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A medio camino entre el discurso alegórico y la crónica puntual,
Carlos Monsiváis nos ofrece en este texto el retrato
hablado de una ciudad que ha sobrevivido al Apocalipsis y
cuyo signo es el de la obsolescencia permanente.
“AQUÍ HAY DOS PUERTAS: POR UNA ENTRARÁ TODO LO QUE
CONTIENE UN VAGÓN DE METRO; POR OTRA, ROBINSON
CRUSOE. ¿CUÁL ABRIRÁ?”
Ciudad de México. La acumulación de almas, recursos naturales,
cuerpos a la deriva del desempleo, edificios, instituciones,
calles sobrepobladas, estadísticas que bien podrían
ser predicciones de la migración próxima, la que ya sólo
encuentra oportunidades en el interior de la conciencia,
problemas acuíferos, movimientos sociales y políticos,
asentamientos urbanos que en un descuido del
Censo van a aceptar que son ciudades en toda forma,
desastres que o se previenen o se estimulan (da lo mismo),
cifras que aturden, cifras que exigen la vida entera
para asimilarlas (¿pero de veras viven juntos tantas personas
y tantos vehículos?);
delegaciones que en su siguiente reencarnación serán
megalópolis, tránsito que en su veloz existencia anterior
fue el Mar de los Sargazos, cuatro autos por cada diez
personas (dato aproximado y ya congestionado), parque
vehicular que se acrecienta anualmente con doscientos
mil automóviles;
problemas (graves) de contaminación, intensificación
de la segregación socioespacial, asentamientos irregulares
que se vuelven organismos regidos usualmente
por la autoconstrucción;
orgullos citadinos que asumen la forma de recuento
de amenazas o de grupos como especies en extinción,
mancha urbana que en un descuido llega a la Frontera
No rte con aspiraciones de migrante ilegal, automóviles
de los que en un futuro tal vez cercano se dirá: “Eran el
medio de transporte favorito en la ciudad, hoy son partículas
del gran cementerio”, automóviles que causan el
84 por ciento de la contaminación;
conciencia ciudadana que —no obstante etapas de
apatía y cinismo— crece con regularidad, tolerancia que
se vuelve un “ecosistema” psicológico, moral y cultural,
extravagancias que de tan multiplicadas ya no se advierten,
violencia que es consecuencia del capitalismo salvaje,
de la naturaleza humana, del neoliberalismo, del
tamaño de la urbe y de los roces de la aglomeración...
PARÁBOLA DE LAS CREENCIAS LUEGO DE LA VENTA
DE REMATE DEL ABISMO
En el principio y ante la tardanza del dios cristiano,
Huitzilopochtli y Tláloc cre a ron los cielos y la tierra, y
en la tierra (llamada así porque su componente mayor
era el agua) la nación mexicana, desde recién nacida un
producto de la diosa Demografía, estaba desordenada
pero nunca carente de pueblo y de mensajes al pueblo, y
de exhortaciones al pueblo para que denunciara a otras creencias, ya basta de contemporizar y lo primero que
hicieron los dioses en su empeño de mejorar el aspecto
de la primera ciudad, fue crear un Centro, a sabiendas de
su poder de convocatoria (La obligación mayor del Centro
es convocar la existencia de los alrededores), y pronto
Tenochtitlan estuvo poblada y ordenada a su modo
muy de vanguardia y luego vino la creación de la Provincia
para fomentar las migraciones a la gran ciudad, y
los dioses paganos consiguieron empleo de veladores
del museo, y a nadie se le ocurrió renovar el contrato del
agua y entonces...
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Heriberto Aguirre, Zócalo, 2005 |
LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES, LOS PECES,
LOS PARIENTES Y LOS DVD’s PRESTADOS
¿Qué propone la Ciudad de México? ¿Cuáles son sus
misterios, sus escondrijos, sus paraísos subterráneos? ¿Y
cuáles los dispositivos para el deleite a bajo precio? Si a
toda megalópolis la caracteriza el juego entre ofrecimientos
y negaciones (entre aperturas y cerrazones), a la
capital de la República Mexicana la describe el tsunami
de ofertas y las enormes dificultades para aprovecharlas.
Así, la urbe es un comedero omnipresente, es el bebedero
sin reposo, es la danza del subempleo alrededor de los
semáforos, es el frotadero de almas en el vagón del Metro
(los cuerpos ya no cupieron), es el depósito histórico de
olores y sinsabores, es la primera comunión del niño
meses antes de la boda de sus padres, es el anhelo de un
cuarto propio, es la curiosidad nacional al acecho de la
telenovela de moda, es la unidad sin reservas a la hora de
la Selección Nacional de futbol, es el santiguarse de los
taxistas al paso de los templos, es la incursión amedrentada
en la vida nocturna, es el patrocinio de la tipicidad
que aún sobrevive, es el alud de franquicias que subrayan
la falsa y asombrosa semejanza con cualquier ciudad
norteamericana.
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