NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 56 | octubre 2008 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
ARTÍCULOS
1968 ABRIÓ UN PORVENIR
Elena Poniatowska
IMÁGENES DEL 68
Carlos Martínez Assad



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Imágenes del 68

C a r l o s   M a r t í n e z    A s s a d     

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Basta con mirar, recorrer una por una las fotografías para recrear la historia y volver a aquellos años, volver a un tiempo que se fue sin perderse de la memoria. Se trata de las imágenes del archivo fotográfico que resguarda el Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la serie realizada por Manuel Gutiérrez Paredes, Mariachito, fotógrafo de la Secretaría de Gobernación durante el periodo del presidente Gustavo Díaz Ordaz.

La serie fotográfica ha arrojado luz como para certificar la presencia del Batallón Olimpia la tarde del 2 de octubre en Tlatelolco; jóvenes con guante blanco en la mano izquierda y un arma en la derecha amagando a los líderes situados en el tercer piso del edificio Chihuahua. Difundida esa imagen por la revista Proceso (Número 1311, 16 de diciembre de 2001), el nombre del fotógrafo permaneció en el anonimato. Sin embargo, algunas de sus placas habían sido publicadas luego de la matanza; por ejemplo, aquélla donde Florencio López Osuna, dirigente de la Escuela Superior de Economía del IPN aparecía en calzones y con la camisa usada para inutilizarlo, como si le hubieran cercenado los brazos. Estaba al lado de Luis González de Alba, sólo en pantalones y con el dorso descubiert o. La humillación se expresa en esas fotografías en las que aparecieron los activistas semidesnudos apenas en trusas o calzoncillos bóxer, demacrados los rostros ante el horror de la matanza y de lo porvenir.

Poca importancia tiene ya, a cuarenta años de los acontecimientos, los usos políticos que en su momento se dieron a dichas imágenes porque, aun los programas de comunicación diseñados por Joseph Goebbels durante los años del nazismo arrojan ahora testimonios que, con todo y la lamentable degradación del ser humano que exhiben, deben transmitirse para el aprendizaje de las nuevas generaciones sobre el autoritarismo. Fueron más las imágenes que el fotógrafo al servicio de Gobernación tomó durante el transcurso del Movimiento Estudiantil.

Nadie que haya vivido las jornadas de 1968 puede olvidar y ver esas imágenes sin conmoverse porque, aunque con otra intención, mostraron a los jóvenes entusiastas de los mítines en CU, los marchistas de optimismo desbordado, los brigadistas en comunicación con el pueblo, los que acudimos con el rector Javier Barros Sierra a colocar la bandera a media asta después de que la fuerza pública ro mpió la puerta de San Ildefonso, los que tomamos las calles de la Ciudad de México con el orgullo de ser estudiantes. La manifestación silenciosa del 13 de agosto. También nos quedamos en el Zócalo después de la marcha del 27 de agosto de aquel año hasta que fuimos desalojados por las tanquetas del ejército. Somos los que celebramos el Grito de la Independencia el 15 de septiembre con Heberto Castillo en la explanada central de CU. Fuimos los humillados cuando el ejército ingresó por los pasillos de Filosofía y Letras el día 21 para luego seguir por debajo de los edificios de Derecho y del resto de las aulas, somos los que fuimos detenidos allí y en el Casco de Santo Tomás, somos los que el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas conocimos la guerra, la vejación y la muerte.

También nos improvisamos como escritores subversivos de frases cortas: “La juventud es el poder” ,“Pueblo defiende a tu UNAM”, “La razón y la ley armas universitarias”, “Exigimos libertad”, “Luchamos por los derechos del pueblo mexicano”, “Los campesinos en lucha con los estudiantes por las libertades democráticas”,“No luchamos por la victoria, luchamos por la razón”, “Una cárcel para cada hijo te dio”.

Fuimos también pintores de brocha gorda para dibujar carteles con la emblemática paloma de la paz atravesada por una lanza ensangrentada; gorilas con las leyendas: “Chango Díaz Ordaz”, “¡Pueblo quieres esta mano!”, “Díaz Ordaz: no queremos olimpiadas queremos fin a la miseria”. Barrotes carcelarios exigiendo libertad para los presos políticos; féretros llamados Constitución. Fuimos el Che y enarbolamos su imagen que entonces se sacralizaba con la leyenda: “Hasta la victoria siempre”.

 

Celebramos a los consagrados como Cuevas, Felguerez y otros más, utilizando como lienzo el cubo de lámina que en la explanada de Ciudad Universitaria envolvió lo que quedó, después de dos atentados dinamiteros, de la escultura del prepotente presidente Miguel Alemán.

Ver una y otra vez las imágenes del Movimiento de 1968 en México, aunque fueron tomadas con otra intención por el Mariachito, es pensar a la distancia en los movimientos estudiantiles de ese tiempo, es referirnos a la crisis del movimiento obrero y de los partidos socialistas, de las tensiones en el bloque soviético, en las nuevas formas del imperialismo de Estados Unidos expresado entonces en la invasión a Vietnam y el bloqueo a Cuba; es pensar en el crecimiento de las clases medias y en la creciente demanda de educación. En los años sesenta del siglo XX las universidades se convirtieron —como lo demuestran estas fotos sobre México—, en lugares donde miles de profesores y alumnos convivían día con día, para cuestionar los sistemas de enseñanza, las políticas estatales, los valores más tradicionales de las familias y la cultura vigente entonces.

Las universidades fueron refugios contestatarios, antisistémicos y contraculturales. Del mayo francés surgieron las primeras imágenes y proporcionó los contenidos de la revuelta estudiantil que se extendió como la lava de un volcán y las vetas que dejaba a su paso fueron arrasando indiscriminadamente con lo que encontraba.

La historia se ocupa de varias interrogaciones y busca arrojar luces para llegar a ciertas conclusiones. “Ésta es la razón por la cual la historia es también presente, pues el presente nos lleva hacia el pasado y el pasado no tiene sentido sino cuando está todavía vivo, actuando entre nosotros”, según la divisa de Fernand Braudel. Él mismo se interrogó en relación con el mayo francés de 1968, si podía tratarse de “una revolución cultural” que buscó demoler lo que antes existía, aunque no tuvo final porque:“ Cuando sucede una revolución, es porque las máscaras antiguas se revelan como insuficientes para esa situación”. Pero hay que demoler las fachadas mientras la sociedad permanece aunque resiste como un espectáculo cambiante y móvil que asume rostros contradictorios.

 

 

 

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