NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 51 | MAYO 2008 | ISSN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
EL POETA COMO REVISOR
Adolfo Castañón
VOCES IBEROAMERICANAS
Rolando Cordera
FEMINISMO EMBLEMÁTICO
Guadalupe Loaeza
OCTAVIO PAZ EN VALENCIA
Jorge Volpi
LA PASIÓN POR LA CORRECCIÓN
Ignacio Solares



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El poeta como revisor

A d o l f o    C a s t a ñ ó n  

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Pasado en claro es uno de los poemas fundamentales en la obra de Octavio Paz. Se trata de una obra autobiográfica donde resuenan los ecos, alegrías y tragedias de la infancia y la adolescencia convertidos en un prodigioso jardín de símbolos. Adolfo Castañón, editor de las obras completas de Paz, nos acerca y nos descubre a un escritor obsesionado por la precisión del verso y por las consonancias del sentido.

I

Octavio Paz tenía sesenta años de edad cuando escribió el poema extenso que originalmente se titularía—según anuncia a su amigo y editor Pere Gimferrer— Tiempo adentro1 y que terminaría llamándose Pasado en claro, acaso haciendo eco al libro autobiográfico de José Moreno Villa: Vida en claro.

Paz había empezado a publicar desde muy joven en 1931 y 1932 poemas en diarios y revistas y en 1933 un breve libro: Luna silvestre. Ya en 1942 hace una recopilación: A la orilla del mundo donde reúne algunos de ésos y otros papeles, cuadernos o folletos. Como se sabe, en 1949 publicaba un tomo espigado que se titula Libertad bajo palabra y que reúne parte de la producción anterior. Paz —señala Enrico Mario Santí, uno de sus más rigurosos lectores— se iba desprendiendo de su prehistoria poética intentando ajustarla a las exigencias y mandatos del Poeta que llevaba dentro de sí, disolviendo, por ejemplo, las tendencias del modernismo tardío para realzar los perfiles de una poética de la soledad y la intemperie. Pero en 1960 se publica otra y la misma Libertad bajo palabra que reúne, revisándolos y a veces omitiéndolos, los poemas escritos entre 1935 y 1957. En 1968 aparecerá la tercera Libertad bajo palabra donde, como él mismo advierte en el texto “Preliminar” al tomo XI de sus Obras completas, siguió corrigiendo y adelgazando:“modifiqué muchos poemas y suprimí más de cuare nta”. Habría previsiblemente una cuarta vez en la que—dice el poeta— “indulté a once de los condenados (…) con la misma dudosa justicia”. Esta mínima recapitulación editorial va para llamar la atención sobre “el poeta como revisor”, una fórmula que los editores modernos de William Words worth —el autor del epígrafe de Pasado en claro— utilizaron para titular el epílogo a la e d ición moderna de ese poema autobiográfico; The Prelude,2 poema, por cierto del cual existen por lo menos cuatro versiones.

Octavio Paz

El romántico inglés inauguró con su poema extenso un género que aclimatará en español Octavio Paz, como ha señalado el crítico anglo-mexicano Anthony Stanton: el de una autobiografía del artista más que del hombre, el de una “alegoría subjetiva que daba cuenta del origen y la formación poética del poeta".3 Después de Libertad bajo palabra, o paralelamente, Paz seguiría publicando —es decir ensanchando su taller de aprendizajes e imitaciones— nuevos libros de versos, poemas y traducciones. Entre las traducciones citemos: Sendas de Oku (1970), Cuatro poetas suecos, las traducciones de Fernando Pessoa y sus heterónimos, de poetas chinos y japoneses, la poesía sánscrita de la India clásica, así como algunos poemas de la Antología griega.

Paz en 1975 recogería parcialmente sus traducciones en Versiones y diversiones, pero antes y después seguiría publicando libros propios de poesía. Entre los libros de poemas, recuérdense Salamandra, Ladera este, Topoemas, El mono gramático, Pasado en claro, Vuelta. Su último libro de poemas sería Árbol adentro. A lo largo de esta obra poética y lírica, para no hablar de esas obras inclasificables como podría ser Renga (poema escrito a ocho manos por Charles Tomlinson, Edoardo Sanguinetti, Jacques Roubaud y el propio Octavio Paz), se observa, sea cual sea el juicio del gusto (y el gusto decía el doctor Johnson no depende de la voluntad), un entusiasmo infatigable por la aventura de la escritura poética, y una vivacidad sorprendente en la prontitud con que el poeta va asimilando las lecciones poéticas y críticas que se desprenden de su propio oficio, de sus lecturas siempre hechas por así decir al filo del agua quemada y en piel viva.


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