NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 56 | octubre 2008 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
ARTÍCULOS
1968 ABRIÓ UN PORVENIR
Elena Poniatowska
IMÁGENES DEL 68
Carlos Martínez Assad



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1968: la herencia en busca de
herederos

C a r l o s   M o n s i v á i s    

1/5
 

A Gilberto Guevara Niebla

¿Qué le sucede a la sociedad que vive el 68 con la intensidad y la sorpresa que en rigor nunca se apagan? ¿Cuáles son algunas de las consecuencias más visibles del Mov imiento Estudiantil y cuáles algunas de las frustraciones perdurables o, si se quiere, generacionales? En el tiempo inmediatamente posterior a la matanza del 2 de octubre, el miedo y la impotencia aplazan o cancelan las claves del fervor militante y alientan la tristeza y la gana de olvido. Sin embargo, y en contra de la costumbre, la memoria histórica, aún no con ese nombre, persiste por varios motivos: las pruebas (los testimonios) de la represión bárbara ordenada desde la Presidencia de la República; la localización del Movimiento en la Ciudad de México; la emoción de los participantes a lo largo de unas semanas que se reelabora por décadas como hazaña a plazos; la sensación de debut en lo que se entiende por la historia; la pertenencia de un número considerable de las víctimas a las clases medias y a las instituciones de educación superior.

No se suprimen en los recuerdos de la primera etapa los agravios de los participantes: sus muertes (no pocas), sus presos (en la cárcel de Lecumberri casi setenta), las evidencias de la justicia triturada, los regaños de los rufianes en el Congreso de la Unión, en la prensa y los medios electrónicos. No extrañan la desesperanza o la desesperación. Unos cuantos, los más afectados en sus ideales o los más violentos, tres o cuatro años después eligen la vía armada, entonces muy presente en América Latina con su año del Guerrillero Heroico en Cuba, y sus guerrillas en cada país. Animados por las resonancias del Che Guevara y, en México, por el asalto trágico de unos cuantos al cuartel de Ciudad Madera (23 de septiembre de 1965), brota el sector muy minoritario de los convencidos de que nada se gana “por las buenas”, integran la Liga 23 de septiembre, Los Lacandones, el Movimiento de Acción Revolucionaria, etcétera.

Con dolor y con ira, estos jóvenes asumen la teoría del “foquismo” revolucionario, que va de las intuiciones del Che Guevara a la teorización de Régis Debray, el foco que ilumina la voluntad radical, algo ya expresado en la frase de Mao: “Una sola chispa puede incendiar una pradera”. Es dramática la suerte de estos radicales: mueren en enfrentamientos donde siempre llevan las de perder, matan policías y secuestrados (el empresario Aranguren de Guadalajara), se enteran muy tarde de la infiltración policiaca en sus organizaciones, sufren torturas demoledoras, se les mata a golpes en los separos o se les tira al mar desde helicópteros, se dividen entre pleitos a veces literalmente mortales, pasan años en la cárcel, enjuician sin piedad a los “desertores” o “traidores” y, lo más lamentable, se “militarizan” y abandonan su generosidad inicial, pero esto viene más tarde, cuando han desaparecido los líderes y los militantes de la primera generación de la guerrilla urbana, ex seminaristas, profesionistas obsesionados con el desquite, estudiantes de economía, ciencias políticas, antropología, filosofía, medicina, profesores normalistas, muchos de ellos miembros del Partido Comunista o de la Juventud Comunista hartos de la fatiga de las asambleas estudiantiles y las reuniones de célula o de grupúsculo hasta muy altas horas de la madrugada.

¡Ah, el marxismo! La frase de Marx se repite en los cubículos de estudio, en los casi siempre aburridísimos seminarios:“Nuestra doctrina no es un dogma sino una guía para la acción”. Los libros del canon del materialismo histórico se revisan y, a veces, se leen: El manifiesto comunista, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Engels, ¿ Qué hacer? y El Estado y la revolución? de Lenin; ya han hojeado a Gramsci y al peruano José Carlos Mariátegui, y lo ignoran todo del arsenal ideológico de los bolcheviques “de hierro”: Así se templó el acero de Fadaiev, Poema pedagógico y Banderas sobre las torres de Makarenko, El Don apacible de Cholojov, Cómo ser un buen comunista de Liu Sha Shi (que no debió serlo tanto porque Mao lo eliminó), El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo de Lenin. Pero estos clásicos de la formación de hombres de acero no son parte de la herencia del 68, un movimiento de la izquierda no ligado al pensamiento socialista o al espíritu comunista, entre otras cosas porque su liderazgo no dispone de las horas necesarias para—llamémosle así— “el entrenamiento dialéctico”.

En el 68, y eso determina a una fracción de la minoría combativa de los años siguientes, la entrega a la causa posee un fondo o un trasfondo romántico, de entrega apasionada sin medir las consecuencias, de promesas sinceras de dar la vida por la re volución y por el pueblo. Al cabo de estas llamaradas, otros grupos, púberes y adolescentes en 1968, adoptan la actitud “militarista” cifrada en el culto a la violencia, “partera de la historia”. Ya se volverá a los ideales cuando se tome el poder.

* * *

Son terribles los días siguientes al 2 de octubre. La represión no admite respuestas, la inclemencia del Estado aplasta al Consejo Nacional de Huelga y sus aliados, los presos políticos apenas disponen de unos cuantos defensores, los medios informativos no admiten protestas, los jueces y los agentes del Ministerio Público están a la disposición del Poder Ejecutivo, a los diputados y senadores los alboroza el aplastamiento de los disidentes y, en la inauguración de los juegos olímpicos el 12 de octubre , jóvenes de la clase media alta y de la burguesía recorren la ciudad en sus caravanas de automóviles, absortos en la algarabía de los claxons y en la consigna más utópica que chovinista: el grito de ¡MÉ-XI-CO! ¡MÉ-XI-CO! El Movimiento Estudiantil no creyó en sus propias advertencias y no vio en Díaz Ordaz al enemigo al frente de un Poder Judicial envilecido y un Congreso de la Unión que el 1 de septiembre de 1969, de pie, aplaude largamente al Presidente cuando éste, muy ufano, se proclama “el único responsable de los sucesos del año pasado”.

 

 

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