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Autora de libros como El segundo sexo , La mujer rota o La
vejez, Simone de Beauvoir se erige como una de las grandes
precursoras del feminismo y de la liberación de la mujer. Guadalupe
Loaeza comenta la vida y la obra de una de las escritoras
más influyentes de la literatura contemporánea.
Ser libre es querer la libertad de los demás.
Simone de Beauvoir
“Nací el 9 de enero de 1908 a las cuatro de la mañana”.
Entonces los padres de Simone de Beauvoir vivían en
el boulevard de Montparnasse número 103, arriba del
café La Rotonda. La pequeña Simone llegó a un departamento
muy burgués cuyos grandes ventanales daban
a la avenida Raspail. En esta ocasión hablaremos de una
de las obras más importantes de esta gran feminista quien
cambiara el rumbo de la vida de millones de mujeres.
“Durante mucho tiempo vacilé en escribir sobre la
mujer. El tema es irritante, sobre todo para las mujeres”.
Es así como empieza El segundo sexo de la escritora y
filósofa francesa Simone de Beauvoir, publicado con granéxito, hace cincuenta y nueve años, en dos tomos (Los
hechos y los mitos y La experiencia vivida) siendo uno de
los más importantes ensayos que jamás se habían escrito
sobre el tema. A pesar de que no lo hizo por convicción
feminista, con este escrito De Beauvoir cumplió con una
de las tareas más revolucionarias del siglo XX: desmitificar
la condición de la mujer al demostrar que no existe un
destino biológico femenino. Descubrir a la mujer frente
al hombre y, sobre todo, comprender el mundo y a sí
misma, haciéndola consciente de que su permanente
derrota no debía ser infinita. Para lograrlo tenía que asumir
su destino femenino y su condición de individuo
autónomo para dejar de ser objeto en manos del hombre
y convertirse en la arquitecta de su propio destino. Según
la filósofa española María Teresa López Pardina:
Este famoso ensayo marca un hito en la historia de la teoría
feminista, y no sólo porque vuelve a poner en pie el
feminismo después de la Segunda Guerra Mundial para
toda la segunda mitad del siglo XX, sino también porque
constituye el estudio más completo de cuantos se han escrito
sobre la condición de la mujer.
Simone de Beauvoir nació en el París de la belle époque,
en enero de 1908. Su familia no tenía dinero sino clase y
cultura. “Toda mi educación me aseguraba que la virtud
y la cultura importan más que la fortuna: mis gustos me
llevaban a creerlo; aceptaba pues con serenidad la modestia
de nuestra condición”, escribiría, Simone, más
tarde, en su autobiografía, Memorias de una chica formal.
Su padre, escéptico, casi cínico, individualista y gran lector, era muy consciente de su estatus social a causa de su
nombre con la partícula de. Sus buenas relaciones de familia
y sus amistades en la alta sociedad lo convencieron
de que pertenecía a la aristocracia y adoptó los valores de
ese círculo social. Su moral privada estaba basada en el
culto de la familia; la mujer como madre, le era sagrada.
Exigía que las esposas fueran fieles y obedecieran al
marido. “La mujer es lo que el marido hace de ella”,
decía. Para él no había duda de que la mujer se definía
en relación al hombre. La madre de Simone, nacida en
Verdún, pertenecía a una rica familia burguesa de banqueros.
Católica piadosa y tradicionalista, sufría en silencio
el haber sido transportada, por su matrimonio, a
un círculo muy diferente de su entorno provinciano. Su
juventud, su inexperiencia y el amor que le profesaba a
su marido la hacían muy vulnerable; temía las críticas
y para evitarlas, hacía grandes esfuerzos para comportarse
como todo mundo. Para amoldar este desequilibrio entre
sus padres y mantener entre ellos una especie de balanza,
Simone se convirtió en una joven sumamente reflexiva.
Más tarde en una entrevista, De Beauvoir diría:
En cierto modo, mis padres se repartieron completamente
las tareas: ella representaba el lado contingente, al mismo
tiempo que la dimensión moral y, por añadidura, religiosa;él representaba el lado intelectual y la apertura al mundo.
La formación religiosa, católica, con la idea de que
nadie es desdeñable, de sus primeros años, impartida
por su madre y por las monjas del colegio fue fundamental
para la autora de El segundo sexo. Admitió, en
varias entrevistas:
Una de las cosas —y no sé si lo he subrayado bastante—
que me han ayudado enormemente a neutralizar el problema
de la feminidad ha sido, con todo, una infancia muy
religiosa, con una piedad interior muy fuerte. Eso ha influido
mucho en mí hasta los doce, trece años, de suerte
que en verdad me he pensado siempre “como un alma”. Y
al nivel de las almas —es incluso el único buen aspecto
de una educación religiosa— Dios me amaba tanto como
si hubiera sido un hombre, no había diferencias entre los
santos y las santas, era ése un dominio completamente
asexuado. Es así como antes de toda intervención de los
temas igualitarios de orden intelectual, me había sido dada
en tanto que ser humano, una especie de igualdad “moral,
espiritual” por la importancia misma que había tenido
para mí, a pesar de todo, esa educación religiosa.
Al mismo tiempo que, en la adolescencia, su cuerpo
cambiaba, su existencia también. Había perdido la seguridad
de la infancia y, en cambio, no había ganado nada.
Su espíritu crítico se despertaba y cada vez soportaba
menos la autoridad paternal. Le molestaba el antifeminismo
de su padre.
Yo no era feminista en la medida en que no me preocupaba
de política: el derecho de votar no me importaba.
Según mi punto de vista, hombres y mujeres eran igualmente
personas y yo exigía que hubiera entre ellos una
reciprocidad exacta. La actitud de mi padre hacia el “bello
sexo” me hería profundamente.
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