa del poeta recién venido
y ya socialista, sino porque un joven de veintidós años
tendría poco que hacer entre estos “raros”. Darío
no se
hizo cargo de Rimbaud —lo cita un par de veces— y
estaba más cerca de Verlaine, de esa suerte de no-edad
(niño precoz, joven adulto, adolescente prolongado) del
poeta hecho en los bajos fondos de la ciudad literaria, no
en su ágora de peregrinos. En su puesta al día de la gravitación
de Verlaine en Darío, Mónica Bernabé se pregunta:
¿Cómo resuelve Rubén
Darío el conflicto de crear
un “gran
precursor” en el intento de despejar un espacio imaginario
para sí mismo?, ¿cómo opera la imaginación dariana
sobre
esa vida de artista? La figura de Paul Verlaine es el emblema
de la re n ovación poética contemporánea, es
uno de los“representantes” de la poesía del
siglo XIX. Una figura faro que con sus rasgos ilumina la vida de
artista que Darío se
imagina, para sí y para los otros. Una figura, en suma,
transformada en precursora por la ficción dariana (“El don
de Verlaine”, Susana Zanetti y otros, Las cenizas de la huella..,
41).
Regresa / Continúa  |