NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 51 | MAYO 2008 | ISSN 0185-1330 |
ARTÍCULOS
EL POETA COMO REVISOR
Adolfo Castañón
VOCES IBEROAMERICANAS
Rolando Cordera
FEMINISMO EMBLEMÁTICO
Guadalupe Loaeza
OCTAVIO PAZ EN VALENCIA
Jorge Volpi
LA PASIÓN POR LA CORRECCIÓN
Ignacio Solares



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Fecha de última actualización septiembre 2007

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La pasión por la corrección

I g n a c i o     S o l a r e s  

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Uno de los aspectos menos conocidos de Octavio Paz —y fundamental tanto en su obra como en su vida— fue su pasión por la corrección gramatical en sus propios textos y en los que publicó en las revistas que editó. En el presente texto —leído en el IV Encuentro de Escritores Latinoamericanos de la Universidad del Claustro de Sor Juana— Ignacio Solares nos recrea esa faceta del gran poeta mexicano.

Escribir sobre Octavio Paz con un lenguaje que no sea el de la pasión, resulta contradictorio. Para Octavio los poderes de la palabra no eran distintos a los de la pasión, y ésta, en su forma más alta y tensa, no era sino poesía.

Tuve la fortuna de colaborar un par de años con él en la redacción de Plural, aunque al final la relación no terminara muy bien y tuviera yo que ser rescatado por Julio Scherer y Vicente Leñero para irme a dirigir “Diorama de la Cultura” del Excélsior.

La capacidad de trabajo de Octavio Paz no conocía límites. Revisaba y corregía hasta la última nota de la revista, fuera de quien fuera. En nadie más he visto tal pasión por la corrección. Cambiaba párrafos, agregaba ideas, retocaba todos los estilos, incluido el suyo, una y otra vez. En más de una ocasión yo le leía la revista completa por teléfono porque viajaba constantemente. Aun así, no se le escapaba una coma mal puesta. Por supuesto, le era difícil entender que a alguien se le pudiera escapar una coma mal puesta.

Me cedió la dirección del número veinte de Plural para dedicarla a la literatura de los jóvenes y yo, a mi vez, invité a Esther Seligson y a Carlos Montemayor a que me acompañaran a realizarlo. Supuestamente Paz sólo revisaría el material ya en galeras y no impondría ni quitaría a nadie. Pero su curiosidad por lo que íbamos a publicar fue tal —¿podía haber sido de otra forma?— que nos pidió echarle un vistazo a los originales, sólo un vistazo de pasada. Llegamos a su departamento de Río Lerma a las siete de la noche y salimos después de las doce. Para esa hora había leído todo el material en voz alta, mostrando el más alto entusiasmo o la más triste desilusión. Cada texto, cada línea, adquiría en su voz una trascendencia sorprendente, que con toda seguridad ni el autor había sospechado. En efecto, no quitó a nadie, pero sugirió que incluyéramos a otros poetas, entre ellos a un joven que acababa de descubrir y le entusiasmaba: Joaquín Xirau, hijo de Ramón.

Octavio Paz

El sumario venía signado con una pequeña nota que decía: “La dirección de Plural nos invitó a elaborar el presente número. A través de esta selección, creemos que se refleja la joven literatura del país. No se trata de una ‘generación literaria’; publicamos narrativa, poesía y teatro de escritores nacidos en México a partir de 1940. La selección no puede ser definitiva ni pretende serlo”. Publicaron allí los entonces jóvenes Gustavo Sáinz, Agustín Monsreal, Carlos Montemayor, Hugo Hiriart, Alejandro Aura, Federico Campbell, Esther Seligson, José Joaquín Blanco, Luis González de Alba, Juan Tovar, José Agustín, Joaquín Xirau Icaza y otros.

He recordado esta anécdota del número veinte de Plural porque, me parece, ilustra la pasión de Paz por la literatura, no sólo la suya sino, en este caso, la de un grupo de escritores incipientes. Pero le sucedía en todo, en una ocasión lo oí decir: “Breton nunca dejó de combatir. Si hubiera vivido hasta los cien años hubiera seguido combatiendo igual”. No hizo otra cosa Paz. Combatir furiosamente hasta el final, pero así como combate el viento con las banderas.

Creo que, en efecto, no podemos entender a Paz —a él y a su literatura— sin referirnos a su filiación y afición surrealista, aunque en sus últimos años y en sus últimos trabajos ya no haya sido tan notoria. Muy especialmente al compromiso que le implicó a una temprana edad: la edad que marca la vida. Hasta me parece que, a pesar de no decirlo públicamente, en el fondo, con los años se fue volviendo más surrealista y pareciéndose cada vez más a su admirado André Breton. Nunca le oí hablar tanto y tan bien —y defenderlo siempre— como de él. La verdad es que podría encontrarse más de una semejanza entre los dos grandes poetas en su concepto del rigor literario, de la polémica, de la religión, de la amistad, del enfrentamiento con los opuestos, de la poesía y hasta de la política. El mismo Paz lo escribió en Corriente alterna: “Diré que en muchas ocasiones escribo como si sostuviese un diálogo silencioso con André Breton: réplica, respuesta, coincidencia, divergencia, homenaje, todo junto. Ahora mismo experimento esa sensación”.

Alguna tarde apacible fuimos al cine Regis —que estaba a unos pasos de nuestra oficina en Excélsior— a ver de nuevo Los olvidados de Luis Buñuel. Paz había escrito una nota de lo más elogiosa cuando se estrenó y, decía, la película no dejaba de sorprenderlo cada vez que volvía a verla. Al salir del cine me comentó: “¿Sabes cuál era la mayor preocupación de Buñuel al terminar la filmación de Los olvidados?”. Me atreví a suponer que la censura —que en aquellos años era implacable—, pues no, me aclaró Octavio. “La mayor preocupación de Buñuel era qué opinaría André Breton de su película.¿La encontraría realmente dentro de la tradición surrealista?”.

Como vemos, no sólo a él, sino a todos cuantos estuvieron cerca de Breton les dejó una huella indeleble. Siempre me pregunté por qué la estancia tan prolongada de Octavio Paz en la India no lo había vuelto más atemperado, ecuánime o hasta un poco religioso, en el sentido más cotidiano del término. La respuesta era sencilla: nunca dejó de creer —y practicar— la “furia” surrealista, que parte del enfrentamiento al mundo, por no decir a la realidad misma. Nada parecía más contrario a su temperamento que la lasitud de los hindús. Su estado normal —y en consecuencia su escritura— era la efervescencia por todo cuanto veía, oía o reflexionaba. Me dio una imagen: “Prefiero a los santos con los ojos abiertos, como los cristianos, a los santos con los ojos cerrados, como los de la India”.

En otra ocasión me habló de un pequeño cuento de Jean Cocteau que se llama Sorpresas del tribunal de Dios, en el que se narra la historia de una niña que robaba cerezas a un vecino. Pasa toda su larga vida redimiendo esa falta mediante plegarias, pero nunca deja de robarle cerezas al vecino. Al morir escucha la voz de Dios: “Te salvó tu amor a las cerezas”.

Esa pasión, estoy seguro, salvó a Octavio Paz y a todo cuanto realizó. Y, por supuesto nos salva a nosotros al leerlo, y releerlo.