NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 51 | MAYO 2008 | ISSN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
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Elementos de viento, tierra y erotismo

A m p a r o    C o n t r e r a s  

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La plástica mexicana está de fiesta con los múltiples homenajes rendidos al maestro Luis Nishizawa, esto con motivo de sus noventa años, cumplidos el pasado mes de febrero.

Nishizawa, con su fuerza poética, pinta un mundo imaginario donde la vida y el sueño se entrelazan en forma de prodigiosos retratos que iluminan, en fragmentos,
la realidad humana.

Nishizawa fue el artista de una familia formada por un padre, Kenji Nishizawa, que emigrara de Japón, con la ilusión de la fiebre del oro en América, y una madre mexicana, doña María de Jesús Flores. Nació en Cuautitlán, Estado de México, en 1918. Su recuerdo más lejano (a los dos años) lo representa el brillante amarillo de unas flores, flores que más adelante sabría eran el homenaje póstumo a su pequeño hermano muerto. Desde su temprana niñez el color ya era fundamental en su vida. Cuando tenía siete años, la familia emigró al bravo e interesante barrio de Tepito, donde vivió parte de su niñez y juventud. Se desempeñó como joyero y estudió piano y composición en el Conservatorio Nacional de Música, hasta que finalmente llegó a la Academia de San Carlos, hace sesenta y seis años, en donde inició sus estudios de artes plásticas y se convirtió en un maestro de las técnicas y los materiales de pintura, abriendo nuevos caminos para las generaciones que se acercan a sus talleres y a su sabiduría.

Retomo las palabras de Sergio Fernández, a quien Nishizawa retrató, soberbiamente, hace poco más de diez años, y quien, a su vez, lo describió de esta manera:

Pero ¿quién es este hombre que, sentado frente a mí, pinta un retrato cuyo pretexto soy yo mismo? Nishizawa no parece un ser humano, sino un elemento formado de viento y tierra, no lo percibo caminar (con unas zapatillas que no he sabido bien a bien si son pantuflas), sino que “ocurre por el aire”, como dice Quevedo de un mancebo que toca la trompeta hinchados los carrillos en el Juicio Final. Se desliza como si no tocara el piso, sin equivocar su destino, tan bien armado, que ha llegado a ser uno de los grandes pintores del México de hoy día, lo que al mismo tiempo lo vuelve terrenal, ya que no se equivoca con malas elecciones o con malos entendidos sorpresivos. Él va a lo suyo, que es la pintura, cuyos materiales son sacados del fondo de la tierra, todo lo cual le proporciona un placer irreflexivo, algo, diría, semejante a lo que se experimenta con la fecundidad, ya que sus bodegones, lo mismo que sus retratos, sus paisajes o sus acuarelas, así como sus enormes bajorrelieves esgrafiados en piedra, a fin de cuentas, carecen de toda sensación de inteligencia, bañados, en cambio, por imaginación. Por eso su cuerpo recio, hecho de arcilla y flores recogidas al lado de un charco con reflejos, al caminar forma agujas muy finas que, transmutadas en pinceles, le sirven de cayado para que no tropiece ni con el arte ni con lo duro de la existencia cotidiana.1

Siempre es un placer platicar con él. El maestro, con la gentileza que lo caracteriza, me recibe en su estudio del Museo Taller, que lleva su nombre, en la ciudad de Toluca: ¿Maestro nos puede platicar cuándo y cómo decidió ser pintor?

Yo nací en una hacienda y crecí en un pequeño rancho en donde conviví con la naturaleza. Me encantaba el paisaje, los colores de los cerros y los días de lluvia, cuando la tierra quedaba mojada, yo dibujaba con una varita nuestros animales. Mi consentido era el caballo. Mis maest ros, desde niño, me decían que me dedicara al dibujo. A pesar de que tenía que trabajar como joyero y estudiar música en las tardes —la música, herencia de mi madre, me ha acompañado durante mi trayecto por la vida y es para mí muy importante—, mi ilusión siempre fue entrar a la Academia de San Carlos. Un buen día mi padre, que era muy comprensivo, me dijo: “tú ya no trabajes y dedícate a estudiar lo que te gusta”. Yo vi la gloria y, desde entonces, me dedico a la pintura. En la Academia, los compañeros me decían el Rey Sol. Nunca supe por qué.

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