NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 56 | OCTUBRE 2008 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
ARTÍCULOS
1968 ABRIÓ UN PORVENIR
Elena Poniatowska
IMÁGENES DEL 68
Carlos Martínez Assad



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Fecha de última actualización Septiembre de 2008
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Imágenes del 68
C a r l o s   M a r t í n e z    A s s a d   

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Desde esa perspectiva Braudel vio el 68 como algo semejante al Renacimiento italiano que no tuvo consecuencias profundas, pero “sí creó un nuevo arte de vivir, transformó las reglas del juego”. De esa manera dio en el punto clave del significado de los movimientos estudiantiles y de cómo del Renacimiento surgió un hombre nuevo, individuos responsables de “su propia vida y también de su muerte”.

Para Emmanuel Wallerstein, 1968 fue más importante por las preguntas sobre el futuro que por su crítica al pasado. Pero su interpretación lo colocó como uno de los sucesos constitutivos del moderno “sistema mundo”. La protesta se encaminó contra la hegemonía de Estados Unidos con la aquiescencia de la Unión Soviética, pero fue, ante todo, un movimiento de contracultura opuesto a las formas burguesas de vida. Por eso el movimiento se expresó de forma inmediata en la moda (recuérdese la minifalda, la mezclilla, los cabellos lacios de las mujeres y la melena desordenada de los varones, como también lo constatan las imágenes), en la música (los consabidos Beatles, Rolling Stones, Leonard Cohen), en la literatura (Kerouac, Salinger, José Agustín) y en los nuevos comportamientos sexuales (el uso de la píldora más que del condón). “La revolución de 1968 tuvo, por supuesto y de forma particular, un fuerte componente de espontaneidad y la contracultura se convirtió en parte de la euforia revolucionaria”.

Vivimos ese movimiento contra los esquematismos de la vieja izquierda y fue “la tumba ideológica del concepto de ‘papel dirigente’ del proletariado industrial”, como igualmente lo vio José Revueltas desde México. Se expresó también contra el sexismo y el racismo, pero fue profundamente individualista y despartidizante. Por eso con 1968 tuvieron un fuerte impulso nuevos movimientos sociales como los feministas o de género, urbanistas, de ecologistas, religiosos y de minorías.

Para Edgar Morin, lo que consideró la comuna juvenil irrumpió entonces como una fuerza político social, algo que aspiraba a otra vida, a otra sociedad, a otra política. Era recuperar el sentido libertario de Montesquieu: “el derecho de todos a la libertad”. Era poder escribir esa aspiración en los muros de la ciudad, la afirmación individualista burguesa del mundo que nos pertenece.

Alain Touraine vio en el 68 una “revolución sin rostro, pues mil caras trascienden una movilización de nuevo tipo contra los aparatos de integración, de manipulación que cuestiona la tecnocracia omnipresente”. Y a Michel de Certeau le pareció un movimiento en el que “tomamos la palabra como se tomó la Bastilla en 1789”.

Los planteamientos buscaban en general repolitizar a la sociedad y desestatizar la política, darle un contenido diferente antisistémico a las formas de funcionamiento de las instituciones. Las barricadas no fueron para destruir el capitalismo sino para consolidarlo, para modernizarlo.

Fuimos también pintores de brocha gorda para dibujar carteles con la emblemática paloma de la paz atravesada por una lanza ensangrentada.

Desde esa perspectiva Régis Debray llamó al movimiento “la cuna de la nueva sociedad burguesa”. Quizás en esa perspectiva Raymond Aron lo calificó como “un psicodrama” o simple y despectivamente “el carnaval de mayo”, provocando fuertes reacciones críticas.

En la búsqueda de la libertad extendida como uno de los derechos ciudadanos, sin tomar el poder se dio un cambio significativo, que abarcó a toda la sociedad. Aun los estudiantes que no se sumaron a las huestes movilizadas se beneficiaron de los cambios en los sistemas escolares, contra las pautas autoritarias y patrones decimonónicos de enseñanza; las generaciones subsecuentes se han favorecido con las libertades obtenidas para asumir la libertad sexual; las mujeres sin ser feministas han tomado todo lo que les beneficia de los movimientos que luchan con esa reivindicación. En fin, se trata del cambio de las pautas de conducta que ahora resultan intrínsecas a las extensas clases medias por todo el mundo.

“La primera prefiguración del siglo XXI”, llamó Carlos Fuentes a ese movimiento. Lo acontecido en México con el movimiento estudiantil, extendido a los de otros países, podría definirse como una revolución sin revolución porque no atentó contra el Estado, fue apenas la denuncia del autoritarismo y de la fragilidad de las instituciones democráticas, fue la protesta contra la falta de libertades y en favor de la igualdad en un sentido jurídico. En 1968 en México se abrió una grieta en el sistema político mexicano, según Octavio Paz, por “la zona de sus mayo res beneficiarios, los hijos de la clase media”. Y como no estaba acostumbrado a ese tipo de disidencia empleó los mismos métodos violentos utilizados contra los obreros y campesinos.

La terrible represión que fue en escalada hasta el 2 de octubre en la matanza de Tlatelolco, cuyo testimonio fotográfico aún eriza la piel, establecería serias diferencias con otros movimientos estudiantiles que entonces impidieron notar las semejanzas. A cuarenta años de los acontecimientos, se puede afirmar con Braudel que la fachada ha cambiado aunque la sociedad permanece, que el movimiento estudiantil no abrió las puertas hacia el cambio socialista como pensamos con buena dosis de utopía; tampoco fue el preámbulo a la formación de un orden diferente al burgués, y de la organización de entonces no surgió la gran alternativa de una izquierda. Sólo se logró, y fue importante, contribuir a la modernización del sistema político y del Estado, acaso acelerar el paso a la democracia tan invocada en todo momento, tal como se adelantó en el siguiente gobierno al disminuir la edad del voto de veintiún a dieciocho años.

Los cambios que ese año se iniciaron han enriquecido la nueva cultura política, como afirmó recientemente Daniel Cohn-Bendit: “El 68 quería que los individuos reivindicaran su libertad de vida cotidiana, la eclosión de la música, la nueva relación entre hombres y mujeres, la vida, la sexualidad…” (El País, 11 de mayo de 2008). En México también se expresó esa libertad igualitaria con justicia y contribuyó a la defensa de los derechos ciudadanos. La libertad individual se defiende a capa y espada en un mundo que la acepta como uno de los valores de la posmodernidad. Pero aún puede esperarse ampliar a todo el conjunto social en esa aspiración que, aunque más realista, conserva algo de la utopía original: la que no reconoce diferencias de clase, de género, de religión, de preferencias sexuales.

Sí, las imágenes que nos llegan del pasado nos hacen ver también que la sociedad cambió (no puede repetirse una matanza como la del 2 de octubre, aunque sí las de Aguas Blancas o Acteal). La sociedad no puede ser la misma con el terrorismo que dificulta los intercambios internacionales, la globalización acelerada que arrasa con los nacionalismos y la amenaza catastrofista de lo que trae consigo el cambio climático.

Con el 68 y esas imágenes que llevamos dentro para constatarlo, la sociedad cambió de máscara pero en esencia es la misma con sus prejuicios y su conservadurismo, eso sí, se transformaron las reglas del juego político en su eterna capacidad de gatopardismo. No podía ser de otra forma luego de haber pasado por la rebeldía de una revolución sin revolución.

 

 

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