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En esta crónica, Carlos Martínez Assad reconstruye minuciosamente
el destino de la elefanta Judy, poco tiempo después
del terremoto que hizo caer al Ángel de la Independencia. No
es difícil encontrar en esta historia los elementos de una fábula:
la de un animal expulsado de su entorno original y su consiguiente
y trágico desenlace.
Era el último año del gobierno del presidente Adolfo
Ruiz Cortines, la ciudad apenas se recuperaba del temblor
del 28 de julio de 1957. La capital y el país se quedaron
sin Ángel durante casi catorce meses cuando después
de caer de su pedestal aquella infausta madrugada,
un camión hubo de recoger sus restos. Después, al circular
por el Viaducto podía verse cómo emergía de nuevo
el rostro de Ernesta Robles, la modelo original de la Victoria
alada, el dorso con sus enormes alas, entre un biombo
malhecho con maderas de desperdicio. Se trataba del
taller del escultor José Fernández Urbina, en Concepción
Béistegui número 403, en la Colonia del Valle.
Los daños obligaron a un tratamiento de todo el conjunto
escultórico y para repararlos fue necesario colocar
una camisa metálica de refuerzo a todo el paramento interior
de la columna, se comenzó por la parte superior y
se fue desmantelando la escalera de piedra, utilizándose
una moderna técnica de soldadura por la compañía Rayos
Gamma de México. La antigua escalera de caracol de piedra
fue sustituida por otra de metal para llegar a la terraza.
A las 11:15 horas del 26 de julio de 1958, a un año
del sismo, las labores de remodelación de la Columna de
la Independencia se concluye ron. La Victoria dorada
quedó afirmada nuevamente a su pedestal. Había duplicado
su peso de 7 a 14 toneladas. Todo estaba listo para
que el monumento fuese reinaugurado por el Presidente
en la emblemática fecha del 16 de septiembre.
Un mes antes, el lunes 9 de junio a las 18:30 horas, se
había iniciado por el canal 4 de la televisión la transmisión
de la telenovela Senda prohibida de Fernanda Villeli,
la primera que sería vista por el público mexicano,
aún no tan amplio porque se iniciaba apenas el furor por
la televisión. Fue tan fuerte la acogida de los espectadores
que la protagonista Silvia Derbez, contaba cómo la
gente la asediaba en la calle dispuesta a golpearla por la antipatía
de su personaje. Rompía récord de taquilla la
exhibición de El último cuplé con Sarita Montiel y los
teatros de revista mostraban en cartelera a Viruta y
Capulina. El Iris anunciaba a su cómico estelar Palillo,
acompañado por Borolas y a la cantante María Duval,
aludida como “la sensación de TV”. Las canciones de Vi rginia
López —“Cariñito azucarado que sabe a bombón”—,
se disputaban con los mambos de Pérez Prado
que el país bailaba.
La noticia de la entronización de nuestro Ángel en la
Columna de la Independencia dejó pronto las primeras
planas de los diarios ante una tan extravagante como
triste noticia.
El 30 de julio llegaron a la Ciudad de México cinco
paquidermos donados por el Circo Ringling Brothers,
famoso por las actuaciones que realizaba en varias pistas
a la vez. Era conocido en el país por la gente que había
tenido oportunidad de acercarse a sus grandes carpas y
porque la película El espectáculo más grande del mundo ( 1952) de Cécile B. de Mille, filmada en sus instalaciones,
era el platillo fuerte de las matinées. Relataba el incendio
que en realidad estuvo a punto de hacerlo desaparecer el
6 de julio de 1944. Pero se podían seguir las peripecias
de los hombres del circo a través de las actuaciones de
John Wayne y Charlton Heston, aunque sobresalía el
payaso, a quien James Stewart le dio la complejidad necesaria
para hacerlo inolvidable. Y en cierta forma todos
se disputaban el amor de Dorothy Lamour, o al menos
es lo que querían ver los pequeños espectadores.
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Max Ernst, Elephant of Celebes, 1921 |
Entre las elefantas venía Judy de apenas treinta años,
la mayor, porque las otras cuatro apenas contaban con siete
años cada una. Venían a enriquecer los atractivos del
Zoológico de Chapultepec. Sheeta, Yamina, Ronnie y
Tears habían costado tres mil dólares cada una; es decir,
que al tipo de cambio de la época, las autoridades mexicanas
gastaron ciento cincuenta mil pesos en la compra
de las cuatro elefantitas. Judy fue un obsequio.
Habían llegado a las 22 horas de ese miércoles a la
capital, cuando ya había pasado el capítulo de la telenovela
ese día que para entonces congregaba a miles de
familias mexicanas. Venían de Miami en el tren de Laredo
y a las 3 de la madrugada de ese 30 de julio varios
cientos de personas participaban en el safari más espectacular
porque no se realizaba en la selva sino en las calles
de Carpio, Pino, Ciprés, Insurgentes norte y Sor Juana
Inés de la Cruz.
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