NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 53 | JULIO 2008 | ISSN EN TRÁMITE | REVISTA MENSUAL
ARTÍCULOS
LOS LABERINTOS (LITERARIOS) DE LA FE
Ignacio Solares
LA ELEFANTA URBANA
Carlos Martínez Assad
EL RAP DE LAS POSTRIMERÍAS
Carlos Monsiváis



Fecha de última actualización julio de 2008
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La elefanta urbana

C a r l o s     M a r t í n e z    A s s a d

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Martínez Assad
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En esta crónica, Carlos Martínez Assad reconstruye minuciosamente el destino de la elefanta Judy, poco tiempo después del terremoto que hizo caer al Ángel de la Independencia. No es difícil encontrar en esta historia los elementos de una fábula: la de un animal expulsado de su entorno original y su consiguiente y trágico desenlace.

Era el último año del gobierno del presidente Adolfo Ruiz Cortines, la ciudad apenas se recuperaba del temblor del 28 de julio de 1957. La capital y el país se quedaron sin Ángel durante casi catorce meses cuando después de caer de su pedestal aquella infausta madrugada, un camión hubo de recoger sus restos. Después, al circular por el Viaducto podía verse cómo emergía de nuevo el rostro de Ernesta Robles, la modelo original de la Victoria alada, el dorso con sus enormes alas, entre un biombo malhecho con maderas de desperdicio. Se trataba del taller del escultor José Fernández Urbina, en Concepción Béistegui número 403, en la Colonia del Valle.

Los daños obligaron a un tratamiento de todo el conjunto escultórico y para repararlos fue necesario colocar una camisa metálica de refuerzo a todo el paramento interior de la columna, se comenzó por la parte superior y se fue desmantelando la escalera de piedra, utilizándose una moderna técnica de soldadura por la compañía Rayos Gamma de México. La antigua escalera de caracol de piedra fue sustituida por otra de metal para llegar a la terraza.

A las 11:15 horas del 26 de julio de 1958, a un año del sismo, las labores de remodelación de la Columna de la Independencia se concluye ron. La Victoria dorada quedó afirmada nuevamente a su pedestal. Había duplicado su peso de 7 a 14 toneladas. Todo estaba listo para que el monumento fuese reinaugurado por el Presidente en la emblemática fecha del 16 de septiembre.

Un mes antes, el lunes 9 de junio a las 18:30 horas, se había iniciado por el canal 4 de la televisión la transmisión de la telenovela Senda prohibida de Fernanda Villeli, la primera que sería vista por el público mexicano, aún no tan amplio porque se iniciaba apenas el furor por la televisión. Fue tan fuerte la acogida de los espectadores que la protagonista Silvia Derbez, contaba cómo la gente la asediaba en la calle dispuesta a golpearla por la antipatía de su personaje. Rompía récord de taquilla la exhibición de El último cuplé con Sarita Montiel y los teatros de revista mostraban en cartelera a Viruta y Capulina. El Iris anunciaba a su cómico estelar Palillo, acompañado por Borolas y a la cantante María Duval, aludida como “la sensación de TV”. Las canciones de Vi rginia López —“Cariñito azucarado que sabe a bombón”—, se disputaban con los mambos de Pérez Prado que el país bailaba.

La noticia de la entronización de nuestro Ángel en la Columna de la Independencia dejó pronto las primeras planas de los diarios ante una tan extravagante como triste noticia.

El 30 de julio llegaron a la Ciudad de México cinco paquidermos donados por el Circo Ringling Brothers, famoso por las actuaciones que realizaba en varias pistas a la vez. Era conocido en el país por la gente que había tenido oportunidad de acercarse a sus grandes carpas y porque la película El espectáculo más grande del mundo ( 1952) de Cécile B. de Mille, filmada en sus instalaciones, era el platillo fuerte de las matinées. Relataba el incendio que en realidad estuvo a punto de hacerlo desaparecer el 6 de julio de 1944. Pero se podían seguir las peripecias de los hombres del circo a través de las actuaciones de John Wayne y Charlton Heston, aunque sobresalía el payaso, a quien James Stewart le dio la complejidad necesaria para hacerlo inolvidable. Y en cierta forma todos se disputaban el amor de Dorothy Lamour, o al menos es lo que querían ver los pequeños espectadores.

Max Ernst, Elephant of Celebes, 1921
Max Ernst, Elephant of Celebes, 1921

Entre las elefantas venía Judy de apenas treinta años, la mayor, porque las otras cuatro apenas contaban con siete años cada una. Venían a enriquecer los atractivos del Zoológico de Chapultepec. Sheeta, Yamina, Ronnie y Tears habían costado tres mil dólares cada una; es decir, que al tipo de cambio de la época, las autoridades mexicanas gastaron ciento cincuenta mil pesos en la compra de las cuatro elefantitas. Judy fue un obsequio.

Habían llegado a las 22 horas de ese miércoles a la capital, cuando ya había pasado el capítulo de la telenovela ese día que para entonces congregaba a miles de familias mexicanas. Venían de Miami en el tren de Laredo y a las 3 de la madrugada de ese 30 de julio varios cientos de personas participaban en el safari más espectacular porque no se realizaba en la selva sino en las calles de Carpio, Pino, Ciprés, Insurgentes norte y Sor Juana Inés de la Cruz.

 

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