NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 50 | ABRIL 2008 | ISBN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
FIGURAS FEMENINAS EN LA ESCRITURA DE SERGIO FERNÁNDEZ
Anamari Gomís
PITOL TRADUCTOR
Rosa Beltrán
DE JOYCE, STEPHEN Y UNA NÍNFULA
José de la Colina
VUELTA A RUBÉN DARIO
Julio Ortega



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Fecha de última actualización septiembre 2007

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Vuelta a Rubén Darío
J u l i o    O r t e g a  

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El poeta, moderno o modernista, se debe por entero a la letra, al mundo escrito y sobrescrito, esto es, a la ciudad de la lectura. “Raros” quizá no lo sean tantos, pero la ciudad que habitan es ya otra. El libro de Darío es su guía de viaje ilustrado en la conversación. Aun si el gesto de Lugones es incivil, casi brutal, se justifica en su convicción, ya que ha leído bien al maestro, quien en sus crónicas de Los raros asume la perspectiva de la juventud. Susana Zanetti en su estudio “Rubén Darío y el legado posible” (Las cenizas de la huella, Linajes y figuras de artista en torno al modernismo, 1997) se adelanta a observar que en la genealogía poética dariana no hay una previa figura prominente, que merezca juicio parricida, ya que su archivo poético incluye desde Berceo y la prosodia castellana (a lo que yo añado el modelo vocálico de Garcilaso de la Vega); de modo que, sin tener a quien imitar para ser original, es original a pesar suyo, se diría, y su literatura, qué remedio, es suya en el diálogo concurrente que deduce. No se sitúa precisamente en el punto de vista de la eternidad, como los simbolistas de la Obra, sino en el de la actualidad, allí donde, siempre, a nombre de la innovación, la inventiva y lo nuevo, cultiva la mitología de la originalidad como instancia durable de lo nuevo. He allí la paradoja de Los raros: habla desde los lectores jóvenes, y lo hace a nombre de lo nuevo porque, en un gesto del modernismo que remonta el fin de siglo, la lectura es su centro creativo. La lectura es capaz de reconocer lo nuevo en el clasicismo y el medioevo tanto como en las lecciones del romanticismo liberal, el esteticismo decandentista, el pre-rafaelismo neo-gótico, y el simbolismo visionario. Aun si varios de los “raros” han envejecido para la segunda edición del libro, la lectura es válida por sí misma, a pesar de los poetas perecederos, porque ha hecho presente las virtudes de lo nuevo. La lectura es lo que cristaliza, entre los libros, la tradición y la innovación como un tiempo siempre vivo en la palabra actual.

Lugones, después de todo, promete filiación de rareza, y su juventud discipularia confirma el magisterio perpetuo de Darío. El maestro vivía en la anticipación de su novedad tutelar como si escribiese ya en el futuro, y con los años se afirmaría la calidad anunciadora de su obra. Y no sólo de su obra escrita, también de ese obrar desde la poesía en la ciudad literaria que ha levantado entre una y otra orilla del Atlántico. Hasta el pasado le resulta una adivinación del futuro, como se hace patente en su formidable definición de Martí: “¿No se diría un precursor del movimiento que me tocara iniciar años después?”. Susana Zanetti equipara esta precursoría poética a la re volucionaria, y encuentra “reticente” la afirmación que pregunta. Pero la pregunta es a la vez audaz y retórica. Excusa, pero confirma, el nuevo sistema poético.

Quisiera proponer, en esta hipótesis de la lectura como sistema dialógico dariano, que esa construcción del linaje del futuro no se debe a una arqueología del archivo (meramente letrado) sino a la fuerza de significación del presente (abierto en la actualización del pasado en el diálogo), que excede la cronología y adelanta el porvenir de una comunidad de la comunicación. Se trata, así, de la circulación de la tinta poética, predicha por José Martí, derramada en la revolución, y recuperada en la aurora (que es de oro) dariana, en ese mañana de americanismo prometido, atlántico y cosmopolita. Si el entusiasmo es su punto de vista, sus lecturas son también vaticinios y anticipaciones, y la generosidad es su apuesta. Darío no sólo fue un gran poeta, fue un gran poeta con grandeza.

Por eso, se encuentra no con el pasado español sino con su futuro. Cuando, en España, más aún que en París, se le imponen las primicias de una lectura atlántica, su capacidad de leer el futuro en la poesía se despliega como su empresa mayor. Me refiero, claro, al encuentro con Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. ¿Por qué escribió Darío un poema sobre Machado joven como si fuese ya un poeta maduro? Ese retrato del joven desde los ojos del futuro lo representa realizado en figura, estilo y sentido. Bien visto, se trata de una profecía de la lírica: inventa a Machado como un gran poeta, y acierta, antes y después. No menos anticipatorios son los poemas sobre Juan Ramón Jiménez. Al revés de Machado, vio siempre a Jiménez dilucidando mocedades: lo adivina como un viejo siempre juvenil, en intenso conflicto creativo consigo mismo. Pero lo notable no es que Darío los reclamara como meros discípulos o continuadores, los reclama como diferentes. En esa diferencia gravita él, no meramente su figura poética sino su libertad creativa, esa capacidad de leer más allá del lenguaje, en la tinta que circula en el sistema de una literatura transatlántica que, desde Madrid, entre Darío, Valle-Inclán, los Machado, Juan Ramón Jiménez y otros, se hizo, milagrosamente legible. Pocas veces las letras en castellano habían tenido tanto futuro.

Pero Darío tuvo razón al no incluir al adelantado Lugones por más que prometiera futuro al libro. No porque dejase de advertir la promesa del poeta recién venido y ya socialista, sino porque un joven de veintidós años tendría poco que hacer entre estos “raros”. Darío no se hizo cargo de Rimbaud —lo cita un par de veces— y estaba más cerca de Verlaine, de esa suerte de no-edad (niño precoz, joven adulto, adolescente prolongado) del poeta hecho en los bajos fondos de la ciudad literaria, no en su ágora de peregrinos. En su puesta al día de la gravitación de Verlaine en Darío, Mónica Bernabé se pregunta:

¿Cómo resuelve Rubén Darío el conflicto de crear un “gran precursor” en el intento de despejar un espacio imaginario para sí mismo?, ¿cómo opera la imaginación dariana sobre esa vida de artista? La figura de Paul Verlaine es el emblema de la re n ovación poética contemporánea, es uno de los“representantes” de la poesía del siglo XIX. Una figura faro que con sus rasgos ilumina la vida de artista que Darío se imagina, para sí y para los otros. Una figura, en suma, transformada en precursora por la ficción dariana (“El don de Verlaine”, Susana Zanetti y otros, Las cenizas de la huella.., 41).

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