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Vicente Leñero estudió con religiosos lasallistas, luego siguió
la carrera de ingeniería civil en la UNAM y periodismo
en la escuela Carlos Septién García, circunstancias todaséstas que marcarían su vocación literaria tanto en la forma
como en el fondo, en los temas elegidos como en las estructuras con que ha realizado sus trabajos. Leñero ha permanecido
fiel al estudiante que fue, pero sólo desde y a
partir de la vocación que lo ha marcado. Porque la literatura
es una pasión y la pasión es excluyente. Extraña, paradójica
condición la del escritor. Su privilegio es la libertad, el
derecho a verlo, oírlo, averiguarlo todo. ¿Para qué? Para alimentar
al demonio interior que lo posee, que se nutre de
sus actos, de sus experiencias y de sus sueños. Cuando Leñero
estudiaba con los lasallistas o en las aulas de la facultad
de ingeniería, no suponía quizá que absorbía hechos,
ideas e impresiones que transformaría luego en su singular
concepto de la literatura. Porque para él, como para cualquier
otro escritor que de veras lo sea, más importante que
vivir es escribir. Años después le sucedería algo parecido
con su estancia en el periódico Excélsior y que daría lugar
a uno de sus mejores libros: Los periodistas, de 1978, a raíz
de la salida de Julio Scherer.
“Las cosas no son como las vivimos sino como las recordamos”,
decía Valle- Inclán. Habría que agregar: las cosas
no son como las vivimos sino como las leemos. La historia
del inconcebible golpe al periódico más influyente de la época no es aquélla que en apariencia ganó Luis Echeverría,
sino la que perdió —y en qué forma— en el libro de Leñero.
Del microcosmos de la vida familiar, Leñero ha
extraído obras de teatro y novelas: La mudanza, La visita
del ángel, Pelearán diez rounds, Qué pronto se hizo tarde,
La gota de agua. De su trabajo en la televisión, una novela:
Estudio Q, y una obra de teatro: La carpa. De su acercamiento
a la historia, las obras El juicio, El martirio de
Morelos, La noche de Hernán Cortés. De su interés por la
vida religiosa, otra novela y otra puesta en escena: Redil de
ovejas y Pueblo rechazado. De su experiencia periodística:
Nadie sabe nada y la novela Asesinato, además de reportajes
que reunió en dos libros: La zona rosa y El derecho
de llorar, antológicos sobre el México de los sesenta.
En pocas obras de escritores mexicanos se advierte
tanto como en la de Leñero la propensión totalizadora
que anida en el mejor género de ficción, esa voracidad
con que pretende tragarse el mundo, la historia presente
y pasada, las más grotescas experiencias del circo humano,
las voces más contradictorias, y transmutarlas en literatura.
Ese apetito descomunal de contarlo y oírlo todo, de
abrazar la vida entera en una fina narración o en un valiente
testimonio periodístico, tan infrecuentes en un medio
donde más bien imperan el susurro y la timidez.
Leñero empezó en un género al que acaba de regresar:
el cuento. En 1959 publicó La polvareda, de marc ada
influencia rulfiana. Dos años más tarde apareció su
primera novela: La voz adolorida, que tiempo después
reescribió con el título de A fuerza de palabras, y en la
que abordó uno de los temas más frecuentes en su literatura:
la confesión, lo que es decir la posibilidad de redención
a partir de la palabra (dicha o escrita, en un libro o
en un escenario teatral).
Pero fue con la publicación de Los albañiles (Premio
Seix- Barral,1963) que empezó en realidad su carrera literaria
y abrió un nueva brecha en las letras mexicanas. Para
que una gran obra de ficción lo sea, debe añadir al mundo,
a la vida, algo que antes no existía, que sólo a partir de ella y gracias a ella formará parte de eso que llamamos realidad,
tanto diurna como onírica. En Los albañiles, su
autor da carta de ciudadanía pública a personajes que
carecían de voz en el mundo de la ficción, pero que además—y esto es lo más importante— se inscribieron en
una temática casi inédita en nuestras letras: la novela católica,
que se ha dado en llamar. Hasta antes de Leñero, el
género tenía entre nosotros y en ese tiempo a autores de
poco brillo —Alfonso Junco o Ema Godoy—, incapaces
de inscribirlo en una literatura de alta calidad que le diera
validez. El logro primero de Leñero, nos parece, fue ahondar
en el tema del mal, con todo el desgarramiento y crudeza
que conlleva, más que en las pinturas apologéticas de
la novelística piadosa, a las que son tan propensos los creyentes.
En Los albañiles, los lectores mexicanos encontraban
aquello a lo que un Graham Greene en Inglaterra o
un Bernanos en Francia podían apuntar en sus libros: la
presencia del mal entre los hombres, un tema que sistemáticamente
se ha intentado esquivar a lo largo de este siglo,
enmascarándolo con los argumentos de la ciencia, de la
política, de la psicología e, incluso, de la metafísica. Pero
el mal puede ser también una presencia real, física, biológica—que duele, que se palpa— y nadie como algunos
novelistas lo han logrado corporificar en sus libros.
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