NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 56 | octubre 2008 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
ARTÍCULOS
1968 ABRIÓ UN PORVENIR
Elena Poniatowska
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Carlos Martínez Assad



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La universidad en los procesos de democratización

D a n i e l   C a z é s    M e n a c h e     

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SECULARIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO Y ANTIAUTORITARISMO

Los movimientos estudiantiles y magisteriales conforman una de las más antiguas y mejor arraigadas prácticas universitarias. Nacieron con el surgimiento de la universitas studiorum medieval. Continúan en nuestros días, después de nueve siglos de la organización primigenia del gremio de los intelectuales y algunos años menos de la primera cessatio que, en su propio contexto, tuvo todas las características de una huelga estudiantil, a la vez académica y política.

De carácter tan diverso en cada momento histórico como diferentes han sido las universidades desde 1088, los movimientos universitarios son parte inseparable del trabajo intelectual estructurado en la vida académica; además, han sido reflejo, vehículo y elemento clave de la incidencia de profesores, estudiantes e instituciones en la vida social. El primer movimiento universitario de que se tiene noticia fue estudiantil; ocurrió en Bolonia a mediados del siglo XII y condujo a los reconocimientos y privilegios que se negociaron con el emperador Federico I Barbarroja en 1158. El gremio boloñés constituía una universitas scholarium, comunidad de estudiantes, intensamente comprometida en la guerra de las investiduras: imperio y papado buscaban imponer sus propias formas de dominio político y control de la propiedad. Los universitarios de Bolonia, mediante la contratación de maestros y la constitución de colegios por naciones, habían comenzado a liberar al pensamiento y a la enseñanza de los muros catedralicios y monásticos. Irnerio, conocido también como Warnerio fue el maestro de los estudiosos de Bolonia, sin duda apoyados desde altas instancias del Sacro Imperio, para recodificar el derecho romano; más tarde harían lo mismo con el derecho canónico. El ámbito de lo jurídico —secular o eclesiástico— se revestía así con el prestigio de la razón y la sanción de la academia, y buscaba despojarse de toda interpretación teológica puramente religiosa o mística.

La legalidad y la legitimidad laicas y seculares de cada posición fueron aportaciones de los jurisconsultos universitarios.

En conflicto con el obispo y con el príncipe municipal por cuestiones de vida cotidiana en que a estudiantes inocentes se les aplicaron las leyes de represalia, el gremio se retiró del burgo cuyas otras corporaciones se beneficiaban y también abusaban de las necesidades de estudiantes y maestros. El regreso condicionado de la universitas a la urbe, y la perspectiva de nuevas huelgas, permitieron que el gremio (eso significa universitas) obtuviera, primero del emperador y luego del papa, protección, privilegios particulares y garantías de una cierta autonomía respecto de ambos poderes.

Poco después sucedería algo semejante en París mientras se desarrollaba la discusión de los universales, y en donde el rey y el papa competían por el apoyo de los teólogos que comenzaban a formular, desarrollar y expandir la ideología de la razón. Aquí, la cessatio que precedió a negociaciones de reconocimientos fue tanto de maestros como de estudiantes; los parisinos constituían una universitas scholarium et magistrorum, comunidad de estudiantes y maestros.

La profundidad y la agudeza que puede alcanzar el combate de los intelectuales por la autonomía de su trabajo frente al cetro y al báculo, se hicieron evidentes en París, entre otras cosas, con las sangrientas tribulaciones de Pedro Abelardo.

El primer movimiento universitario de América parece haber tenido lugar en Puebla en 1647, cuando el virrey a rzobispo Palafox y Mendoza, al aplicar su reforma educativa y eclesial, entró en querella con los jesuitas, que se ocupaban mayoritariamente de lo que hoy llamamos educación superior.

La corona y la iglesia españolas habían resuelto impedir a los miembros de la Compañía de Jesús extender su influencia intelectual, y limitar su participación en la educación. Por tal actitud virreinal y episcopal, los alumnos de los jesuitas —muchos de ellos hijos de empresarios coloniales o futuros cuadros de la administración novohispana— protestaron al inicio de un conflicto que duró seis años y concluyó con la virtual derrota del jerarca.

A fines del siglo XVIII hubo otros movimientos estudiantiles para protestar por la expulsión de los jesuitas y exigir que se anulara la orden de exilio que formó parte de las reformas liberales de Carlos III. Las manifestaciones de Pátzcuaro, Guanajuato y San Luis Potosí produjeron la ejecución de sesenta y nueve manifestantes.

Empresarios del agro, misioneros, académicos notables en la educación superior, en la investigación de las más diversas especialidades y en el desarrollo de tecnologías, los jesuitas iniciaron el discurso independentista y su docta fundamentación histórica y filosófica. Además, durante casi dos siglos formaron en sus propias aulas y en las de la Real Universidad de Nueva España, a todos los cuadros de la Colonia. Entre sus alumnos hubo un gran número de criollos que con el tiempo fueron jefes en las guerras de Independencia y de Reforma, y políticos notables desde los albores del México independiente hasta la lucha contra la Intervención Francesa y la restauración de la República. La derrota de los jesuitas al final del siglo XVIII fue victoria del primer liberalismo hispano sobre el cuerpo de
intelectuales organizadores de sociedad y estructuradores de ideología más poderoso y fecundo de la época. Los jesuitas derrotados representaban ciertamente a la razón, al pensamiento creativo, al desarrollo de las tecnologías y a la búsqueda de la autonomía política de las colonias, pero se oponían al libre cambio modernizador del imperio, a su apertura hacia las potencias protestantes, al alejamiento del “poder espiritual” de Roma.

En un recorrido por la historia reciente de las universidades de México, en el que nos detuviéramos sólo en la participación de universitarios en los movimientos sociales iniciados en 1910 y en la lucha por la autonomía en 1929, en el otro extremo tendríamos, cronológicamente, los movimientos encabezados por los estudiantes en 1968 y los de 1986 a 1990. Ninguno fue un acontecimiento local; encarnan dos de los momentos más relevantes del mundo universitario contemporáneo.

A lo largo de nueve siglos, algunas de las más diferentes revueltas universitarias han tenido en común su carácter secularizador y antiautoritario. Es posible rastrear un conjunto de movimientos universitarios que por espacio de casi un milenio han constituido una de las vías culturales necesarias, diríamos indispensables, para instaurar y desarrollar la secularización del conocimiento, para establecer y preservar la autonomía del trabajo intelectual respecto de los poderes políticos y religiosos, y para flexibilizar el conjunto de las relaciones políticas.

Si sólo eso pudiéramos hallar al estudiar esas revueltas de carácter, origen y contenido diversos, bastaría para calificarlas de democráticas o cuando menos para ubicarlas como fundamentales en el complejo de los procesos sociales democratizadores. Esto, desde luego, exige también el examen de otros elementos presentes en esas revueltas y en esos procesos, entre otras cosas porque es lo que permitirá hallar las particularidades de cada caso y matizar las generalizaciones académicas, políticas e históricas que constantemente sugieren.

 

 

 

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