NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 51 | MAYO 2008 | ISSN 0185-1330 |
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Feminismo emblemático

G u a d a l u p e    L o a e z a  

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Autora de libros como El segundo sexo , La mujer rota o La vejez, Simone de Beauvoir se erige como una de las grandes precursoras del feminismo y de la liberación de la mujer. Guadalupe Loaeza comenta la vida y la obra de una de las escritoras más influyentes de la literatura contemporánea.

Ser libre es querer la libertad de los demás.
Simone de Beauvoir


“Nací el 9 de enero de 1908 a las cuatro de la mañana”. Entonces los padres de Simone de Beauvoir vivían en el boulevard de Montparnasse número 103, arriba del café La Rotonda. La pequeña Simone llegó a un departamento muy burgués cuyos grandes ventanales daban a la avenida Raspail. En esta ocasión hablaremos de una de las obras más importantes de esta gran feminista quien cambiara el rumbo de la vida de millones de mujeres.

“Durante mucho tiempo vacilé en escribir sobre la mujer. El tema es irritante, sobre todo para las mujeres”. Es así como empieza El segundo sexo de la escritora y filósofa francesa Simone de Beauvoir, publicado con granéxito, hace cincuenta y nueve años, en dos tomos (Los hechos y los mitos y La experiencia vivida) siendo uno de los más importantes ensayos que jamás se habían escrito sobre el tema. A pesar de que no lo hizo por convicción feminista, con este escrito De Beauvoir cumplió con una de las tareas más revolucionarias del siglo XX: desmitificar la condición de la mujer al demostrar que no existe un destino biológico femenino. Descubrir a la mujer frente al hombre y, sobre todo, comprender el mundo y a sí misma, haciéndola consciente de que su permanente derrota no debía ser infinita. Para lograrlo tenía que asumir su destino femenino y su condición de individuo autónomo para dejar de ser objeto en manos del hombre y convertirse en la arquitecta de su propio destino. Según la filósofa española María Teresa López Pardina:

Este famoso ensayo marca un hito en la historia de la teoría feminista, y no sólo porque vuelve a poner en pie el feminismo después de la Segunda Guerra Mundial para toda la segunda mitad del siglo XX, sino también porque constituye el estudio más completo de cuantos se han escrito sobre la condición de la mujer.

Simone de Beauvoir nació en el París de la belle époque, en enero de 1908. Su familia no tenía dinero sino clase y cultura. “Toda mi educación me aseguraba que la virtud y la cultura importan más que la fortuna: mis gustos me llevaban a creerlo; aceptaba pues con serenidad la modestia de nuestra condición”, escribiría, Simone, más tarde, en su autobiografía, Memorias de una chica formal. Su padre, escéptico, casi cínico, individualista y gran lector, era muy consciente de su estatus social a causa de su nombre con la partícula de. Sus buenas relaciones de familia y sus amistades en la alta sociedad lo convencieron de que pertenecía a la aristocracia y adoptó los valores de ese círculo social. Su moral privada estaba basada en el culto de la familia; la mujer como madre, le era sagrada. Exigía que las esposas fueran fieles y obedecieran al marido. “La mujer es lo que el marido hace de ella”, decía. Para él no había duda de que la mujer se definía en relación al hombre. La madre de Simone, nacida en Verdún, pertenecía a una rica familia burguesa de banqueros. Católica piadosa y tradicionalista, sufría en silencio el haber sido transportada, por su matrimonio, a un círculo muy diferente de su entorno provinciano. Su juventud, su inexperiencia y el amor que le profesaba a su marido la hacían muy vulnerable; temía las críticas y para evitarlas, hacía grandes esfuerzos para comportarse como todo mundo. Para amoldar este desequilibrio entre sus padres y mantener entre ellos una especie de balanza, Simone se convirtió en una joven sumamente reflexiva. Más tarde en una entrevista, De Beauvoir diría:

En cierto modo, mis padres se repartieron completamente las tareas: ella representaba el lado contingente, al mismo tiempo que la dimensión moral y, por añadidura, religiosa;él representaba el lado intelectual y la apertura al mundo.

La formación religiosa, católica, con la idea de que nadie es desdeñable, de sus primeros años, impartida por su madre y por las monjas del colegio fue fundamental para la autora de El segundo sexo. Admitió, en varias entrevistas:

Una de las cosas —y no sé si lo he subrayado bastante— que me han ayudado enormemente a neutralizar el problema de la feminidad ha sido, con todo, una infancia muy religiosa, con una piedad interior muy fuerte. Eso ha influido mucho en mí hasta los doce, trece años, de suerte que en verdad me he pensado siempre “como un alma”. Y al nivel de las almas —es incluso el único buen aspecto de una educación religiosa— Dios me amaba tanto como si hubiera sido un hombre, no había diferencias entre los santos y las santas, era ése un dominio completamente asexuado. Es así como antes de toda intervención de los temas igualitarios de orden intelectual, me había sido dada en tanto que ser humano, una especie de igualdad “moral, espiritual” por la importancia misma que había tenido para mí, a pesar de todo, esa educación religiosa.

Al mismo tiempo que, en la adolescencia, su cuerpo cambiaba, su existencia también. Había perdido la seguridad de la infancia y, en cambio, no había ganado nada. Su espíritu crítico se despertaba y cada vez soportaba menos la autoridad paternal. Le molestaba el antifeminismo de su padre.

Yo no era feminista en la medida en que no me preocupaba de política: el derecho de votar no me importaba. Según mi punto de vista, hombres y mujeres eran igualmente personas y yo exigía que hubiera entre ellos una reciprocidad exacta. La actitud de mi padre hacia el “bello sexo” me hería profundamente.

 



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